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Crítica: 'El día que vendrá', con Keira Knightley

'El día que vendrá' nos lleva al Hamburgo de la postguerra, donde una familia de británicos y otra de alemanes conviven en una misma mansión.

Juan Manuel González
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Hay películas encorsetadas por su propia corrección. El día que vendrá pertenece a esa raza de melodramas románticos de época (habitualmente británicos) que parecen pensados y ejecutados bajo un milimétrico plan. Que éste incluya agradar a esa audiencia madura en busca de películas comerciales sólidas sin duda contribuye al atractivo del filme, excelentemente producido por la compañía de Ridley Scott y dirigido, de nuevo con corrección (pero no una verdadera apuesta visual) por el televisivo James Kent. Sin ánimo de convertir la película en un producto en peligro de extinción, uno no puede sino sentir cierta desazón al ver el logo de Fox Searchlight, división del estudio recientemente comprado por Disney, antiponiéndose a un título involuntariamente profético.

Dicho esto, la película ambientada tras victoria aliada y protagonizada por Keira Knightley parece partida en dos partes a machete. La primera narra la reconstrucción de una Alemania acosada por el complejo de culpa y las revueltas internas y resulta (no hay duda) mucho más interesante que la segunda, cuando el guión se bifurca hacia un convencional drama romántico con triángulo amoroso y, digamos, las pasiones largamente ocultadas que esperamos de un film de época de Keira Knightley toman el control del relato. Afortunadamente, éste resiste las cornadas del convencionalismo gracias a tres actores (especialmente Jason Clarke) capaces de sostener la función con solvencia.

La primera hora de El día que vendrá convierte ese "ellos [los alemanes] no son como nosotros" en el leit motiv de la historia, abordando la reconstrucción desde las ruinas (pero ruinas al fin y al cabo) en un proceso ajeno al optimismo. La mirada a ras de suelo del alemán medio como más que posible nazi; la seducción que todavía ejerce el Führer en las jóvenes generaciones... Todo contribuye a un retrato social triste y paranoico, que además otorga un cierto sentido del suspense al relato. La gran imagen de la película es poner a ingleses y alemanes a vivir en la misma casa, un ambiente cordialmente hostil condenado a explotar. En la agenda de Kent, sin embargo, no está la experimentación hitchcockiana ni el thriller, y todo responde a la creación de una zona cero emocional apta para el trauma y el romance. Lo cierto es que, pese a cierto aroma de decepción (las vistas de un Hamburgo derruido en el que los edificios parecen de papel son excelentes), la película lo consigue preservando la tristeza, la atmósfera y las interpretaciones de su más que suficiente trío amoroso.

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