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Crack: un eco que resuena en el tiempo

José Luis Garci estrena El Crack Cero, la esperada precuela de las míticas películas protagonizadas por Alfredo Landa.

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¿Es posible reconocer el momento exacto en el que tu vida hizo crack? En realidad, esa es una pregunta tramposa. Asume que la existencia de cualquier persona sólo puede partirse una vez. Pero la verdad es que en la mayoría de los casos ese crack es como un eco que retumba y se multiplica. Cada repetición vital es un crujido. Y sólo basta un primer golpe bautismal para acabar convertido en un amasijo de huesos rotos que castañean al menor movimiento, redoblando de esa forma los múltiples y dolorosos sonidos de la primera fractura. La vida se convierte entonces en un símil bastante fácil, en el que uno sólo puede tratar de permanecer en pie reciamente mientras aguanta la paliza, contando los asaltos con la única motivación de no ceder al empuje y besar la lona. En este mundo diverso y bien poblado, son innumerables los detalles aparentemente insignificantes que han llegado a resquebrajar al hombre inesperadamente. Pero a veces, sin embargo, las circunstancias ofrecen una oportunidad esporádica de devolver una embestida, y es entonces cuando se hace posible buscar el knockout, sin ambages, al más puro estilo de Rocky Marciano.

Lo que ocurre con el eco es que es un recordatorio demasiado fidedigno. Convierte la voz propia en un reproche, y por eso, cuando un error retumba en eco, se hace realmente complicado escapar del remordimiento. El único que puede acusarse con éxito es uno mismo. El primer Crack de Garci, el de 1981, ya llevaba implícito ese convencimiento. Sus personajes ya estaban cargados de pasado, y se enfrentaban al presente con el abandono típico de quien ha asumido las reglas del juego. Germán Areta exhibía en sus silencios las heridas de su trayectoria, y el título de la película no hacía referencia al momento exacto en que su existencia iba a hacer crack. Porque el Crack era la vida, y nada más.

Ahora llega a las salas El Crack Cero y ese eco ha terminado de convertirse en un recuerdo. Las dos primeras películas de la saga eran una forma de encapsular aquel presente, de lanzarlo hacia el futuro como quien deja escapar un tosido seco en las profundidades de una cueva —el eco ya es nostálgico en su inicio, pero no es lo mismo la nostalgia del presente que la nostalgia del pasado—. Por eso, precisamente, uno entiende como un acierto el que esta precuela sea en blanco y negro.

En aquellos primeros homenajes al cine negro de Garci todavía se entremezclaban las resonancias del pasado con los acontecimientos del presente. De esa forma pudieron conjugarse de una manera tan perfecta las referencias literarias y cinéfilas, la jerga seca del boxeo y del propio género noir, con los casticismos madrileños que todavía no habían comenzado a desaparecer. Eso confería a las películas una gracia especial, incrementada por la sensación de que habían sido rodadas con la clara pretensión de que debían servir en el futuro como cápsulas del tiempo. Sin embargo, en este nuevo Crack Cero las cosas son distintas. Garci echa la vista atrás y recupera una historia que ahora comparte espacio con aquellas que se la inspiraron en un primer momento. Areta y el Madrid de Transición son tan pasado como Bogart y las novelas de Raymond Chandler. De ahí que esta película nazca ya relamida por el tiempo, y que no deba esperar, como sus hermanas, a que se sucedan las décadas y a que la época que refleja termine de convertirse en una reliquia. Al fin y al cabo, no es lo mismo inmortalizar un momento que se acaba que recrearlo años después, cuando ya ha terminado.

Pero salvando esas sutiles diferencias las tres comparten una esencia bien definida, la del mismo género que representan. Son un retrato de lo sórdido y de lo podrido de la sociedad, aunque son un retrato bello. En la película de 1981, esa pretensión queda resumida en la presentación del personaje interpretado por Miguel Rellán. En una de sus primeras intervenciones, este le cuenta a Areta el desenlace de una investigación en la que ha terminado destapando un adulterio, y el detective le contesta con sorna: "Moro, si fueras poeta, escribirías una hermosa historia de amor con lo que me acabas de contar, pero como no lo eres…". ¿Existe una mejor definición del género negro?

Debe existir, porque en realidad ese ejemplo no lo encierra todo. Falta decir que la belleza de esas historias es áspera y concreta. La heroicidad que rezuman es la más trágica, porque está ligada con el anonimato. Sus protagonistas son perdedores a conciencia, personas a las que no les gusta el mundo, que saben que es imposible sobrevivir en él sin mancharse de mierda, pero que prefieren decidir cuándo y por qué meten las manos en el fango, antes que dejarse arrastrar por las promesas embaucadoras de los poderosos y los triunfadores. Son personas buenas, a su manera, regidas por la rectitud inquebrantable de su propio código de valores. Saben, en definitiva, cuál es su sitio y dónde se detiene todo lo demás.

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Pero El Crack tiene algo más, una posible doble lectura. Es la instantánea de una España que mutaba, y estaba siendo tomada en el preciso momento del cambio. El Crack Cero, en contraposición, juega con la ventaja de conocer el desenlace de los acontecimientos, y por eso tal vez se permite ahondar más profundamente en la encrucijada a la que se enfrentaba el país. En una escena portentosa, un Areta desaliñado y recién levantado escucha por la radio el anuncio de la muerte de Franco. Preguntado por su opinión, su respuesta resuena hasta nuestros días: "Ahora o nos pegamos todos otra vez, u ocurre un milagro y tiramos para delante". Sin embargo las cosas no son tan simples, y él mismo es consciente de que el paisaje puede evolucionar, pero su esencia siempre permanece. Al final, esa certidumbre lampedusiana es la que emana del propio Areta para decirle al espectador que existen muchos tipos de nostalgia; que, pese a todo, como diría Unamuno, aunque se camine mirando hacia atrás, uno siempre avanza hacia delante; y que si se tiene eso claro se puede llegar a sentir nostalgia del futuro. En un mundo así, cada uno puede escoger la época que mejor le reconforte, y dejarse arrastrar por ella hacia un reino donde los golpes, por lo menos, resultan un poco más llevaderos.

En la última toma de la película se observa a un Germán Areta pensativo. Su vida hace tiempo que hizo crack, el espectador no ha visto cuando, pero acaba de asestarle un nuevo gancho directo a los riñones. Es la escena que mejor resume la saga entera. Areta está sentado, fumando un cigarrillo, con los ojos vueltos hacia adentro como recordando un pasado que también será futuro. Su historia es un eterno eco. Y es entonces cuando uno entiende que el detective ha descifrado su porvenir, y que está dispuesto a hacerle frente con la misma entereza que le ha llevado irremisiblemente al bando honrado de los perdedores.

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