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Crítica: 'Star Wars. Los últimos Jedi', con Mark Hamill y Daisy Ridley

'Los últimos Jedi' tiene el corazón donde debe y está llena de giros, y sobre todo una inesperada tensión.

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Si El Despertar de la Fuerza demostró algo, además de la máquina de amasar millones que es la franquicia de Lucasfilm, es la incapacidad de su director, el reverenciado J.J. Abrams, de cuajar un proyecto fuera del territorio del remake, del simulacro más o menos confeso. Tras excelentes experimentos en ese área como su Star Trek o incluso Super 8, el Episodio VII puso de manifiesto que, ni siquiera gozando de un mundo (una galaxia) abierto como el heredado de la mitología de George Lucas, Abrams era aún capaz de esbozar una película "libre" en sí misma, ajena al guiño y revival cinematográfico. El Despertar de la Fuerza, filme divisivo como pocos, era poco más que una humilde presentación de personajes que trataba de compensar su timidez con un exagerado cinetismo, una dañina recurrencia a la nostalgia y una historia que sustituía con preguntas, guiños y enigmas autogenerados (ahí está esa teoría de la caja que fundamenta el suspense a la Abrams: ¿quién es Snoke? ¿Quiénes son los padres de Rey?) su incapacidad para desarrollar una historia emocional y verdaderamente mítica.

Pero si esperan una diatriba contra la ultrapoderosa Disney a colación de esta Los últimos Jedi, mejor esperen un poco. Si Rogue One comenzó, pese a su naturaleza de spin-off, a arreglar el entuerto, hay que aplaudir la labor de Rian Johnson a la hora de recibir el testigo de Abrams. Si a éste y su equipo les pudo la presión de un fenómeno como Star Wars, lo cierto es que Johnson afronta este Episodio VIII, Los últimos Jedi, con un afán si no renovador (¿acaso tendría sentido?) al menos sí evolutivo. Y es que la segunda entrega de la nueva trilogía dedicada al Clan Skywalker, que sigue los pasos de Rey en el mundo Jedi de la mano del mismísimo Luke Skywalker (excelente Mark Hamill) responde a las características de genuino acontecimiento cinematográfico: se trata de un enorme mamotreto (150 minutos) con más de una decena de protagonistas, media decena de subtramas e incontables sucesos que, en aras del spoiler, no arruinaremos aquí.

Consciente de los golpes bajos de El Despertar de la Fuerza al espectador, Los últimos Jedi aporta todo el conflicto, historia y desarrollo de personajes que los fans y el espectador casual pueden esperar de un evento a la altura. Lo más destacable es cómo Johnson realiza un filme capaz de juguetear con las expectativas del personal sin tampoco llegar a sacudirlas, a cuestionar su legado: este Episodio demuestra una capacidad notable de sorprender tanto en momentos puntuales (esos golpes de efecto que afectan a los personajes clásicos de la serie) a la vez que se legitima a sí misma al margen de ellos desplazando el célebre combate entre la Fuerza y el Lado Oscuro, dos extremos tentándose mutuamente en un ciclo eterno, para buscar un nuevo equilibrio entre pasado y futuro, conformando un nuevo horizonte para la saga troncal Star Wars. En este sentido, el filme no solo hace válidas las proposiciones que amagaba Abrams (mejorando incluso su película) sino que proyecta sus inquietudes hacia un futuro como poco presentable.

Y lo hace enfatizando no solo la acción, sino más bien el conflicto. Johnson pone en la picota conceptos vitales en una narrativa mítica como son destino y casualidad, y lo hace guardando un perfecto equilibrio entre clasicismo y modernidad, deslizando nuevas ideas en la serie con un estilo perfectamente integrado en la saga. La Primera Orden, aka el Imperio Galáctico, jamás se ha asemejado más a una competición de egos en la que las ratas abandonan el barco, ni la propia e idealizada Resistencia un absoluto caos sometida a la imprevisible resolución de una serie de hechos concatenados. El contemplar eso, y ver cómo luego surge el milagro, la leyenda, convierte Los últimos Jedi en el filme menos previsible de la serie y también en uno de los más épicos. Lo asombroso es que la película lo consigue sin enfatizar su supuesta oscuridad, sino simplemente a base de narración, relato y un saludable equilibrio entre la pura decisión in extremis y el azar, visible en momentos clave como aquel en el que el presunto villano Ben Solo duda entre si aniquilar o no a su madre, el devenir del personaje de Laura Dern o la que supone la imagen más extraña (y bonita) de toda la saga: la de Luke Skywalker y cierto personaje que aquí no desvelaremos contemplando arder un árbol que representa todo el legado vivido hasta ahora.

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