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Juan Manuel González

Crítica de 'Fast & Furious: Hobbs & Shaw', con Dwayne Johnson y Jason Statham

El reinado de 'Fast and Furious 5' sigue inalterado. El spin-off de 'Hobbs y Shaw' apuesta por la comedia con resultados aceptables, pero no redondos.

Juan Manuel González
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Películas como Hobbs y Shaw son la prueba definitiva de la crisis de esa masculinidad exacerbada que se le atribuye (erróneamente) a muchas películas del género de acción, convertida ahora en objeto de mofa grotesca con la rivalidad de los dos héroes de la función, Dwayne Johnson y Jason Statham. No es una crítica, o al menos no enteramente; es un testimonio evidente de que este tema, bajo la perspectiva moral y comercial actual, solo puede abordarse de la forma en que lo hace el primer spin-off del millonario serial de acción Fast and Furious, que enfrenta a sus dos mejores personajes (rehabilitando definitivamente al de Jason Statham en calidad de héroe pese a matar a algunos de sus protagonistas) en una película de acción a un paso de la parodia pero finalmente no del todo, y al menos, bastante entretenida.

Liberada de los condicionantes de la saga troncal pilotada todavía por Vin Diesel (la novena entrega se estrenará el verano que viene) así como de las horrendas canciones trap y hip hop que la poblaban (la presente opta más por el rock clásico) Hobbs y Shaw sigue de todas formas caminos conocidos, potenciando las vibraciones de las poderosas sagas Misión Imposible/007 hasta un desenlace donde el concepto de familia típico de la franquicia surge a modo de previa de las secuencias de acción finales. La originalidad, por tanto, no es una de sus virtudes, pero una vez extirpado gran parte del sentimentalismo (aunque no todo) algunos espectadores sentimos salir ganando con el cambio. En este spin-off autoconsciente de su vulgaridad y su apología de la amistad "bro" prima el humor sobre todo lo demás, incluso (y sobre todo) un muy aceptable primer tercio donde el director David Leitch trata de apoyarse en los personajes y ciertos recursos visuales y sonoros más que en las grandes secuencias de acción: ver, por ejemplo, cómo Hobbs y Shaw se levantan, desayunan y se enteran de la misión al mismo tiempo y en escenarios distintos, y en cómo la distancia geográfica y diferencias de carácter entre ambos se expresan a través de la luz, el color y el vestuario.

Se agradece este relativo adelgazamiento de la película, que de todas formas en su segunda mitad aporta el espectáculo gargantuesco convenido. Le da también algo de tiempo a Leitch para sumar cierta noción de estilo y potenciar lo puramente físico de las peleas, visualmente claras en su apuesta por el cartoon y la labor de especialistas, conjugada con la ya inevitable ración de ordenador. La herencia de John Wick, película que codirigió con Chad Stahelski, es alargada, como también de su siguiente Deadpool 2, tanto en la concepción del humor como de cierta intervención especial, un cameo extendido que mejor nos ahorraremos desvelar.

Y aquí viene lo malo de Hobbs y Shaw, que muy a menudo depende de gracias y chistes que solo funcionan fugazmente. Dwayne Johnson y Jason Statham están bien, sobre todo el primero, pero los dos están obligados a intercambiar "one liners" y latiguillos no especialmente afortunados perdiendo todo aquello que precisamente los hacía divertidos en las anteriores: su total y absoluta seriedad. La película no llega a caer en el esperpento, pero Leitch tiene mejores nociones a la hora de rodar acción que comedia y la película lo refleja en consecuencia. Respecto a lo primero, el humor, Hobbs y Shaw hereda todo lo que no funcionaba de la citada Deadpool 2, esas secuencias de humor invasivas que lo son precisamente porque no funcionan, hasta el punto de desdibujar el resultado global.

Pero el balance es positivo, aunque solo sea por pura comparación con el resto de desmayados blockbusters de este desabrido verano de 2019. Hobbs y Shaw se permite cierta burla al cine de superhéroes habitando justo en el límite de ellos, con un villano con mejoras físicas y una sucinta crítica a la "tontocracia" contemporánea y una apuesta clara por el desorden, lo particular, representado en sus dos calvos protagonistas. El resultado ni de lejos abunda en ello (la película que mejor trasladó ese concepto no le gustó a nadie en su momento, y se titula Demolition Man) pero la atención al detalle en esas secuencias de acción (el final, con Idris Elba subido a un helicóptero es estúpidamente formidable) y la presencia de una actriz como Vanessa Kirby, capaz de inyectar algo parecido a elegancia a un filme que voluntariamente carece de ella, suben la nota del show.

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