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Crítica: 'Black Panther (Pantera Negra)' de Marvel Studios

Black Panther es la película de superhéroes que canaliza ciertas reivindicaciones sociales. Pero también es una buena aventura Marvel.

Juan Manuel González
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Menuda está cayendo en Hollywood. Oscars so white, Me Too, Time's Up están convirtiendo la fiesta del cine en una constante reivindicación. Era, por tanto, cuestión de tiempo que en plena madurez del MCU (Marvel Cinematic Universe) un superhéroe de color tan representativo para su comunidad llegase a las pantallas de cine. Black Panther, creado por Stan Lee y Jack Kirby en 1966, es en este sentido (y afortunadamente) la perfecta película de consenso: por un lado, aquellos que interpretan la ficción en clave de chapa reivindicativa saldrán evidentemente felices de que un personaje negro enmiende la plana al personal; mientras todos aquellos, negros o blancos, que deseamos un relato aventurero y fantástico coherente en sus propios términos (y, por qué no, protagonizado y realizado por negros) sentiremos que, de nuevo, Marvel Studios ha dado en la diana.

Si ello ocurre, y si algo demuestra Black Panther, es el buen hacer de su director, Ryan Coogler, que tras el filme indie Fruitvale Station y Creed, la tardía secuela de Rocky que supuso su salto al cine comercial, logra en su tercera película la nada desdeñable hazaña de canalizar los muchos y variados intereses ideológicos, corporativos y meramente prácticos señalados arriba con, simplemente, la artesanía de hacer una película que esté bien.

Lo hace siendo honesto, mucho más que aquellos que usan un filme de aventuras como reivindicación racial y, a la vez, exhibiendo músculo en la puesta en escena. Que es lo que hace un buen director. Consciente de que al fin y al cabo esto es un cómic, Coogler no rechaza el exotismo y colorido del personaje, como tampoco de ese basamento inspirado en el cine de aventuras coloniales, para crear un mundo atractivo, razonablemente subversivo en su reivindicación racial pero sin que tampoco se convierta en un mamotreto discursivo. Sus recursos son evidentes: Coogler recurre de secciones narrativas que rinden un indisimulado homenaje a James Bond tanto como a la mitología Marvel para servir, de manera absolutamente coherente, lo que en su esencia es un drama cortesano (y británico) de esencias Shakespirianas preñado, eso sí, de acción imposible y espíritu de cómic. El resultado es un filme de acción con trasfondo racial y, sobre todo, político, pero uno que sabe cuando levantar el pie del acelerador de la intensidad sin dejar de transmitir sus propios recados: las interpretaciones hilarantes de Andy Serkis, la presencia (agradecida) de Martin Freeman, y sobre todo el notable despliegue de recursos sci-fi (que mezcla con solidez la cultura tribal africana con la tecnología de cualquier relato futurista) refuerzan esa impresión.

Pero todo ello al servicio de un filme guiado por los conflictos internos de sus protagonistas, en el que nada, ni la tradición pero tampoco la evolución, puede o debe obtenerse a cualquier precio o de cualquier manera. El reino secreto de Wakanda, guiado por T'Challa, afronta aquí su particular "Brexit" a la inversa... pero en realidad, rascando bajo la idealizada superficie, todo dista de ser una utopía pese a la increíble riqueza (visual) del escenario. El meollo de la cuestión es, en el fondo, la contraposición de dos formas distintas de "abrirse" a la comunidad internacional, la representada por Killmonger (un excelente Michael B. Jordan) y el propio T'Challa. Coogler convierte así el discurso de Black Panther en uno actual, a su película lúdica de superhéroes en una película con mensaje (como si ambas cosas estuvieran contrapuestas...) pero a la vez con uno mucho más dúctil que los movimientos políticamente correctos que indisimuladamente tratan de apropiarse de todo lo que no destruyen.

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