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Crítica: 'Mamá y Papá', con Nicolas Cage y Selma Blair

Nicolas Cage es un papá rabioso en una película que sabe mantener su particular equilibrio entre broma y horror.

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Sería una pena que Mamá y Papá quedase relegada a buscadores de rarezas de Nicolas Cage, actor reconvertido en gif de internet en virtud de mil posturas e interpretaciones imposibles tanto en su etapa de estrella como la de actor de indisumuladas series B como la presente. Vaya por delante que lo que hace el actor de Con Air y La Roca en los poco más de ochenta minutos de la película de Mark Taylor es precisamente aquello que esperamos de él: un festival de caras y posturas imposibles rematadas por su peculiar forma de entonar las frases (la V.O. es, como siempre, imprescindible en este punto). Pero también lo que le exige la realización de una cinta excesiva y grotesca, pero a la vez confeccionada con cierta mesura en sus postulados visuales, narrativos.

El máximo responsable de Mamá y Papá es una de las dos cabezas de Neveldine & Taylor, responsables de píldoras de éxtasis cinematográfico con Crank I y II y Ghost Rider: Espíritu de Venganza, también con Cage (y entiéndase aquí éxtasis en su acepción más lisérgica). Taylor, recién salido de la estimable serie Happy, firma aquí en solitario el guión y la dirección de un filme de terror con altas dosis de comedia negra que, les decimos desde ya, resulta absolutamente recomendable.

¿Qué pasaría si un día todos los padres de América (o, al menos, el plácido suburbio donde se ambienta Mamá y Papá) arremetieran brutalmente contra sus hijos? Este dispositivo con sabor a La noche de los muertos vivientes y Amanecer de los muertos es suficiente para que Taylor entregue una película de tono juguetón y voluntariamente sencilla, simple en su estructura, pero a la que bastan un par de flashbacks para otorgar carne y sangre a sus personajes antes de un desenlace contundente. No esperen excesivos sentimentalismos (los hijos son tan cargantes como los padres, y ni siquiera habrá tiempo para la redención) pero tampoco rencor o antipatía hacia los personajes. Puede que Mamá y Papá no se acabe de despendolar, pero apunta con bala a la postal de la familia feliz americana y las falsas apariencias de una sociedad en descomposición interna, creando un par de imágenes no especialmente novedosas, pero de fascinante surrealismo. El equilibrio de terror, comedia negra y drama suburbial está bien integrado en un filme de ritmo atronador que se pone interesante muy pronto y, aún más importante, sabe cuándo detenerse antes de dejar de serlo.

Todo funciona de una manera voluntamiamente exagerada, también tópica dentro del modelo que impone el género. Pero Mamá y Papá es un producto sólido, tenso en ciertos episodios de horror, que de postre tiene un look visual (la fotografía de Daniel C. Pearl, autor de la Matanza de Texas original y la de 2004, además de infinidad de videoclips, ayuda muchísimo) que otorga clase al caos. Lo que sucede en la planta de maternidad con el personaje de Selma Blair o una vez se desata el terror en el interior de la casa (con Taylor integrando sus trepidantes travellings a ras de suelo con la necesidad de crear una amenaza "real", física) hablan bien de la efectividad de una película que sufre de un desenlace atropellado (nunca mejor dicho) pero también abierto, inquietante y, a su manera, humilde. Mención aparte merece el vilipendiado Cage, igual de chiflado cuando interpreta al padre cuerdo que al loco: su interpretación grotesca parece la de un delirante Looney Tunes de fornida presencia física; un"papá" imprevisible y terrible capaz de todo: él es, como toda la película, una globo a punto de explotar que arranca una risa nerviosa nacida del miedo.

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