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Crítica: 'El instante más oscuro', con Gary Oldman como Winston Churchill

Gary Oldman, bajo kilos y kilos de maquillaje, consigue que su Winston Churchill brille como lo mejor de 'El instante más oscuro'.

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A menudo mera exhibición de travestismo actoral y maquillaje, el subgénero del biopic (como el del drama ambientado en la Segunda Guerra Mundial) sufre de algunos de los peores tics de ese cine "oscarizable" que se asoma a las carteleras entre los meses diciembre y febrero. Escasa creatividad real, pretensiones más o menos altas y ningún riesgo estético o temático son características habituales de un cine académico tan sólido como convencional, tan repetitivo como oportunista en sus tesis. Habrá quien sitúe El instante más oscuro en esa categoría, y en cierto modo no les faltará razón: la película protagonizada por un Gary Oldman caracterizado bajo kilos y kilos de prótesis y maquillaje no acaba de salirse, de trascender esa categoría. Pero en un mundo como el actual, repleto hasta arriba de medianías perpetuamente ofendidas, resulta agradable presenciar un relato no frívolo, pero sí simplemente humano de los hechos más terribles jamás acaecidos en Europa.

La película de Joe Wright, salido con el rabo entre las piernas de Pan, su fallida incursión en la superproducción de efectos especiales, relata los primeros días en el gobierno de Winston Churchill, un político que sin el apoyo de su partido se vio obligado a elegir entre un falso acuerdo de paz que rendiría el Reino Unido al nazismo o combatir al superior ejército de Hitler pese a las previsibles bajas humanas. Sin incidir particularmente en su vida íntima, y sin tampoco potenciar la pura estrategia bélica, la película combina bastante bien todas las facetas sin tratar de abarcar demasiado o demasiado poco.

Pese a los planos iniciales en el Parlamento, no hay aquí un ejercicio de pictoricismo como el de Spielberg en Lincoln. Y Wright solo se adentra de manera secundaria en las fracturas de Dunkerque abordadas este mismo año por Nolan, si bien esta sección es de las más largas del largometraje. El británico, no obstante, sabe adornar su película con momentos de genuina expresividad visual que reflejan la odisea íntima personal de Churchill, a quien conocemos por primera vez completamente a oscuras e iluminado por la luz de un fósforo, y añadir una cierta distancia irónica en el retrato de un hombre con aristas pero no necesariamente oscuro (Wright, al contrario, sitúa al personaje como la única fuente de luz de entornos a menudo completamente negros); lo que ahora llamaríamos un tipo "políticamente incorrecto" pero a la vez la única posibilidad de salvación al margen de otras valoraciones personales. Wright anda sobrado de talento visual, y demuestra saber transmitir ese punto cuando la película cojea, por mucho que la narrativa carezca de la fiereza de su personaje titular. El resultado es un retrato en el que el esfuerzo de caracterización (verdaderamente mayúsculo) no acapara, al menos, toda la capacidad expresiva del material. A ello colabora, claro, la interpretación de Oldman, que como todo el mundo esperaba es la principal atracción del parque: el actor completa con un inesperado humor la previsible gravedad del personaje (bajo capas y capas de excelente maquillaje, el actor realmente parece divertirse) mientras su director dinamiza la acción, casi siempre en interiores opresivos, con dinámicos travelling laterales o contrapicados que atraviesan paredes y estructuras, pero sin dejar de facturar una labor relativamente invisible.

Pese a que el filme nunca niega la naturaleza del conflicto de fuerzas en jaque (esto es, al fin y al cabo, el bien contra el mal) ni se plantea ambigüedades morales que aquí serían repugnantes, Wright no se aproxima al relato bélico por la vía romántica o fantástica, pese a permitirse un exceso sentimental final que, en realidad, funciona en base a otra lógica nada triunfalista. El instante más oscuro sobrevive así a los puntos flacos de un guión correcto, pero no brillante, y que se olvida absolutamente de los personajes secundarios y las vicisitudes familiares del personaje (Kristin Scott-Thomas y Lily James no están de adorno, pero casi) y sortea relativamente bien los peligros de la aburrida hagiografía histórica de películas tan terribles como La dama de hierro o Diana. Porque el filme de Wright, en realidad, parece más interesado con un asunto más, si se quiere, poético: el gran genio de Churchill fue, sin duda, cautivar al pueblo con unos discursos perfectamente medidos que no obedecían necesariamente a la realidad, pero que iban orientados a enfrentar el horror con mayúsculas, a sonsacar del corazón del pueblo el valor para afrontar la más terrible de las verdades. Y en base a esa lógica más sentimental, pero también subterránea, avanza una película sobre el valor del símbolo, la palabra y, por tanto, la importancia del relato, algo vital para encajar una secuencia tan dudosa y manipuladora como la que tiene lugar al final, con Churchill encerrado en un vagón de metro con un puñado de votantes. El instante más oscuro es un filme demasiado correcto e incluso ordinario, pero creo casi siempre acertado. Y sobre todo, uno que no se limita a encadenar sucesos históricos.

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