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Santiago Navajas

Tarantino y la pena de muerte

Según Tarantino,los integrantes de la secta de Manson cometieron dichos crímenes porque les dio la real y santa gana. No eran unos dementes.

Santiago Navajas
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Según Tarantino,los integrantes de la secta de Manson cometieron dichos crímenes porque les dio la real y santa gana. No eran unos dementes.
Imagen promocional de 'Érase una vez en Hollywood' | Sony

Érase una vez en Hollywood… es una película en la que Tarantino defiende varios conceptos filosóficos que no están muy de moda: el libre albedrío, la responsabilidad moral, la justicia retributiva y el derecho a las armas (concretamente, perros "peligrosos" y lanzallamas). Como indica el título, la película es un cuento de hadas en el que Tarantino usa la ficción para hacer justicia poética y redimir de este modo la realidad. El arte como consuelo ante la lotería a veces cruel de la vida. También es un fenomenal canto a la amistad y el compañerismo. Cinematográficamente es un cruce entre American Graffiti, homenaje visual y musical a los 60, Cowboy de medianoche, historia de amistad sobre un trasfondo de decadencia, y el western europeo italiano (Sergio Corbucci) y español (los Romero Marchent), con un Brad Pitt que se confirma como el actor con más presencia y poderío desde Marlon Brando. Junto a él, DiCaprio y Margot Robbie con su habitual magnetismo y eficiencia. De cabeza al Top 10 del año.

Pero cabe advertir que deben abstenerse de verla hippies, psicópatas, la familia de Bruce Lee, feministas repipis, la familia de Charles Manson, pacifistas, fans del cine socialdemócrata (buenos sentimientos, malas ideas, peores secuencias), haters de las camisas hawaianas de manga corta, gente que dejó de fumar… He leído varias críticas estúpidas a la película de Tarantino. La más idiota es que la Sharon Tate de la película no tiene mucho diálogo. Vamos a ver, que diría el juez Marchena, no puede tener mucho parlamento porque es una Sharon sumamente idealizada, espiritual, casi angelical. Tarantino juega a enmendar la plana al mismísimo Dios recreando un mundo posible que resetea nuestro injusto mundo de crimen y dolor, decadencia y muerte. Su Sharon es hermana cinematográfica de la mujer de Clooney en Solaris de Soderbergh o la madre de Joel Osment en Inteligencia Artificial de Spielberg. Tarantino podría haber introducido al principio de la película lo que se lee antes de cada capítulo de South Park:

Esta película es grosera e irreal. Todos los personajes y eventos, incluso los basados en hechos reales, son pura ficción. Las voces de los actores son pobres imitaciones. El lenguaje es vulgar y ofensivo. Debido a su contenido aconsejamos (a los progres y blanditos) que no la vean.

Los medios de comunicación izquierdistas se han lanzado a la yugular de Tarantino. El Catecismo de la progresía, la revista New Yorker, ha descalificado la película de "supremacismo blanco", el epíteto de moda ahora para descalificar a Trump tras lo de marioneta de los rusos y, directamente, nazi. Pero no han sido las bromas sobre chicas hippies sin depilar que acosan sexualmente a hombres las que más han soliviantado a la izquierda políticamente correcta. Tampoco el peculiar feminismo de Tarantino que hace que sus protagonistas empleen violencia extrema igualmente contra hombres y mujeres sin discriminación alguna. Ni siquiera que se hayan visto identificados en su look y sus hábitos ecosucios con la secta satánica de Charles Manson. O el retrato de los asesinos ideológicos que hartos de drogas y lavado de cerebro se disponen a matar "fascistas" y que parecen una parodia de los invitados habituales a programa La Tuerka de Iglesias y Monedero. No, el problema fundamental de la película tiene que ver con su apoteósico final, una reivindicación de la justicia retributiva, aquella que castiga a cada uno con la pena que se merece en virtud de los actos que libremente ha elegido realizar.

En los círculos filosóficos habituales se considera como propio de la derecha más incivilizada defender que las personas tienen libre albedrío y, en consecuencia, que cabe castigarlos por sus malas acciones. Filósofos como Gregg Caruso consideran que el libre albedrío es un mito y la justicia retributiva, un dogma: no somos sino máquinas sometidas al azar y la necesidad sin un átomo de auténtica libertad. De lo que se sigue que tiene tanto sentido castigar a un individuo por realizar un asesinato como meter en la cárcel a una maceta que caiga sobre la cabeza de alguien. En su diálogo con Caruso, el filósofo Daniel Dennett defiende el concepto de libre albedrío pero está tan acomplejado por la satanización de la justicia retributiva en el ámbito utilitarista anglosajón que reniega de la misma aunque, de hecho, la está defendiendo.

Y entonces aparece Tarantino como un ciclón cinematográfico. Érase una vez… en Hollywood nos lleva a un mundo posible alternativo al nuestro en el que la prometedora actriz Sharon Tate vive feliz con el director emergente Roman Polanski a finales de los 60 en un Hollywood en el que reina el oropel y el optimismo pero donde ya se advierten los síntomas de la crisis y la decadencia propiciadas por la emergencia de la televisión y el nihilismo posmoderno. En julio del 69 llegaba una misión espacial a la Luna y pocos días después, en agosto, una manada de psicodélicos hippies psicópatas destripaba a Tate y sus amigos en su mansión de Cielo Drive en Los Ángeles, acuchillándolos docenas de veces. Sharon Tate estaba en su octavo mes de embarazo y les rogó a los asesinos que le permitieran dar a luz. La apuñalaron dieciséis veces. Sus últimas palabras fueron: "Madre… madre". Los integrantes de la secta Manson usaron su sangre para pintar en el frontal de la casa "Cerdos". No fueron sus únicos asesinatos pero sí los más célebres.

Según el filósofo Gregg Caruso, lo único que hay que tener en cuenta es si la pena ayuda a beneficios futuros, sin que el crimen en sí cuente para nada. Si hubiera una pastilla que garantizara que nunca más volverían a cometer un delito, Manson y sus psicópatas no estarían ni un día en prisión. Pelillos a la mar y sangre al río del olvido. Sin embargo, el cineasta Quentin Tarantino tiene una propuesta diferente. Desde su punto de vista, los integrantes de la secta cometieron dichos crímenes porque les dio la real y santa gana. No eran unos dementes psiquiátricos sino que su vocación era el asesinato. Manson y el resto de su manada fueron sentenciados a muerte pero en California se eliminó la pena capital así que terminaron cumpliendo solo cadena perpetua.

No hay ningún problema moral con la pena de muerte en casos tan crueles y abyectos como los de Manson pero, sin embargo, la objeción epistemológica es insuperable: no hay lugar para la rectificación en caso de que el sistema judicial se equivoque. Pero la prudencia exigible en el mundo real no tiene por qué ser contemplada en el mundo virtual de la ficción. Por lo que no solo tiene sentido sino que es de justicia que los integrantes de la "familia Manson" se hayan llevado finalmente su merecida retribución a su execrable delito, aunque los filósofos utilitaristas, los críticos de cine progresistas y las enfermas de hibristofilia se rasguen las vestiduras a la salida de esta nueva obra maestra de Tarantino, rey cinematográfico de la filosofía.

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