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Elías Cohen

'7 días en Entebbe': no va del rescate

A veces, cuando no quieres enfadar a nadie, acabas enfadando a todo el mundo.

Elías Cohen
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A veces, cuando no quieres enfadar a nadie, acabas enfadando a todo el mundo.
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7 días en Entebbe es una película llena de política y de mensajes políticos. Tantos, que se sobreponen a la acción y el ritmo de la trama. El metraje y la producción son muy correctos; no aburre; la ambientación es sobresaliente. Pero la pugna de narrativas y las constantes metáforas la ahogan, a resultas de lo cual –no sabemos si de manera intencionada– la proeza del rescate queda en un segundo o tercer plano.

Es cierto que nos criamos con la legendaria Raid on Entebbe, rodada un año después de la operación, dirigida por Irvin Kershner (El Imperio Contraataca), protagonizada por Charles Bronson y James Woods y donde todo era blanco y negro, teníamos claro quiénes eran los buenos. Esta vez nos merecíamos algo de profundidad y de matices, pero hay tantos que llegan a desnaturalizar un rescate que asombró al mundo, tanto por la complejidad de la operación (baste señalar que Uganda está a 4.740 kms de Israel) como por su entraña moral (el Estado judío no escatimó recursos ni sorteó riesgos para salvar la vida de sus ciudadanos amenazados).

En 7 días en Entebbe el rescate, ya digo, queda en segundo o tercer plano. El foco está puesto en el pensamiento político del liderazgo israelí, en las contradicciones de los terroristas alemanes que colaboraron con el FPLP en el secuestro y en el conflicto israelo-palestino. La cinta abunda en la lucha que libraron Simón Peres (ministro de Defensa) e Isaac Rabín (primer ministro) sobre qué decisión adoptar. Aún no sabemos cómo fue exactamente el toma y daca entre Rabín y Peres durante aquellos frenéticos días, pero sí lo que la película refleja: Rabin quería negociar y Peres se negaba rotundamente.

¿Hubo, entonces, tensión política en este asunto? Pues claro, fue una disputa entre un primer ministro y un ministro de Defensa en un país en el que el Ejército es la institución más importante; y ese primer ministro era un general condecorado y el ministro de Defensa, un animal político. Israel tenía y tiene como política de Estado no negociar con terroristas, pero en aquellos días lo intentó, y posteriormente ha negociado con terroristas en muchas otras ocasiones. Ahí está el caso de la liberación del soldado Guilad Shalit (2011), a cambio de 1.027 prisioneros palestinos. En 1976 los israelíes decidieron finalmente ir a Uganda a rescatar a sus conciudadanos, que habían sido separados del resto de los viajeros del vuelo 139 de Air France secuestrado por los terroristas.

Es extraño que un director como José Padilha (Tropa de élite) se contenga en las escenas de acción y convierta el célebre rescate en un baile teatral envuelto en una metáfora que quizá ni siquiera es relevante. Desde luego no lo es tanto si introducimos en la ecuación el conflicto que sirve de contexto.

Cuando Padilha retrató al BOPE luchando contra los traficantes de droga de las favelas y encarando la corrupción en Brasil le llamaron fascista. Puede que con 7 días en Entebbe no quisiera que le endosaran etiqueta alguna. Con Brasil nadie tiene opinión, pero con el conflicto entre israelíes y palestinos hay que andarse con pies de plomo, de lo contrario, las hordas se te pueden echar al cuello. Así, Padilha intenta repartir culpas y razones a partes iguales… insatisfactoriamente. A veces, cuando no quieres enfadar a nadie, acabas enfadando a todo el mundo.

Ahora bien, a la otra parte implicada, los alemanes de las Células Revolucionarias, hilo conductor de la cinta, el director les da un merecido rapapolvo debido a las profundas contradicciones a las que se vieron expuestos.

Ahora que se cumplen 50 del años de Mayo del 68, Padilha se encarga de hundir en sus propias distorsiones ideológicas a esos jóvenes burgueses que quisieron hacer la revolución mundial aliándose con regímenes abominables y grupos terroristas poco interesados por la cómoda vida europea. Idi Amín como aliado diciendo, él, que Israel es un Estado fascista es todo un puñetazo en la boca a esas excrecencias locas del 68 que lo único que aportaron al mundo fue dolor y sangre. Un ingeniero vale lo que 50 revolucionarios a la hora de traer la libertad, llega a decir, de forma reveladora, uno de los personajes.

Uno de los dos miembros de las Células, Wilfried Bose, interpretado por un siempre resolutivo Daniel Brühl, se ve atrapado en un secuestro que desafía sus supuestas convicciones humanitarias y libertadoras. "¿Por qué estás aquí?", le pregunta un miembro del FPLP; a lo que Bose contesta, con la cursilería que caracteriza a la extrema izquierda obsesionada con el uso de la fuerza: "Para arrojar bombas sobre las conciencias de las masas".

Bose murió en el asalto del Ejército israelí al aeródromo, y, según cuenta la historia, no disparó a los rehenes cuando los israelíes trataban de rescatarlos. Llegó a gritar, según los testimonios, que él no era un nazi cuando una rehén superviviente del Holocausto le enseñó el número que llevaba tatuado en el brazo. No sabemos qué pasó por su cabeza antes de que una bala se la volara; sí sabemos que su vida como revolucionario acabó en una alianza con Idi Amín y grupos terroristas palestinos. Y sabemos, también, qué sitio ha reservado la Historia a Amín y el FPLP: el basurero.

¿Merece la pena ver 7 días en Entebbe? Por supuesto. Eso sí, que nadie espere ver acción y deleitarse con el rescate. La película es un torrente de debates ideológicos y políticos que, por caer en la sempiterna equidistancia, no aporta nada.

© Revista El Medio

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