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Crítica: 'Borg McEnroe', con Shia LaBeouf y Sverrir Gudnason

'Borg McEnroe' tiene la virtud de las películas que están bien: aunque no te interese el tenis, el relato resulta apasionante.

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En los cuadros del romanticismo alemán, el paisaje sin figuras humanas, o con ellas literalmente aplastadas por la grandilocuencia de imposibles riscos, acostumbraba a erigirse con el escenario donde se reflejaban los sentimientos del espectador. En las películas deportivas, la cancha (en este caso, de tenis) cumple habitualmente esa misma función, la de esas terribles montañas donde el ser humano encuentra su lugar (a menudo, aislado en sus propias circunstancias) o no, frente a la terrible presencia del "todo lo demás". En la película, la escena en la que conocemos al tenista Björn Borg en su apartamento de Mónaco, haciendo equilibrismos sobre una barandilla en las alturas, guiña el ojo a tales referencias. El tenis, como se imaginan, en realidad es solo la imagen, la excusa.

Borg McEnroe va de eso mismo, solo que con dos personajes opuestos pero absolutamente complementarios que sirven de espita de su propia alienación. La película del danés Janus Metz, pese a su incapacidad para erigirse por encima del cliché de su género, de cierta inexpresividad en su puesta en escena (y una quizá excesiva recurrencia al flashback para explicar, más que "mostrar", la psicología de los susodichos) consigue erigirse por encima de la mera descripción de hechos sucedidos en el campeonato de Wimbledon de 1980, aquel en el que el "veterano" de 25 años, apodado príncipe del tenis, Björn Borg (Sverrir Gudnason) se enfrentó al explosivo y novato americano John McEnroe (Shia LaBeouf) en pos de su quinto campeonato, aquel que supondría el récord mundial en su área.

La película consigue, con fría precisión nórdica, reflejar la apasionada dicotomía de dos personajes que se saben al borde del abismo y narrarlo en clave de thriller, haciéndonos pensar que estos hechos históricos son todavía un secreto. En Borg McEnroe queda meridianamente claro el contraste entre silencio y ruido de ambos hombres, y que la película en realidad no va de un combate entre deportistas (que ocupa los 40 últimos, y excelentes, minutos de película) sino del que libran ambos sujetos contra sí mismos. Frialdad contra pasión, o como lo definen en la película, maza contra puñal. Y cómo esta diferencia en realidad esconde la misma cosa: el grito (silencioso en el caso de Borg, escandaloso en el caso de McEnroe) de dos genios complementarios, uno encapsulado y el otro totalmente expansivo, de evoluciones parejas pero opuestas, que se buscan porque van a liberarse a sí mismos a través del otro en un desenlace de acción.

El director Janus Metz sabe mantenernos en vilo con este juego de espejos, no particularmente sutil, pero sí eficaz, que recuerda al de otras dos películas con el "vs" de por medio filmadas ambas por Ron Howard, el biopic deportivo Rush y el periodístico Frost/Nixon. Y Shia LaBeouf demuestra cómo, a pesar de muchos e incluso de sí mismo, todavía es un actor útil para la industria: no se me ocurre una asociación más directa entre el actor y el personaje que el suyo con el malencarado McEnroe.

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