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Juan Manuel González

Crítica: 'La Cabaña', con Sam Worthington y Octavia Spencer

'La Cabaña' nos presenta a Sam Worthington hablando con Dios... y no, no es Morgan Freeman.

Juan Manuel González
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Si la semana pasada Madre! pisaba el acelerador de la alegoría religiosa convirtiendo el relato bíblico en cine de terror, La Cabaña llega este viernes echando el freno de mano y haciendo chirriar las ruedas hasta detenerse por completo.

Sería injusto, de todas formas, comparar la película de Stuart Hazeldine con el juguete de Darren Aronofsky. Si aquel trataba de forzar los límites del cine comercial y el capricho de autor buscando el sentido de sus imágenes a través de géneros codificados (desde el suspense hasta el terror, pasando por el thriller romántico), La Cabaña se conforma con contentar a la notable sección de audiencia del denominado Cinturón de la Biblia, que periódicamente aúpa al éxito dramas como Los milagros del cielo, El cielo es real, Dios no está muerto... y que busca cine pío sin confusión y correctamente facturado y presentado, aspectos que La Cabaña cumple más o menos bien.

La película narra la caída en desgracia de MacKenzie (Sam Worthington), un hombre de familia que tras una tragedia familiar recibe una misteriosa nota... y decide regresar a la cabaña donde se perpetró el horrible crimen que cambió su vida. La película de Hazeldine, basada en el best-seller de William Paul Young, trata de bucear en la psicología de MacKenzie, pero Worthington, pese a voluntarioso, no siempre sale bien parado de la experiencia. La culpa no es suya (algunos de sus intercambios ante Octavia Spencer están logrados) sino de una película que liquida toda posibilidad poética, todo aliento fantástico y onírico en favor del cliché melodramático. El hondo simbolismo de La cabaña, que puede ser criticado por cursi y convencional, existe; pero pierde significado por, precisamente, la voluntad de todos sus responsables de aclararnos de que, 1) Dios existe, y 2) la fe nos abre las puertas del cielo.

Nada que objetar, en realidad, a esta tesis. El problema es que, con precedentes recientes como Manchester frente al mar (que también presentaba un terrible drama familiar) y la citada Madre!, la película de Hazeldine se permite todas las licencias a la vez que se queda simplemente corta. La cosa se agrava si consideramos que el filme podría haberse permitido modulaciones fantásticas y juegos con el espectador (¿alguien se acuerda de Más allá de los sueños, con Robin Williams?) que podrían haber impulsado mucho el relato, pero que finalmente ceden ante un guión explicativo y superficial. No hay hostilidad en esta crítica hacia La cabaña, una película cristiana que trata de ser bienintencionada en tiempos cínicos. Pero se trata de una fábula sin tensión en la que los sentimientos que tan denodadamente trata de despertar ceden ante el discurso facilón.

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