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Crítica: 'Blackwood', con AnnaSophia Robb y Uma Thurman

¿Qué pinta el español Rodrigo Cortés con los autores de Crepúsculo? Blackwood nos despeja la incógnita.

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Extraña en un primer momento la vinculación del español Rodrigo Cortés (Enterrado, Luces Rojas) a parte del equipo productor de Crepúsculo en Blackwood, adaptación de la novela "young-adult" de Lois Duncan (Sé lo que hicisteis el último verano). Pero visto el resultado, en su vocación de rareza vinculada a los postulados del cine de género pero forzando, a su vez, las tuercas de todos los implicados, uno solo puede congratularse. Si por algo destaca Blackwood es por no conformarse con ser un show hecho a la medida de su audiencia, a la cual respeta de manera inmaculada (en suavalancha de sentimientos y rebeldía adolescente) para, a continuación, canalizar el asunto hacia intereses más oscuros y sí, intelectuales.

Es cierto que Blackwood trata de ser un soberbio ejercicio de suspense, pero es uno que no acaba de manifestarse del todo. Existe una clara voluntad por parte de Cortés de confeccionar una película elegante, gótica y definitivamente oscura, tanto que en realidad su escasa iluminación recuerda al trabajo fotográfico de Peter Hyams. El resultado se salda muy bien en lo visual, en lo atmosférico, pero la película sufre de un déficit grave en la caracterización de sus personajes secundarios. Existe algún problema de ritmo y, a la hora del postre, su traca final hará desconectar a algunos, pero su ambientación seduce y más aún su vocación de película comercial de vocación casi suicida: sin traicionar a su audiencia (Blackwood es tan marrullera y ruidosa como puede ser) estamos ante una película de ideas, una que comienza con una cita de Homero para después citar autores literarios del XIX y, en su arquitectura interna, sumergirse en un bosquejo de misterio juvenil "a la Harry Potter" (grupo de muchachas rebeldes ingresan en un internado, Blackwood, para someterse a un programa educativo experimental) que esconde una sombría reflexión sobre algo que cada vez importa menos: el arte, la inspiración y la creatividad.

Un pensamiento pertinente en medio de una ola de remakes, secuelas y homenajes nostálgicos convertidos en puro marketing que Cortés enlaza con el ethos quinceañero al que va dedicado su película, ese limbo físico y emocional de la adolescencia entendido como una tierra de nadie de fuerzas puras, y en la que sus muchachas (atención a la presencia de La huérfana, Isabelle Fuhrmann) deben decidir quiénes son y a quiénes quieren parecerse, y sobre todo, si dejarse manejar. ¿Elogio de la genialidad o la mediocridad? Si consideramos esto y acordamos que la vertiente tramposa de su cinta, con ese cambio de marcha final sin miedo al ridículo, Blackwood es en realidad un ejercicio de honestidad con las obligaciones del género y su audiencia, una rara avis en el panorama comercial USA. Un filme que se atreve -y esa es la misma pregunta que se hace la propia película- a caminar a hombros de gigantes desde la más humilde de sus posiciones, pero también, a darle un nuevo empaquetado (gótico) a ese mismo terror adolescente realizado con material de derribo. Una dualidad que es la misma que la que vive, y sufre, su protagonista femenina, y que permite abrazar sin rubor la idea más cursi pero a la vez más cruel del filme: para crecer, tienes que experimentar la máxima pérdida posible.

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