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Crítica: 'Malos tiempos en El Royale', con Jeff Bridges y Chris Hemsworth

¿Echan de menos más fábulas americanas como las de los hermanos Coen o Tarantino? 'Malos Tiempos en El Royale' es un digno sustituto.

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No tengo ni idea de cómo Drew Goddard ha logrado que funcione un túrmix de retales narrativos como Malos tiempos en el Royale. Pero lo hace, y además a menudo vuela alto, más allá incluso de la suma de sus elementos. Curtido en la escuela del guión televisivo de Joss Whedon y J.J. Abrams, Goddard utiliza mucha de su experiencia en la pequeña pantalla en ésta, su segunda película como director. Malos tiempos en El Royale es un thriller donde varios estereotipos que parecen caras distintas de una misma moneda (o quizá un chiste: un cura, un vendedor de aspiradoras, una cantante negra y una hippy) coinciden en un motel de carretera, el del título, donde pronto nada ni nadie revelará ser lo que parece. El relato, regado de flashbacks y largas escenas de diálogo, tiene algo de antología televisiva, pero sobre todo de compendio de motivos de cine de género. La película, salvando mil distancias, sabe a Tarantino (otro que hace cosas parecidas), pero también a Agatha Christie, al suspense esotérico de Perdidos y al thriller conspiranoico de los 70, la misma década donde se ambienta la trama. Pero Malos tiempos en el Royale, como decimos (y a pesar de sus defectos), logra ser más que la suma de sus variopintos elementos.

En cierto modo, la primera escena de la película, con un plano neutro enfocando a una de las habitaciones de El Royale antes de que su huésped ponga patas arriba, desnude, todo el escenario para enterrar un tesoro en ella, nos dice por dónde van a ir finalmente los tiros, tanto literal como metafóricamente. Porque sí, El Royale es una metáfora. Si en su anterior filme Goddard escogía como figura retórica una cabaña en el bosque, aquí es un símbolo no menos americano como el motel de carretera (una suerte de guiño al motel Bates de Psicosis concebido aquí como contenedor de géneros, historias y estereotipos, que naturalmente acaban confluyendo no solo superficialmente, sino también a un nivel más profundo) el lugar donde se desarrolla el suspense. La existencia de una tesis de fondo más allá de la mera colección de referencias visuales y narrativas es, sin embargo, lo que convierte El Royale en una rara avis que sin duda provocará la incredulidad, pero a la vez garantiza el interés de la película más allá de su apuesta puramente lúdica.

De ese modo, lo que comienza como una colección de cromos pop y motivos del cine de género deriva hacia una oscura alegoría social y política, profundamente moral, que no pierde su espíritu juguetón por el camino, por mucho que una excesiva duración perjudique la capacidad de entretener y la oscuridad de algunos de sus momentos amenace con estallarle a Goddard en la cara. Hasta bien pasada la hora de película, Malos tiempos en El Royale puede escoger varias vías de desarrollo, casi tantas como personajes lo habitan y habitaciones tiene, y finalmente el asunto adopta la más inesperada de todas, y eso es algo muy, muy bueno: muy pocas veces el cine comercial USA se permite consumir una hora larga para que el guión desvele sus verdaderas fauces (salvo Tarantino) y presentar escenas de diálogo que se extienden a lo largo de minutos de metraje (como Tarantino), para lucimiento de su reparto. Al igual que sus personajes, Malos tiempos en el Royale lleva un disfraz de otra cosa, pero eso no significa que la película carezca de alma: todo gira en torno a la búsqueda de un tesoro... y de un secreto extra que acabaría con la unidad de todo un país.

Entre los evidentes defectos del filme, 140 minutos son muchos minutos, algo que perjudica el ritmo y la concreción de sus ideas. Pero ideas, las tiene. Hay una incomodidad latente en la interacción de sus dispares personajes, así como un evidente sentido de la paranoia y lo extraño, que dicen mucho de cómo se siente Estados Unidos tanto ahora como en los tempestuosos 70, de las máscaras que, como cada uno de los personajes, ha ido adoptando a lo largo de su historia. El arma de Goddard para expresarlo son siempre sus actores, todos y cada uno de ellos, aunque destacaremos a Chris Hemsworth por el evidente giro de timón que supone su papel, una fuerza de la naturaleza que tarda en aparecer (Goddard ya dio al Thor cinematográfico uno de los momento sorpresa de la previa Una cabaña en el bosque) y a Cynthia Erivo, por sostener gran parte del conflicto emocional de la película sin que la recurrencia al tema xenófobo resulte pesada. Malos tiempos en El Royale no es una película perfecta, ni de lejos, pero su mezcla de cine, televisión y hasta teatro supone una de las apuestas más importantes y arriesgadas del cine americano de 2018, una que responde a la pregunta de qué es América: un experimento terrible y fallido, pero uno que merece la pena intentar.

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