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Juan Manuel González

Crítica: 'La Llorona' del universo Expediente Warren

La Llorona podría ser la peor de las adiciones al universo de Expediente Warren. De todas formas desliza algunas claves nuevas.

Juan Manuel González
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Alrededor de la saga troncal de The Conjuring (Expediente Warren) de James Wan, hasta ahora más perfecta conjunción entre cine de terror y blockbuster contemporáneo, el estudio Warner Bros generó un universo propio de leyendas terroríficas aptas para dar lugar a su propio largometraje. El spin-off que ahora se estrena, La Llorona, es la adición con sabor latino a una saga ganadora, al menos en lo económico, configurada tanto por Annabelle y su secuela, Annabelle Creation (una tercera, Annabelle Comes Home, está en camino), como La Monja (que se dispone también a recibir la suya). Todo ellos, a nivel industrial, filmes solventes en lo puramente visual y a la vez elaborados con mucho menos dinero del que cabría esperar. Un éxito de James Wan a nivel directorial pero también del productor Walter Hamada, que ahora rige los destinos de otra narrativa seriada del estudio, mucho más cara, como es el renovado universo DC, ajustando la chequera pero también la narrativa que hila estos largometrajes.

En lo que respecta a La Llorona hay que decir que la labor de Michael Chaves ha debido gustar lo suficiente a Wan como para entregarle las llaves de la tercera secuela de la originaria Expediente Warren, que él no dirigirá. La Llorona, hay que decirlo, no es el mejor de los spin-off de este particular universo terrorífico: mientras filmes como La Monja o las dirigidas por Wan complementaban su carrusel de sustos de sonido con una adecuada atmósfera o desarrollo de personajes, todo aquí se guía por parámetros no ya de género, sino simplemente genéricos.

La acción del filme comienza en 1673, en México, donde se nos muestra muy, muy rápido, cómo una madre desquiciada asesina a sus dos hijos. Tras una elipsis de 300 años aterrizamos en Los Angeles, donde Anna, el personaje de Linda Cardellini (por cierto, qué bien que la actriz de Freaks and Geeks haya obtenido un papel protagonista), una trabajadora social que trabaja con denuncias de maltrato infantil, ve cómo esa misma entidad, convertida ya en el espíritu de La Llorona, se encapricha de sus dos hijos a los que sigue hasta casa.

Todo es esquemático en el filme de Chaves, que resuelve la papeleta en poco más de 90 minutos. El director, no obstante, hace cierto énfasis en elementos comunes y corrientes, cotidianos, que otorgan un segundo sentido al largometraje bien lejos de la típica reflexión entre fe y religión que suele hilarse en estas películas. Las marcas en los brazos de los niños una vez la Llorona los agarra con violencia; el silencioso efecto que el acoso del fantasma crea en ellos, afectados de sonambulismo; el síndrome de Estocolmo que la fantasma genera en la niña en un momento dado del largometraje... son todo transposiciones de un fenómeno tristemente en primera plana, el del maltrato infantil y la violencia doméstica y sus efectos físicos y psicológicos. Chaves, naturalmente, viste el largometraje con otro ropaje distinto al del cine social, pero la maniobra es del todo evidente: en La Llorona no falta tampoco una subtrama sobre el resbaladizo terreno de las falsas acusaciones de abuso que unas autoridades atenazadas por la burocracia y la desgana deben tratar de dirimir.

Esto, naturalmente, es en el fondo más terrorífico que las andanzas de La Llorona, película que bebe del aliento fantástico de las creaciones de James Wan (que empiezan a resultar ya un tanto genéricas) y que hace un muy buen uso del formato panorámico en ciertas secuencias de acoso doméstico. Hay imágenes interesantes, algún susto eficaz, por lo que nadie se sentira estafado, pero el guión no acompaña y en La Llorona no hay tiempo para dejar respirar la historia más allá del andamiaje básico de un Poltergeist de multisala. Suficiente, pero a la vez no.

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