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Crítica: 'Escape Room', con Taylor Russell y Deborah Ann Woll

'Escape Room' es diversión rápida, pero diversión al fin y al cabo.

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Hay dos maneras de abordar una película como Escape Room. Una, participar en el juego (nunca mejor dicho) y disfrutar de su eficaz montaña rusa de emociones trepidantes. Otra, tratar de desgranar una lógica argumental más allá de su premisa, de su cúmulo de inverosimilitudes e impropiedades, o incluso intentar ser el más listo del bar comentando sus paralelismos con la serie Saw (sin gore y con más movimiento) y otros mil títulos de terror más o menos recientes (el aire de los títulos iniciales a La habitación del Pánico de Fincher es evidente).

Un servidor se sumergió casi de inmediato en la propuesta, otra aventura de terror de presupuesto nimio (apenas 9 millones de dólares, que no obstante y a diferencia de las películas de Jason Blum, aquí lucen el doble) que ha resultado muy bien en la taquilla americana, hasta el punto de que su secuela ya está anunciada y en marcha. El argumento del filme junta en una serie de habitaciones-puzzle tan de moda ahora a una serie de desconocidos, concebidos como estereotipos de la clase obrera americana, que naturalmente tendrán que colaborar entre ellos para salir de semejante y misterioso lío... un lío que resulta ser mortal.

Lo mejor de Escape Room es la sensación, durante todo su metraje, de que el énfasis narrativo está en ver cómo sus protagonistas colaboran para sobrevivir (salvo en ciertos relevantes detalles) y que uno no está ahí para verlos morir uno a uno. Eso, y la primacía de la conducta de éstos por encima de apuntes sádicos, así como ciertos apuntes sociopolíticos muy vigentes ("adáptate a tu propio nivel de miseria", dice uno de sus protagonistas al principio) prevalecen por encima del mero juicio moral a sus acciones, y convierten una película inverosímil en algo con sentido y unos arquetipos muy bien seleccionados. En Escape Room la habitación es, sin particular virulencia pero con buen juicio, la perfecta encarnación de un sistema que dispone una serie de recursos limitados a un grupo social en desventaja; que ensaya con diferentes entornos para manipular la psique de sus víctimas; que además manipula las reglas (la completa y total realidad que los circunda) a su beneficio. Es, de nuevo el enemigo invisible de Destino Final pero sin excusas sobrenaturales, adaptado ahora a una época de conglomerados empresariales tan indetectables como ubicuos.

Pero naturalmente, lo importante aquí es la montaña rusa de horrores, que se presentan rápido y con ingenio y sentido del humor. Quitando sus últimos diez minutos, donde la cosa se desinfla y todos lo sabíamos, el diseño de las habitaciones delata lo bien aprovechado de su exiguo presupuesto (una de ellas, la del bar boca abajo, remite a los mejores momentos de La aventura del Poseidón) y el ritmo del filme, que pasa de una habitación a otra sin parones, es sinceramente avasallador. Diversión rápida, pero diversión al fin y al cabo.

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