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Crítica: 'Café Society'. Las chicas bonitas de Woody Allen

'Café Society' es otro de esas películas menores de Woody Allen. Pero cuidado con una película menor de Woody Allen.

Juan Manuel González
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Analizar la filmografía Woody Allen ha acabado convirtiéndose en una lucha contra el tópico. Por un lado están todos aquellos que vienen afirmando que la carrera del prolífico autor neoyorquino adopta la forma de una especie de domingo en la montaña, con ese disciplinado ascenso de Allen hacia los altares del cine (en una larga sección que podría abarcar desde los setenta hasta algún lugar de la década de los noventa)... que viene seguida por una igualmente prolongada bajada a los infiernos iniciada en filmes un tanto olvidados como Granujas de medio pelo (2000) o La maldición del escorpión de Jade (2001).

Una corriente abundante y poderosa que parece nacida, todo hay que decirlo, como reacción (a lo mejor, necesaria) a otra distinta pero todavía activa, la de todos los que siguen dispensando una indisimulada complicidad, cuando no frenéticos elogios, a cada nueva aportación de Allen, un autor que -como saben- no ha disminuido su producción con el paso de los años sino al revés: si Irrational Man se estrenó en septiembre del año pasado, para su nueva película Café Society, que sale esta semana tras pasar por el festival de Cannes en mayo, no ha habido que esperar mucho más de diez meses. Y así todos los años.

Claro que a lo mejor esa retirada de las simpatías también tiene que ver con aquel sonado escándalo sexual que todavía hoy colea y del que aquí no vamos a hablar... porque, para empezar, ya admite mil paralelismos con los temas que él mismo elabora en sus películas, Café Society incluida.

Y ¿dónde encajan, en cualquiera de estas dos teorías, filmes tan premiados y elogiados como Match Point (2005) y Midnight in Paris (2011)? ¿No empieza ya a haber demasiadas excepciones incluso si la aceptamos como válida? ¿Podría ser también que esos filmes no sean tan brillantes -un servidor se aburrió de lo lindo con la citada Midnight in Paris- y que aportaciones catalogadas como "menores" tengan un interés algo mayor?

Lo que acaban de leer no deja de ser otra fantasía, la chapa de un tipo que se debate entre la admiración al cine de Allen y, sí, cierta sensación de cansancio y decepción, que de todas formas intenta aplicar una mínima perspectiva analítica. Porque si algo demuestra Café Society, ella misma una nueva ensoñación de un hombre en perpetua crisis, es, con sus méritos e inconvenientes, que cada una de ellas puede gozar de interés.

El filme es una comedia sentimental (¿o es un drama?) de un melancólico romanticismo, de una ligereza teñida de todo tipo de grados de oscuridad y amenaza, magníficamente interpretada por un elenco que parece elegido de manera aleatoria pero que en manos de Allen resulta como mínimo solvente. Café Society establece una interesante continuidad con los dilemas de Irrational Man (para luego adoptar una perspectiva mucho más taciturna) y, además, contiene la primera buena actuación que un servidor ha visto a Kristen Stewart, que casi por primera vez parece otra actriz (e incluso otra mujer) desde la saga Crepúsculo con la que se dio a conocer. También, ojo, de un Jesse Eisenberg capaz de, en su papel de trasunto de Allen (de nuevo, un pequeño, taciturno e ingenioso judío) es capaz de graduar, a su propia manera, la malicia e ingenuidad que definen el personaje ("un ciervo a punto de ser atropellado", le dice ella) con una valentía casi suicida, jugándose de una manera brutal la complicidad del público. Eisenberg retrata al sujeto tanto en su veta antipática como en la entrañable, entretejiendo ambas y dibujando a un personaje que a fuerza de imprevisible parece eso, vivo. Su escena inicial con la prostituta judía (hilarante Anna Camp, de True Blood) es el perfecto resumen de lo que estoy diciendo.

A ello ayuda la recreación de no uno, sino dos ambientes diferentes y de época, el de Los Angeles y Nueva York de los años 30, con una buena fotografía en la que Storaro tiñe de idílicos dorados las tardes californianas y de grises art decó las noches de cabaret de ese trasunto del Cotton Club donde acaba la acción. Del retrato entre nostálgico e irónico de la de la época dorada de Hollywood pasamos a otra trastienda, la de la noche neoyorquina, con Allen potenciando el humor negro en los episodios más escatológicos y criminales del relato (ese montaje paralelo entre las fiestas de un hermano y los asesinatos de otro), de una manera desdibujada en lo general pero atenta a lo particular: el filme es una historia de amor menor, encajada en el puzzle de una época exuberante y con una voz en off que sirve a Allen para apagar ánimos y contar, con bastante chispa y malicia, solo aquello que realmente le interesa. Un filme en el que el autor no oculta en ningún momento que tiene un pie puesto en la fantasía, en su propia ensoñación (tanto en el retrato de época como en las emociones e implicaciones de la historia de amor que le motiva) pero al que finalmente va a dar un lógico baño de realidad.

Allen, más interesado en ese intimismo que en el glamour, se sirve sin embargo de él para darle una vestimenta adecuada a sus preocupaciones. Café Society es probablemente la película más vistosa de Allen en un puñado de años, pero también la que con mayor sinceridad y sutileza desgrana esas preocupaciones morales y filosóficas que en Irrational Man sus personajes verbalizaban con un exceso algo molesto. Café Society es un filme más simpático pero sobre todo, más triste, una mirada nada ingenua a la ingenuidad que al mismo tiempo desea el amor, y a la vez, observa cómo éste se somete al inevitable paso del tiempo.

Con la malicia de esa comedia sádica a la que en algún momento se refiere Eisenberg, pero sin excesos melodramáticos, la mejor prueba de que Café Society es un filme bueno y maduro es cómo evita Allen esa conclusión lógica a la que parece conducir la trayectoria criminal de uno de los personajes, el de Corey Stoll, y que parece existir solo para otorgar un desenlace más... digamos, sangriento del que finalmente se produce. La manera en que Allen va plegando la película (recuerden: dos escenarios, dos ciudades) y con ella la moralidad de las apariencias, meciéndonos hacia un desenlace triste y, a la vez, encantador, resulta de admirar. Y confirma la existencia de un cineasta que, a sus 80 años, no ha dejado de hacerse las mismas preguntas de siempre, pero quizá ya sabe seguro que la más importante de todas era la más tonta de todas las que le hacen al protagonista: "¿Dónde hay más chicas bonitas, en Nueva York o en Los Angeles?".

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