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'Call me by your name' y 'El Hilo Invisible': amor sin barreras contra la inquisición feminista

A diferencia de Time's Up, los Goya o los Oscar, las dos películas no nos dan la brasa con discursos: son historias que desbordan todo.

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A diferencia de Time's Up, los Goya o los Oscar, las dos películas no nos dan la brasa con discursos: son historias que desbordan todo.
Call me by your name | Archivo

Nadie ha dicho que las historias de amor tengan que resultar cómodas para todos. Dos películas en cartelera, Call me by your name y El Hilo Invisible, demuestran que todavía que todavía hay etiquetas interesadas cuando hay que arremangarse con romances que se salen de la portada del tópico de la novela rosa de Nicholas Sparks. Pero sobre todo, de corrientes ideológicas dominantes, de las que blanquean como la lejía cualquier arista para hacer digerible la aridez de ciertas historias. Una de ellas, la primera, ha sido tachada de apología de la pederastia gay, la otra –una vez que la censura del corsé descubra la verdadera naturaleza de su desenlace– cuenta la historia de un amor con dientes.

Ambas desafían sin tampoco pretenderlo la mayor ola de corrección política jamas vivida, disfrazada tras causas presuntamente justas y parapetadas tras movimientos como Me Too o Time’s Up, la perfecta continuación del Oscars So White del año pasado. El Hilo Invisible es la típica película de Paul Thomas Anderson: tan extraordinaria como arisca, la típica película en la que todo es bueno e intenso pero que solo verás una vez. La de Luca Guadagnino, guardián de las esencias del vitalista guión de James Ivory, tiene un ritmo casi igual de lento, pero resulta todo lo contrario: una sensual historia de amor de verano, intenso y sin filigranas.

Pero más allá de lo que pensemos de las dos películas, las dos tienen en común una honestidad brutal, que aleja a los dos filmes de giros moralistas (y fatalistas) de otras películas románticas con sabor a Oscar. Call me by your name narra el amor de verano de dos hombres, uno de ellos menor de edad, en el caluroso verano del norte de Italia en 1983. El joven Elio, interpretado por Timothée Chalamet, no cesa en su empeño de seducir a Oliver, papel que recae sobre Armie Hammer (recogiendo por fin los laureles tras varios intentos fallidos en el terreno del blockbuster), hasta conseguir que un hombre mayor caiga rendido a sus pies. Los dos son judíos, los dos son cultos y pertenecientes a la élite intelectual del momento, razón por la cual muchos han tildado el guión de Ivory (Lo que queda del día, Una habitación con vistas) de romance pijo. Y es el histérico Elio quien, desesperado por sentir, busca desesperadamente el calor de un hombre decente, más preocupado por respetar al menor que de buscar su propio beneficio. Que Hammer resuelva el papel con carisma infinito y saber estar típico de una estrella de cine hace comprensible la confusión de Elio, pero ese es otro cantar.

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El hilo invisible | Universal Pictures

El Hilo Invisible es una de esas películas que invitan al silencio, antes y después de la proyección. Existe un aura magnética en todas las películas de su director, Paul Thomas Anderson, pero al margen del hechizo de su narración, éste también tiene algo de impostura por parte del espectador. Es una película excelente; también una que quizá solo veas una vez en tu vida, al contrario que la sensual obra de Guadagnino: Call me by your name es una película tan sumamente sensorial, en la que se percibe el calor y sonidos rurales del verano (su ritmo moroso también parece derivarse de la modorra típica de la estación), y que por tanto invita a sentir, más que a pensar, las fases de su fugaz pero intensa relación.

La película de Anderson se ambienta en el brumoso y frío Londres de mitad del siglo pasado, donde Reynolds Woodcock, un prestigioso modisto interpretado por Daniel Day Lewis (y más o menos igual de intenso que él) se enamora perdidamente de su próximo maniquí, Alma (Vicky Krieps, la actriz más parecida a una joven Meryl Streep que hemos visto en años). Lo que sucede a continuación es un romance del que no destaparemos nada, pero que sin duda se adentra en lo enfermizo y coquetea directamente con el asesinato. Como en Call me by your name, pero destacando por una notable ausencia de sensualidad (Woodcock parece más interesado en vestir que en desvestir), Anderson observa todo con la distancia justa del narrador que desea imprimir un tono concreto y sutil, la distancia adecuada para observar pero no ironizar. Cuando acaba El hilo invisible, nadie puede durar que esos dos elementos se quieren y han querido, pese a que podamos discutir la naturaleza de ese enamoramiento. En un momento en el que juzgamos como maníacos por Twitter, el retrato honesto de un amor retorcido y casi hitchcockiano como el de Lewis y Krieps no hace más que destapar la hipocresía de quienes se dedican a juzgar lo que no les corresponde. Porque a lo mejor es que el amor es así, tiene dientes y muerde.

La película de Paul Thomas Anderson no abunda en excusas, y todo en ella transmite una sensación de angustia romántica. Citando al propio Woodcock en la película, hace sentir una especie de "inquietud pero sin nada concreto que señalar". Y se emboba admirando con ambigüedad y cierto terror el talento y dedicación al arte de su protagonista, quizá a modo de metáfora de la propia actitud del director con su película, extraordinariamente talentosa pero un punto arrogante. En Call me by your name los protagonistas están rodeados de estatuas y efebos griegos, pero todo parece el reflejo de unos sentimientos condenados a desaparecer en el tiempo como los mismos templos romanos que una vez adornaron el mundo: la historia es un legado que se refleja a través de la cultura, y la cultura es arte, vida y paz (para algunos, decíamos antes, es elitismo).

Las dos son historias, no mensajes, y por eso cualquiera las puede comprender. Call me by your name está a punto de caerse de la cuerda al final, con una escena en la que el padre de Elio revela su opinión de la relación. En otras circunstancias, que la propia película que has visto te diga de qué va todo en el último minuto podría ser horrible, pero la que comparten Stuhlbarg y Chalamet en Call me by your name no es una escena, es una bomba nuclear. Y al final se convierte en lo mejor de la película, demostrando la que quizás es la única tesis de este ya largo artículo: que a diferencia de galas protagonizadas por reivindicaciones ideadas por grupos que solo destapan la hipocresía de quien se cree capacitado para dar un discurso, Call me by your name y El hilo invisible no intentan enseñarnos nada, solo contarnos algo.

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