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Un cadáver francés en brazos de nadie

Jeanne Moreau estaba sola cuando la encontraron muerta en su casa parisina. Morir sola en piso del Faubourg St Honoré es tan elegante como inteligente.

Rosa Belmonte
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Jeanne Moreau, en 1966 | Cordon Press

La única manera de envejecer con dignidad es muriendo joven. También está la opción de ser Jeanne Moreau, la mejor actriz del mundo según Orson Welles. La inimitable, la llamaba Coco Chanel. Seis años mayor que Brigitte Bardot, con quien rodó Viva María, de Louis Malle (a Malle se lo tiró mucho antes que Candice Bergen), se hizo mayor con más elegancia. Y con menos chifladuras. Aunque reconoció ser una persona oscura, llena de dudas y de visiones terribles. Pero nada tuvo que ver su matrimonio con William Friedkin, el director de El exorcista. En los 70 fue mucho al psiquiatra a hacer psicoterapia. "Era fascinante. Cuando tuve bastante de Freud, descubrí a Jung, al que prefería". Aquellos años los directores no sabían qué hacer con ella. Era un tiempo en el que su carrera (ella decía no tener una carrera sino una vida, como todo el mundo) no tenía un asidero. "Cumplí 40, 45 y empecé a tener ofertas para interpretar a mujeres frustradas o celosas de sus hijas, o alcohólicas, o deprimidas. Y dije: ‘No, no voy a hacer eso. No voy a proyectar a las mujeres esa imagen de ellas mismas porque vivamos en un mundo de hombres’". Había rechazado el papel de la señora Robinson en El graduado y el de la enfermera Ratched en Alguien voló sobre el nido del cuco.

Ya había hecho minucias como Ascensor para el cadalso (1958) con Malle, Jules et Jim (1962) con Truffaut, Diario de una camarera (1964) con Luis Buñuel o Campanadas a medianoche (1965) con Orson Welles, directores con los que se llevó mucho mejor que con Antonioni. Recordaba Jeanne Moreau lo infelices que fueron todos en el rodaje de La noche. "Descubrí con horror que Antonioni era incapaz de demostrar, y quizá de sentir, la menor emoción. En un inglés no me hubiera importado, pero en aquel italiano tan guapo, tan seductor… Fuimos todos muy desgraciados. La gente ni se dirigía la palabra en el plató. Los únicos en hablarnos éramos Mastroianni y yo". Vila-Matas quiso ser escritor cuando a los 17 años vio a Marcello Mastroianni en La noche (1961). "Me convertiría en un escritor extranjero, y explicaría el mundo. Y a mi lado tendría una mujer como Jeanne Moreau".

Una vez la actriz francesa confesó a Luis Buñuel que le habría encantado ser su hija. El director español le dijo que mejor no, que la habría metido en un armario para que nadie la viera. A ella que tanto hablaba de libertad. Se casó tres veces, las otras con los actores Jean Louis Richard y Teodoro Rubanis. Tuvo numerosos amantes. Entre ellos, el ya citado Malle o Lee Marvin. También Tony Richardson (en el divorcio de Vanessa Redgrave y el director inglés, Moreau era codemandada, la otra, la otra). No contestaba quién era su director favorito igual que no contaba quién era su amante favorito.

La profesora Ginette Vincendeau, una de las mayores especialistas en cine francés, la comparó con sus otras dos colegas rubias: "Si Brigitte Bardot era sexo y Catherine Deneuve, elegancia, Moreau encarnaba la feminidad intelectual". Terenci Moix escribió que el talento de Jeanne Moureau consistía en ser inteligente. Claro que era más inteligente que las otras, pero no andaba escasa de sexo y elegancia. Y esa voz. Cantando o hablando. Aunque las orejas fueran horribles.

Una vez, Jeanne Moreau tuvo miedo a morir. Se lo contó a José Luis de Vilallonga. "Más que de morir, de dejar de ser. Entonces telefoneé a México, donde vivía don Luis [Buñuel]. Pero todo acabó por arreglarse. ¡Imagínate al pobre don Luis con mi cadáver francés entre los brazos!". Buñuel le había contado de ella que siempre buscaba algo que nunca encontraría. "No creo que haya sido nunca feliz. Y es precisamente esa infelicidad endémica lo que cuantifica sus cualidades interiores. Si algún día la Moreau llegar a ser feliz, dejaría de ser lo que es, un ser frágil como una mariposa y dura como una fiera hambrienta".

Ella misma diría años después que la gente está preocupada por la muerte pero que morir es una aventura, igual que nacer. "Estás sola y nadie puede compartir eso contigo". Sola estaba cuando la encontraron muerta en su casa parisina. Morir sola en piso del Faubourg St Honoré es tan elegante como inteligente.

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