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Crítica: 'Mirai, mi hermana pequeña', de Mamoru Hosoda

Los amantes del anime están de enhorabuena con el estreno en cines de lo nuevo de Mamoru Hosoda.

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El anime Mirai, mi hermana pequeña, de Mamoru Hosoda, el autor reincide en ciertos motivos de La chica que saltaba a través del tiempo y El niño y la bestia. Criado artísticamente en la mitificada factoría Ghibli, pero independizado de ella, Hosoda ha generado ya una filmografía pródiga en retratos íntimos infantiles como el de esta Mirai, una fábula que extrae épica sentimental de un suceso cotidiano y mínimo y que acaba de confirmar a este autor no ya como una promesa, sino un artista destinado a alimentar el prestigio de la animación japonesa.

La primera película de animación exhibida en la Sección Oficial en los seis años de historia del Nocturna (y nominada a los Oscar por esa categoría, que perdió frente a la espléndida Spiderman: Un nuevo universo) proporciona, de entrada, el casi extinto placer de presenciar un filme "de dibujos animados" ejecutado con pericia y perfección técnica. Las bondades de Mirai van sin embargo por otro lado, como demuestran los dos premios (Público y Guión) obtenidos en el festival de cine fantástico de Madrid. Se trata de dos menciones totalmente merecidas: la historia del pequeño Kun, enrabietado porque sus padres ya no le prestan atención tras el nacimiento de su hermana Mirai, sabe trenzar emotividad y humor, fantasía y realidad cotidiana, de una manera fascinante y a contracorriente con la cada vez más enlatada animación norteamericana.

Hosoda extrae toda la poesía posible de anécdotas mundanas, captura el espíritu del juego infantil y también retrata la mentalidad del niño con ingenio visual y ternura. El filme desgrana, con un ritmo paciente que seguramente enervará a algunos, las fugas mentales de Kun, que cree conocer entre otros a su bisabuelo en el pasado así como a su propia hermana en el futuro, configurando poco a poco una visión de la familia repleta de magia y también hilaridad. Ahí está estupenda escena de la gresca entre niños, que provoca la carcajada, o múltiples detalles de producción como la geografía de esa modesta casa japonesa que queda grabada a fuego en la mente del espectador. En esta película de espacios mentales y anécdotas mundanas, aprender a montar en bici y hacer amigos en el parque se convierten en "set-pieces" fascinantes, como fascinante también es el (optimista, sensible y también a contracorriente) retrato de la paternidad que ofrece.

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