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Crítica: 'Blood Father', con Mel Gibson

'Blood Father' es para Mel Gibson lo que 'Gran Torino' fue para Eastwood: un testamento conceptual tanto como la demostración de que tiene cuerda para rato.

Juan Manuel González
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Blood Father es una película menor, pero ojalá todas las películas mayores fueran como Blood Father. Me explico: el regreso de Mel Gibson como estrella de un filme de acción tras años de silencio (porque no, ni Los Mercenarios 3 ni Machete Kills cuentan) no es exactamente un sofisticado y trepidante thriller de acción de un gran estudio como los que el australiano acostumbraba a protagonizar en el pasado. Estamos, en su lugar, ante un producto de serie B breve y modesto, aunque lo bastante inteligente y bien rodado para sacar el mayor provecho posible de esa humildad. Blood Father es uno de esos filmes cuya brutalidad casi entrañable, y apenas oculta un -ya saben- corazón pequeño y sensible... aunque también es cierto que, en ocasiones, esa escasa ambición limite su alcance.

La historia que cuenta Jean-François Richet (Mesrine, el correcto remake Asalto al Distrito 13) es, simplemente, la de un exconvicto, John Link (Gibson) que trata de proteger a su hija menor de edad Lydia (Erin Moriarty) del ataque de un grupo de narcotraficantes y sicarios mexicanos encabezados por Jonah (Diego Luna).

Un argumento puro y simple que, en manos del realizador francés, no sirve tanto una revisión nostálgica sobre el género de acción (que Gibson sin duda ayudó a definir hace dos décadas) sino más bien sobre el propio actor que la protagoniza. La película evita esa vía, la de la broma explosiva, asumiendo con cierto realismo su naturaleza de reliquia... pero también paladeando esa misma triste aridez, en el fondo muy similar los áridos parajes de Nuevo México que ambientan la historia. No estamos, pues, ante la enésima revisión de Dos pájaros a tiro, sino ante un filme que cobrando la forma de cinta de venganzas a lo Liam Neeson asume los tragos amargos que tanto el personaje como el actor que lo interpreta han pasado en los últimos años.

Apoyado íntegramente en la relación disfuncional entre Lydia y John, Blood Father toma forma de road-movie por la América Profunda alternando retazos de amargo drama y un irresistible humor negro con ramalazos de, en efecto, acción "old-school". En este sentido, el filme resulta de una dignidad extraordinaria, y el retrato padre-hija está realizado con una viveza y un cariño reconfortante. Eso da, precisamente, una razonable tensión fatalista que compensa la ausencia de grandes episodios de acción, una carencia que no condena a muerte el filme (por mucho que a determinados episodios, se me ocurre el de la huida del motel, no les hubiera venido mal un poco más de artificio).

El cine de acción de los ochenta y noventa ya no existe, y de hecho si Blood Father evita algo con fuerza es -precisamente- guiñar el ojo al aficionado más allá de lo necesario. Estamos ante un filme eminentemente barato y despojado de glamour en el que sus héroes son exalcohólicos que viven en remolques; que buscan, ante todo, reconectar con el mundo. Mel Gibson está ahí, es -desde luego- el Mel de siempre, y aunque a quienes quisimos y admiramos su carrera como héroe nos resulta evidente que nos está hablando de él a través de su personaje, lo cierto es que ahí acaba el truco de la película. Y la verdad, quizá sea la mejor de las decisiones que Richet podía tomar.

Porque con Blood Father volvemos al cine fundamentado en su estrella, y el valor emocional y simbólico que ello desprende supera con mucho a lo que hay escrito en el (correcto) guión. Gibson es el centro del filme tanto o más que antes, solo que ahora más que nunca éste gira en torno a su historia de redención y, también, locura. Todo emana de su personaje, desde la relación con su hija (la interpretación de Erin Moriarty, un poco ida, resulta de lo más cabal) hasta su parada en una granja de sicarios sudistas nazis (ojo a la magistral hipérbole, sobre todo los guardianes de la moral que le siguen condenando en Twitter) hasta "la historia más allá de la historia", que -efectivamente- también parece hacer referencia a su estrella. Gibson, el genio descuidado y loco; Gibson, el bocazas adicto a los problemas; Gibson, el desesperado bufón. Y Gibson, que en El Castor interpretó a un tipo que canalizó su ansiedad a través de un muñeco, efectivamente está hablando a través de otro, un personaje llamado John Link: un expresidiario cuyo curriculum, evidentemente lleno de errores y en ocasiones realmente oscuro, no merma su capacidad de aguante, su carácter de amenazante, imprevisible protector. El actor presta aquí su poderosa musculatura y sus arrugas, que por cierto luce sin ningún tipo de vergüenza. Gruñón, irascible pero también, travieso y divertido, Gibson no permite en ningún momento que la tragedia ahogue la diversión. Sí, Mad Max sigue pasándoselo bien con su personaje, un poco igual que Clint Eastwood lo hacía en el que fue considerado el testamento de Harry el Sucio, Gran Torino. Su interpretación es tan auténtica y tan buena como la de Eastwood en aquel filme, y sin duda consigue que Blood Father vuele más alto de lo que ella misma pretende.

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