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Crítica: 'Suspiria' (2018), con Dakota Johnson

Los que quieran una película igual que la 'Suspiria' original, que huyan.

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El célebre y esperado remake de Suspiria (esperado, al menos por un grupo irreductible de fans del cine de terror "chic") es un filme recorrido por multitud de tensiones y ambivalencias internas. La mayoría de ellas premeditadas, algunas no, por lo difícil de la empresa iniciada por Luca Guadagnino, recién salido de los laureles de un filme aparentemente muy lejano al presente, el romance gay Call me by your name. Por un lado, su Suspiria respeta más o menos el devenir del filme original de Dario Argento, primera entrega de una trilogía (la de las Madres) con la que el filme de Guadagnino se muestra tan respetuoso como irreverente. Por otro, añade una importante subtrama de contenido político destinada a socavar la propia línea de flotación de la sangrienta y surrealista quimera del rey del "giallo", y sin duda a mortificar a sus fans más acérrimos, aquellos dispuestos a ver una película de terror "sui generis", sí, pero de terror al fin y al cabo.

Suspiria es una de terror, y además una en formato épico, pero también es otra cosa, una obra excesiva en sí misma, un filme de fantasía y ambición social de una pretensión tan excesiva como su duración (cercana a los 160 minutos) que apuesta por un camino (narrativo, estético) opuesto a su referente para contar algo muy, muy parecido en su literalidad, pero que además obsequia al espectador con un extra: una reflexión romántica pero tremendamente cruel sobre la gran fractura que ha recorrido Europa en el último siglo. En el colmo de esas ambivalencias que contábamos al principio, es cuando el filme amplía sus miras cuando la cosa se pone verdaderamente romántica, íntima, convirtiéndose en cierto modo en una película que sí podríamos esperar de Luca Guadagnino.

Es, por tanto, como si la primera Suspiria se insertase en un puzzle mayor, uno quizá aposentado en el subconsciente del propio Dario Argento cuando él acometió su película. Hay que conceder a Guadagnino el haber confeccionado una apuesta arriesgada, destinada a perdurar en la memoria del espectador para bien o para mal. Lejos de la literalidad de los remakes USA de filmes como La matanza de Texas o Pesadilla en Elm Street, estamos ante un filme libre, una reinterpretación abierta y sentida que, en su propia locura, venera al tiempo que apuñala el recuerdo de la mítica Suspiria hasta el punto de requerir unos días de reposo, tanto para el fan como para el espectador casual, incluso al más curtido. Recordemos aquí que estamos ante una coproducción de EEUU con Italia, no un filme únicamente americano, y diríase que las inquietudes y preocupaciones de la parte europea han pesado de manera inédita más que la mitad "USA".

La sinopsis de Suspiria (2018) es más o menos la misma (una estudiante de ballet, Dakota Johnson, llega a una prestigiosa academia en el Berlín de la Guerra Fría solo para encontrarse un aquelarre de brujas) pero su diseño y planificación, igualmente esmerados, escogen una vía no siempre paralela, como sería previsible en toda actualización que se precie, sino directamente opuesta, en el tratamiento del mismo. En la película, Guadagnino utiliza los espejos de manera recurrente para sugerir la dualidad de sus personajes, que puede ser la misma que la de la propia película, mirándose y midiéndose continuamente con su icónico precedente. El protagonismo de Dakota Johnson (en una de sus primeras interpretaciones verdaderamente carismáticas) se lamina con el del Dr. Josef Klemperer (adivinen... Tilda Swinton) e incluso el de la bellísima Mia Goth, esta última en un giro Hitchcockiano de los acontecimientos. Polanski, Argento, Lynch, Guadagnino como estaciones de una misma vía de tren.

El filme, dividido en un siete capítulos y un epílogo, anula el espíritu "poliziesco" del que provenía Argento desvelando desde el principio lo que era el quid de la cuestión de la primera Suspiria: esto es un hervidero de brujas a punto de saltar por los aires. Evidentemente, el filme se reserva un último giro que se suma a lo anterior, que sirve al director de Call me by your name para organizar un fin de fiesta con cierto halo de sorpresa (lamentablemente, no lo es tanto) destinado a, esta vez sí, dejar bien contentos a los fans del gore con una buena matanza final. Pero en esta película de ambientes fríos y opresivos, cuando la sangre se presenta, cuando los cuerpos se abren en canal, es precisamente cuando surge el sentimiento, la emotividad, y a Guadagnino le toca sumergir al espectador, a veces con cierta confusión, en imágenes sórdidas y terribles que hablan de feminismo y política. Por el camino, un ritmo irregular perjudica a una película que de todas formas resulta fascinante, al menos al que guste del análisis cinematográfico: Guadagnino reasigna papeles, reubica y desarrolla conceptos y ofrece una sentida y romántica odisea desde los márgenes, de la película original y hasta del género de terror: el de una disfrazadísima Tilda Swinton (en un triple papel) interpretando a un anciano doctor que observa desde fuera los acontecimientos de la Academia, es decir, los de la mítica Suspiria del 77, otorgando a la película una condición extraña y un punto hilarante. El filme es, por tanto, una de terror fantástico que apunta con el dedo al mayor horror real pergeñado por la humanidad y también una reflexión sobre la mujer, entendida como criatura primordial, víctima y verdugo de la humanidad. En última instancia, se trata, tal y como lo concibe el director, tanto de una metáfora (imposible de anticipar en sí misma) de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial como, a un nivel "meta", de un baile cinematográfico (que en esta película se baile mucho no es casual) entre dos películas que se titulan igual y van más o menos de lo mismo.

La nueva Suspiria, eso sí, no abunda en las escenas de asesinato retorcidas que hicieron famosa la película de Argento, pero a la vez le basta una sola, esa escena brutal, cruel, que Guadagnino dilata hasta lo insoportable, del asesinato de Olga y que es capaz de superar en sí misma la peor pesadilla del creador del giallo, y de paso añade un epílogo extraño y fascinante, conmovedor, que pone un broche dramático al conjunto, en la cama de un moribundo. Para Guadagnino el delirio es una mentira que cuenta la verdad, y con esa eficaz percha ha fijado indisolublemente dos películas la una con la otra, y a éstas dos con la salvaje condición humana de esa Gran y Constante Guerra cuyo recuerdo todavía se respira en cada fotograma. El resultado es desigual, confuso, pero también amplía las expectativas y horizontes del cine de género. Díganme: ¿cuántas veces al año ocurre eso?

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