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Crítica: 'Winchester', con Helen Mirren

'Winchester' abunda en la leyenda USA para presentar una nueva visión de la casa encantada. ¿Lo consigue?

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Winchester es una película de terror donde lo peor son las escenas de terror. Semejante contrariedad, fatal para una obra de género tan -ejem- genérica como la que firman los hermanos Spierig (responsables de la reciente Saw: Legacy) embarra totalmente los cimientos de un guión que trata de reformular el subgénero de casa encantadas, o de fantasmas, atándolo a la identidad cultural estadounidense. Pero si Winchester fracasa, ojo, no es porque a la película le falten alforjas sino porque, al final, no hay viaje real en el proyecto de los Spierig: al contrario que la casa que la viuda Winchester (Helen Mirren) amplia sin plan maestro alguno (una idea formidable que no acaba de estar aprovechada) la película sustenta su mensaje en un puñado de escenas de terror formularias que otros directores coetáneos a los Spierig han presentado mejor.

El concepto, decíamos, tiene su aquel: un médico con evidentes problemas personales (el siempre correcto Jason Clarke) es enviado por la compañía Winchester a evaluar el estado psicológico de la viuda del creador del legendario rifle, el objeto que mejor representa el afán de conquista americano. La casa que lo acoge es una obra en constante ampliación, una construcción en marcha las 24 horas del día, y por tanto, un laberinto de pasillos, habitaciones y lugares siniestros ideales para el susto y el terror. Es evidente que en el ADN de Winchester flotan tanto los filmes británicos de la Hammer como las recientes aportaciones de James Wan en Insidious o Expediente Warren, una referencia ya inevitable en el terror actual, pero eso no tiene por qué ser malo.

Al contrario, se trata de un punto de partida prometedor, un pequeño melocotoncito para los fans del género de horror: ambientada en la California de 1906, Winchester es un relato gótico y un filme de terror "clásico", como casi obliga su ambientación de época, pero sus intenciones y contenido se adaptan a una reflexión, un sentimiento, muy contemporáneo y presente y por eso mismo, pertinente y útil. La película se sitúa en los pliegues sobrenaturales del relato de frontera (el rifle que da título al filme fue utilizado en la conquista del Oeste) y recurre a la leyenda para bucear en la conciencia culpable de un país que también tiene sus fantasmas, sus traumas colectivos y personales, y en el que la obra sin fin que financia la viuda Winchester no deja de representar un intento (muy americano y muy emprendedor) de crear una realidad nueva (o más bien corregirla) que al final acaba alimentando más su propio círculo de venganza y violencia. En realidad, si buceamos en las intenciones de la película, que no en sus resultados reales, la cosa no está nada mal, Winchester establece sus nexos y los establece bien a la hora de presentar un sistema que, como la propia casa, intenta corregir sus pecados de sangre pero tampoco acaba de funcionar como debería.

El problema no es eso, sino todo lo demás. Winchester está más preocupada por asustar cada cinco minutos que por transmitir con elegancia una idea fatalista y refinada, mitológica pero llena de proyección. Los sustos, en realidad, delatan la inseguridad de los Spierig, degradan una película que liquida su propia ambigüedad de una escena a otra (como en todo filme de corte clásico pero moderno, a nadie se les escapa que el doctor tiene tantos problemas o más que la viuda) en una obra obsesionada por resolver demasiado pronto sus propios entuertos. De esa manera, hasta la corrección formal con la que firman, alejada de excesos y grand-gignol, del splatter y el cachondeo, y con una gran dama del cine como Helen Mirren como principal reclamo, acaba jugando también en su contra, dejando en tierra de nadie las interpretaciones de un buen elenco.

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