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Crítica: 'A la sombra de Kennedy', con Woody Harrelson

'A la sombra de Kennedy' cuenta cómo el texano Lyndon B. Johnson asumió el lugar de JFKy se enfrentó a su propia irrelevancia.

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Normal que nadie haya hecho caso a la última película de Rob Reiner. A la sombra de Kennedy transmite una practicidad similar a la de su personaje protagonista, el presidente Lyndon B. Johnson interpretado por Woody Harrelson, y encuentra en su idealismo y modestia (¡un biopic de menos de hora y media!) su mejor arma. Se trata de virtudes un tanto pasadas de moda que, sin embargo, el director de La Princesa Prometida o Cuando Harry encontró a Sally aborda con su proceder habitual, como si no hubieran pasado décadas desde que estrenase sus películas de mayor éxito.

LBJ, ése fue el apodo de Johnson, ejerció de vicepresidente de Kennedy hasta el asesinato de éste, momento en el que el personaje titular tomó el poder de la Casa Blanca y se enfrentó a la dura negociación de la que fue la gran apuesta de JFK: la Ley de Derechos Civiles de 1964 que integraría a los negros en los lugares públicos de todo el país. A la película que dirige el ya casi ausente Reiner, responsable de al menos otra gran película americana como fue Cuenta conmigo (su obra maestra, según quien esto escribe) le pasa un poco como al propio personaje: luce antigua y antipática, su apariencia es un tanto simple y obsoleta, y desde luego vive a la sombra de mitos más grandes, en el caso de Johnson el mismo JFK que le dejó la responsabilidad de llevar a cabo un proyecto que no era el suyo (y que, es más, supondría la traición a sus mayores aliados). Pero al final acaba ganándonse las simpatías del personal gracias a su nada disimulado aroma a El ala oeste de la Casa Blanca, la buena labor de un reparto inmaculado y una ausencia de victimismo (moral, artístico) que no hace sino potenciar una notable eficacia.

Carente de toda espectacularidad y de apariencia un tanto rancia (Reiner, quizá por la modestia de la producción o por su intento de atenerse al guión, se olvida de cualquier filigrana visual) A la sombra de Kennedy da en el blanco en todo aquello que realmente pretende lograr. Con esa asumida modestia, y pese a acogerse a las formas bien codificadas del biopic al uso, un género ciertamente temible, la película muestra en apenas 90 minutos (beneficio de una edición sin paja o relleno innecesario) la compleja naturaleza de una negociación política. Sin excesos o masajes a la audiencia, pero ojo, con un tono patriótico y conciliador que no excluye metáforas escatológicas y de cierta incorrección política, que delatan la inteligencia y humildad de Reiner a la hora de abordar una obra de época. Con una virtud adicional: A la sombra de Kennedy responde a intereses contemporáneos, sí, con el racismo y los disturbios ocupando titulares en USA, pero no se deja llevar por discursos del presente, como se desprende del tratamiento de las largas escenas diálogo de Harrelson con un espléndido Richard Jenkins.

A ello añade Reiner su nota personal, ésa que convierte A la sombra de Kennedy en una suerte de drama de espíritu progresista, pero realizado como en los 90 (es decir, cuando las películas de Reiner todavía tenían algo que decir). Y miren, todo eso a la película le sienta bien: ese optimismo compatible con la nostalgia (la de unos Estados Unidos dispuestos a mirar al futuro, a pesar de los problemas), se aleja todo lo que puede de la inútil y cruel ironía de House of Cards para asemejarse a otra entente televisiva (por cierto, muy superior) como fue El Ala Oeste. La interpretación de Woody Harrelson, todo carisma pese al desigual maquillaje, hace el resto, y convierte el biopic de LBJ en una humilde y muy aceptable película que, en verdad, no trata del fantasma del racismo, ni del mito de John Fitzgerald Kennedy, sino que resulta en un excelente ensayo (y reivindicación) sobre la irrelevancia: la sombra que persiguió a LBJ en su carrera política es la misma que se cierne sobre la película de Reiner, que finalmente acaba estando mejor que otras con mucha más aceptación y prensa.

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