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Juan Manuel González

Crítica: 'Sin Piedad', con Ethan Hawke y Chris Pratt

En 2019, películas como 'Sin Piedad' corren el peligro de pasar inadvertidas. Una pena: es un buen western.

Juan Manuel González
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De Sin Perdón a Sin Piedad, y sin ánimo de entrar en comparaciones con la absoluta hegemonía de la película de Eastwood, ni tan mal. La película dirigida por el actor Vincent D'Onofrio aborda el encuentro final entre dos leyendas del Oeste, el sheriff Pat Garrett (Ethan Hawke) y su antiguo amigo y ahora forajido Billy El Niño (Dane DeHaan) desde una perspectiva distinta: la de un adolescente huido de su familia tras un suceso violento que se narra en la primera secuencia del filme. Por el camino, D'Onofrio abunda en un Far West alejado de toda complacencia y sentimentalismo, y la mayoría del tiempo, lo hace bien, pese a algunos flecos narrativos presurosos, mal limados que, no obstante, contribuyen a su manera a ese retrato más bien depresivo e incluso pesadillesco del gran relato americano.

Sin Piedad introduce al espectador en la historia de Pat Garrett y Billy "El Niño" mucho más tarde que "In media res", y además sin explicar demasiado sus precedentes. Un síntoma claro de que a D'Onofrio le interesa más otra cosa, situarse como espectador en el citado duelo para, en primer lugar, ir más allá de él y en segundo, formular una serie de preguntas que sólo un testigo presencial aparentemente inocente como es un niño se podría formular. ¿Por qué se identifica éste con Billy El Niño, el delincuente, pese a las reiteradas oportunidades que le ofrece Garrett de confesar su verdad? ¿Qué imagen tenían de sí mismos los protagonistas de esta leyenda del Oeste, y por tanto, qué era verdad y qué era mentira en su historia?

La película, donde por cierto coinciden tres de los excelsos secundarios del remake de Los Siete Magníficos de Antonie Fuqua (además de D'Onofrio y Ethan Hawke está Chris Pratt, interpretando aquí el papel de verdadero villano) se sitúa a medio camino entre la leyenda y la realidad para, a continuación, forjar la manera en que nacen las leyendas. Hay una línea clara entre lo que es bueno y lo que es malo como la Garrett traza en el duelo final, pero mientras tanto aparece convenientemente difuminada para aportar profundidad a los personajes: ni Pat Garrett es el héroe de una pieza que podríamos suponer (atención al relato de su enfrentamiento con Joe Briscoe, y la interpretación de Ethan Hawke en esos momentos) ni Billy El Niño es un psicópata con sed de sangre (ver cuando cuenta, entre lágrimas, cómo mató a un hombre con una bala que "salió de su mismo pecho"). Entre tanto desencanto, todavía hay lugar para el relato mítico.

Sin Piedad es una película pequeña que tiene, lo hemos dicho, algunos episodios narrados de manera presurosa, confusa, pero parecen más el producto de una serie de decisiones creativas que de una torpeza verdadera. No hay presentaciones, todo es arisco y pedregoso, y ni siquiera el niño y su hermana despiertan una particular simpatía (sí lo hacen Ethan Hawke y Dane DeHaan, que sabedores de ello potencian el carisma de sus personajes). Los claroscuros visuales del film remiten a la labor de la fotografía de Bruce Surtees o Jack N.Green para los westerns más naturalistas de Clint Eastwood, pero no hay nostalgia alguna en la película de D'Onofrio. De modo que, sí, Sin Piedad está verdaderamente bien en términos generales.

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