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Crítica: 'Cadáver' (The Possession of Hannah Grace). Terror en la morgue

'Cadáver' se plantea lo que podría pasar después de la típica película de exorcismos. ¿Qué pasa si el diablo no acaba de salir del cuerpo?

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En su autobiografía Born to Run, Bruce Springsteen definió la depresión como un mal que se arrastra todo el rato detrás de su huésped, uno que puede saltar para morderte cuando menos te lo esperas porque está siempre ahí, agazapado, esperando a atacar sin previo aviso. En la reciente (y excelente) serie La maldición de Hill House, el espíritu de un hombre con bombín seguía a uno de los hermanos, drogadicto irredento, como la representación visual de una terrible adicción, un "fantasma", que acaba definiendo una vida entera.

Pues bien: algo similar ocurre con el crepitante cadaver de Hannah Grace, implacable perseguidor de la joven protagonista de esta Cadáver, una expolicía acabada, durante una interminable noche en el depósito de cuerpos del hospital de Boston. Hannah Grace (encarnada por la esbelta Kirby Johnson) es algo más que una zombi posesa a la caza de víctimas. Lo que uno no esperaba del filme dirigido por Diederik Van Rooijen es que, tras el consabido festival de sustos, existiese un subtexto tan adecuado, emotivo y evidente sobre todos esos espíritus que no tienen cuerpo (aunque aquí sí) pero pueden echar abajo una vida desde sus mismos cimientos.

Cadáver es un filme de terror genérico y con altibajos, y desde luego no es una gran película. Su gusto por la atmósfera (el diseño industrial del hospital, concebido a base de bloques de hormigón) y la metáfora tienen que convivir con su reparto ordinario, digno de película de Netflix, y la escasa eficacia de un desenlace que hubiera necesitado de más pompa. Pero lo que en un principio parecía un torpe y horrendo capítulo más de exorcismos (el título original del filme, The Possession of Hannah Rose, lo da a entender) pronto cambia de subgénero y desde luego de intereses: en Cadáver, además del agradecible intercambio de recursos, la religión no puede neutralizar la amenaza, el demonio que posee el cuerpo inerte de la chica no tiene nombre y el guión tampoco lo adorna con mitología. Lo que importa es lo que representa esa fascinante y terrible imagen de la chica Hannah Grace, desnuda, mancillada, muerta pero cubriéndose pudorosamente el pecho, definitivamente un monstruo sin vuelta atrás, y su acoso a otra "final girl" acosada por los mismos mundanos demonios (llámese alcohol, llámese ansiedad, llámese trauma) que abrieron las puertas de su oscuridad.

Identificando eso, uno le perdona a Cadáver sus trucos fáciles, el escaso interés de algunas soluciones. Tras dos prólogos inútiles (que arruinan alguno de los giros posteriores del filme) éste se las arregla para generar suspense durante su tramo central ayudándose de una banda sonora minimalista de John Frizzell (recuerden de este autor su música operística para Alien: Resurrección, memorable como pocas) y un mayor interés por el suspenso que por el golpe de efecto. Su maniobra narrativa, en el fondo, resulta divertida y tampoco engaña a nadie: al igual que Sanguinario, esa primera secuela de Halloween ahora borrada del mapa por la última entrega, lo que se propone es narrar lo que ocurrió después de la película de posesiones y exorcismos que se liquida en la primera secuencia del filme. Y lo que ocurre tiene lugar en un hospital, la última parada del cuerpo sin vida que quiere llevarse al fuego del infierno a un puñado de vivos más. Cadáver es un filme de terror que cumple con su "target" adolescente, pero que tiene un par de virtudes más, entre ellas la visualización de un monstruo más humano que sobrenatural que funciona realmente bien.

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