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Crítica: 'Green Book', con Viggo Mortensen y Mahershala Ali

Green Book es uno de esos filmes emocionantes, divertidos y dramáticos que Hollywood, por alguna razón, dejó de hacer... hasta ahora.

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Inspirada en una historia real, e incluyendo casi todos los temas de la actual (y temible) agenda social y políticamente correcta de Hollywood, Green Book se alza por encima de muchas contendientes actuales y precedentes de los Oscar en una cosa: su clasicismo, calidez, su apuesta sin disimulo por cierto cine que Hollywood solía confeccionar muy bien hasta hace apenas quince años (y que algunos llamarían rancio: las similitudes con Paseando a Miss Daisy son evidentes) y, sobre todo, su apuesta por las actuaciones de dos actores capaces de dar carne y sangre a dos personajes estereotípicos.

Green Book triunfa en casi todas sus vertientes. Lo hace gracias a la voluntad del guión de convertirse en una dialéctica de personajes metida en una road movie; a sus dos protagonistas, ambos fenomenales, y un vitalismo y dulzura que se imponen al fatalismo habitual de filmes coetáneos sobre el racismo. El título hace referencia al libro verde que permitía a los negros viajar por el sur de Estados Unidos en plena segregacion racial. En ese contexto, el italoamericano del Bronx Tony Lip (un inédito Viggo Mortensen, con acento y panza prominente, descubriendo una vis cómica desconocida) se convierte en conductor y guardaespaldas de Don Shirley (Mahershala Alí, Oscar por Moonlight), un prestigioso pianista negro que emprende una gira por el sur de Estados Unidos en 1962.

Peter Farrelly, uno de los hermanos que pergeñaron comedias gruesas como Dos tontos muy tontos o Algo pasa con Mary, logra que algo importante de sus filmes originarios sobreviva en este, su tránsito al drama: Green Book no deja de ser un filme, como aquellos, sobre dos inadaptados en un mundo hostil, y sobre la óptica que éstos dos personajes pintorescos aplican para conseguir sobrevivir en ese entorno (también de la necesidad de salirse de él, solo para violentar el círculo en el que la propia sociedad te ubica). También hereda su gusto por lo basto, o más bien, observar con malicia cómo lo basto escandaliza a cierta sociedad hipócrita y bienpensante, que se materializa fundamentalmente en la manera de tragar del personaje de Mortensen y da lugar a secuencias hilarantes como la del Kentucky Fried Chicken, que recordará a los fans de las comedias noventeras de su realizador. Y aquí detengámonos en el habitualmente aburrido Mortensen, que hace su mejor interpretación en años: el actor abraza los estereotipos de este italoamericano maleducado y glotón que es Tony y encuentra su perfecta réplica en Mahershala Alí, capaz de otorgar un dramatismo inusitado a un personaje inicialmente hierático (fíjense en su reacción en la escena posterior a la de los baños...) pero de una carga dramática abrumadora.

Comedia y drama se amalgaman en un filme conmovedor y divertido, que no carga en la mochila emocional del espectador con décadas de culpa racista y repleto de instantes de una sutileza (y sencillez) abrumadoras: ese pequeño travelling hacia Tony mirando, desde el exterior de una ventana (fuera, por tanto, de esa élite "pija" que aplaude al pianista) cómo Don es efectivamente un genio en lo suyo; Don espetando a Tony, poco después, que los otros negros esperaban fuera "porque ellos no tenían elección"... Es el germen del intercambio de ambos personajes, que arroja reflexiones sociales de hondo calado y que aportan y enriquecen el debate racista: quizá no sea tanto cuestión de raza sino de clase social; y dentro de esto, no tanto de dinero como de poder. Pero tan importante como eso es la experiencia del espectador, y es ahí donde Green Book sale de verdad ganando. En el filme de Farrelly existe una vivacidad y nostalgia compatibles con la tragedia de un país incapaz de dar un paso adelante; un optimismo (jamás se habla en el filme de depurar diferencias, que al contrario, parecen abrazarse con ganas) que se aplica a los dos puntos de vista de los protagonistas... dos personajes que, huelga decirlo, son esencialmente muy parecidos. El resultado acaba siendo más complejo y sutil que otras odiseas "racistas" a lo Barry Jenkins: preciosa, divertida, convencional, probablemente imperfecta, Green Book es -por fin- un filme "oscarizable" que hace sentir cosas al espectador.

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