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Crítica: 'Mula', de Clint Eastwood

Eastwood sigue sin pedir perdón, y eso molesta a muchos. No obstante, 'Mula' es tan melancólica y emotiva como podría esperarse.

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Está claro que Mula podría suponer el más que posible canto del cisne de Clint Eastwood en su faceta de actor. Resulta lógico y normal: a sus 88 años, el firmante de El Francotirador ya anunció su retirada de la actuación en la bastante olvidada Golpe de Efecto, allá por el año 2012. Ya en sí misma, y estrenada solo seis años después, Mula es aún más que entonces una anomalía en un Hollywood (y un público, y una crítica de cine) distintos, dispuestos más que nunca a hacer la ola a las franquicias y ciertos movimientos políticamente correctos que han tomado al asalto a esa industria en medio del descontento por el gobierno de Trump. Es por ello (y dado lo muy aceptable de los resultados) un alivio y también un milagro que un filme como éste, aparentemente a contracorriente de ideologías coetáneas (por supuesto, Mula ya ha sido tildada de sexista, trumpista y racista, aunque no haya nada de eso en ella, ni siquiera de lo segundo) haya logrado reunir unos más que notables 100 millones de dólares de recaudación sobre un presupuesto que apenas sobrepasa los 50 y solo en su exhibición USA, todo gracias a un discreto pero excelente mantenimiento durante varias semanas.

El filme, basado en hechos reales pero adaptado de manera muy evidente a las necesidades del Eastwood director/actor, sigue los pasos de Earl Stone, un octogenario que por un lance del destino acaba trabajando como transportista de drogas para el cártel de Sinaloa. Pero ya desde el comienzo, con su discreta cámara apuntando a unas flores agitadas por el viento, el autor de Mystic River o Sin perdón se aleja de lo que podríamos esperar de un thriller con tan sórdido argumento. Con su música emotiva característica (esta vez firmada por Arturo Sandoval y no por Lennie Niehaus o el propio Eastwood) y un tono entre dramático y burlón, un punto misántropo, también afirma su voluntad de mirar las acciones de Earl desde un punto de vista emotivo y (solo aparentemente) comprensivo... pero a la vez, y con una sutileza que requiere de análisis, capaz de abordar todos los lados (todos) de un conflicto.

Y éste es, queda claro, tanto la discutible moralidad de los actos de Earl, al fin y al cabo trabajando para asesinos sanguinarios, como la redención y absolución de un hombre viejo, chapado a la antigua y que siempre hizo lo que le dio la gana a costa de ganarse el abandono y animadversión de su familia. Hay un par de episodios fascinantes donde Eastwood juega la baza de una relativa tensión, y la mezcla con humor y un ácido comentario sobre asuntos ahora mismo en la picota de la opinión pública norteamericana, como la violencia policial y el racismo. Me refiero la magistral secuencia en la que Earl invita a comer a los narcotraficantes... solo para salvarlos después de un policía evidentemente racista que, no obstante, no dejaba de tener razón en su sospecha. El guión y la dirección de Eastwood asimilan con una simpleza digna de elogio todos los discursos que se entrecruzan en una sociedad ahora dominada por el caos y la angustia. Lo hace con ligereza y cierto sentido del humor negro ahora en desuso: es en sus cualidades como puro entretenimiento donde el drama de Mula (adornado por momentos de humor delirantes) brilla con luz propia.

Al igual que Gran Torino, filme que hace unos años tuvo un éxito demoledor, Mula es una despedida que sirve de simultánea vindicación y absolución de un modelo masculino puesto ahora en la picota... y también una suerte de western crepuscular, un relato de frontera americano moderno y bien adaptado a las circunstancias. Eastwood es consciente de todo ello pero se dedica a contar la historia a su modo, sin rehuir las implicaciones más afables del relato (más bien, las abraza casi todas) y, desde luego, siguiendo un ritmo pautado (y pausado) ensayado ya en mil filmes anteriores. Un pensamiento un poco al azar para terminar: Mula podría figurar perfectamente, con todas las peculiaridades de su autor, entre modernas sátiras americanas como El lobo de Wall Street o Dolor y Dinero: al fin y al cabo y como esas dos películas, se trata de un retrato perverso del arquetipo del héroe, y en particular de ese héroe americano que ya nunca más será precisamente eso: heroico. En Mula todo cobra la forma de un thriller melodramático sorprendentemente eficaz, conmovedor y divertido, y con un excelente reparto de secundarios. Muy buena.

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