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Crítica: 'El espía que me plantó', con Mila Kunis y Kate McKinnon

Hay películas que son malas sin más. El espía que me plantó podría ser una de ellas.

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Hay un momento en esta El espía que me plantó, enésima coña marinera del mítico título de 007 protagonizado por Roger Moore, que tiene gracia: a la asesina encargada de abatir a las dos protagonistas de la función, Mila Kunis y Kate McKinnon, le han encargado disparar a "dos mujeres americanas e idiotas" y literalmente no sabe a quién matar entre la avalancha de turistas.

El resto de la película de Susanna Fogel, que basa su fórmula en introducir a dos mujeres ordinarias en el molde de una película de espías netamente masculina, parece una película de los 90 y tampoco de las mejores de su clase. Elespía que me plantó desaprovecha su peculiar estructura de flashbacks, uno de sus elementos narrativos diferenciadores, y cae en las dos o tres contradicciones que tiene que librar: la chica protagonista, al fin y al cabo, no hace sino cambiar un hombre por otro en virtud de las necesidades de la obra; y su limitado intento de difuminar la frontera entre "cosas de chicas" y "cosas de chicos" fracasa dentro de lo formulario.

Existen destellos de genio, claro, casi todos debidos a la locura y anarquía de Kate McKinnon, y un par de secuencias de acción bien resueltas como la obligatoria persecución de coches y aquella que tiene lugar justo después de la pseudo-tortura a la pareja a manos de un Gorrión Rojo, una de las pocas escenas donde la película encuentra su peculiar equilibrio entre verborrea, estupidez y tensión. Pero ellas y nosotros sabemos que esta historia ya la hemos visto antes, y en algunas ocasiones (no puedo evitar recordar, con sus mil diferencias, Mentiras Arriesgadas, quizá la mejor de todas) de manera muchísimo más brillante. El espía que me plantó comienza bien, con un par de acrobacias físicas inspiradas en la saga Bourne de Matt Damon (ese salto en el piso de los yonquis lituanos) pero pronto va a peor producto de una dirección inexistente, una que confunde incorrección con crueldad en un par de arrebatos violentos (el episodio del chófer de Uber) y que acaba simplemente plantando la cámara delante de los actores en plena resolución del suspense.

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