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Pedro Vallín: "En la crítica cultural existe una interpretación marxista hegemónica"

El periodista y crítico cultural ha publicado ¡Me cago en Godard!, un libro que pretende revisar los tópicos sobre las tendencias políticas del cine.

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Existe algo en la manera como la crítica se aproxima al cine que a Pedro Vallín (Colunga, Asturias, 1971) le chirría. Parece ser que las únicas cintas ambiciosas, originales y eficaces a la hora de poner a las sociedades frente a su espejo son las películas de autor, sobre todo las europeas. Hollywood, por otra parte, no es más que una enorme industria del entretenimiento que reparte opio para el pueblo en cantidades globales. Poco importa que la mayoría de los arquetipos con los que funcionan las películas americanas sirvan constantemente para trasladar un mensaje emancipador. Una parte de la crítica siempre verá a los "ensimismados" autores europeos como los únicos azotes de las conciencias, y a las grandes productoras americanas como empresas interesadas en adormecer las mentes. Precisamente por eso, es a esa parte de la crítica a quien se dirige Vallín en su último libro: ¡Me cago en Godard! (Arpa Editores, 2019); un pequeño ensayo no académico en el que revisa todos los lugares comunes que se siguen utilizando cuando se habla de cine.

PREGUNTA: El libro es provocativo desde el título, ¿por qué Godard?

RESPUESTA: El libro no está escrito contra Godard. De hecho, habla muy poco del cine de autor, en realidad. Lo que trata de hacer es repensar, en clave de interpretación política y sin cuestionar la calidad artística, cuál es el sesgo político de Hollywood. Todo esto en términos generales, claro. A mí el título me gusta mucho porque es una blasfemia. Godard encarna el cine de autor, para bien y para mal. Al fin y al cabo es uno de los fundadores de la nouvelle vague. Pero también encarna una de las cosas que el libro denuncia, que es la figura del autor ensimismado y autoindulgente, que encima pierde el pulso de la historia y que se piensa que su propia decadencia es la decadencia del mundo. El título surgió de una frase que no es mía, sino de un amigo periodista —que además adora el cine de Godard— que saliendo de ver una película de Steven Spielberg dijo eso: ¡Me cago en Godard! Me pareció una forma genial de subrayar las cualidades narrativas de Spielberg, que son absolutamente asombrosas y que además, en su caso, no se desvanecen con la edad.

P: Al final, una historia bien narrada siempre va a ser buena, ¿no?

R: Exacto. El libro hace suya una reflexión de Walter Benjamin que luego desarrolló magistralmente Savater en Misterio, emoción y riesgo: esa diferencia entre el relato y la novela moderna. Los relatos como esas historias que se cuentan desde tiempos inmemoriales, durante mucho tiempo incluso de forma oral, y las novelas como esos objetos narrativos independientes y únicos, que configuran la narrativa como la entendemos ahora. Benjamin ya decía que en los relatos lo importante era la historia, nada más, que además dependía siempre de la audiencia. Y por eso esos relatos se iban repitiendo e iban mutando junto a la sociedad. La novela sin embargo es otra cosa. Es un objeto artístico cerrado, que empieza y acaba en sí mismo. En ella el narrador ya no es un mero narrador, sino que es el creador de una obra que no puede ser retocada. Pues bien, este esquema se puede utilizar para analizar las diferencias entre el cine industrial y el cine de autor. ¿Qué ha hecho Hollywood durante cien años? Narraciones. ¿Qué ha hecho el cine de autor? Novelas. Y esto tiene un sesgo de clase. ¿Por qué? Pues porque las narraciones son un bien de la comunidad, siempre. Cumplen una función para la comunidad. La novela, en cambio, es una construcción ensimismada. Savater resume esto muy bien cuando dice aquello de que, en último término, la novela está orientada por la muerte mientras que la narración sirve de orientación a la vida.

P: Estoy teniendo que controlarme para no dejar de lado la entrevista y comenzar un debate larguísimo que a nadie más iba a interesar, me temo.

R: (Risas). Claro. Es que la vocación del libro es la discusión. Pero simplemente dejaré claro que todo esto que digo es una generalización, evidentemente. En las novelas hay muchísima narración, igual que existen muchas narraciones plagadas de elementos novelísticos.

P: ¿Cuántos dogmas sobre el cine dirías tú que nos tragamos sin siquiera replantearnos?

R: Es muy curioso eso. Yo sostengo que el problema principal hoy en día es que existe una interpretación marxista, de la que muchos ni siquiera son conscientes, y que se ha convertido en hegemónica dentro de la crítica cultural. Pero lo que pasa es que ese discurso, que es el discurso de prestigio en la actualidad, sólo es utilizado en un sentido. Recuerdo una vez que un amigo mío que militaba en el Partido Comunista me vino irritadísimo porque había visto Antz —la película esa de dibujos que cuenta las desventuras de una hormiga que no lleva bien la vida asfixiante de la comunidad en el hormiguero—, y decía que era una crítica flagrante al castrismo. Para él aquello era como la confirmación del sesgo derechista de Hollywood. Lo que yo le respondí fue que Estados Unidos es una sociedad liberal, no ultraderechista, ni marxista. Y en las sociedades liberales la emancipación individual tiene un papel central, pero eso no convierte automáticamente a Antz en una película de propaganda anticomunista. Él me respondió señalándome una escena en la que todas las hormigas aparecían bailando de forma uniforme mientras sonaba de fondo Guantanamera. Para él, aquello era la prueba evidente del mensaje anticastrista deliberado que escondía la cinta. Pues bien, al día siguiente, después de haber estado pensando en el asunto, le llegué y le dije: mira, te compro tu teoría de Antz, pero sólo si tú me compras que Bichos cuenta una revolución obrera. Entonces se quedó callado unos segundos y me dijo: "Ah, ya, sí. Pero no".

P: Vamos, que el único mensaje que lanzaba Hollywood era el que él quería.

R: Exacto. El sesgo funcionaba sólo en una dirección. Es decir, yo puedo estar dispuesto a comprar que las casas que aparecen en las películas americanas tienen un punto de idealización del capitalismo estadounidense —cosa que, de hecho, no creo—, pero entonces explícame cómo es que las casas que aparecen en todas las películas de Ingmar Bergman son pisazos exteriores, con grandes salones y pasillos interminables. Lo que yo hago en el libro es coger ese dogma que dice que el cine de autor es emancipador y progresista y el de Hollywood es derechista y reaccionario, y le doy la vuelta. Si analizas los arquetipos básicos y más generales de las películas comerciales, su mensaje siempre es emancipador. Las películas más conocidas siempre van con el pobre, con el desfavorecido y con el que sufre persecución. Es muy raro que se vea una película que haga un elogio del Ku Klux Klan, por ejemplo. Eso de que el cine de Hollywood es derechista y reaccionario no se sostiene, es falso. De hecho, una cosa que se repite desde el cine mudo es que el rico siempre es el malo. Y estas constantes lo que señalan es que el sesgo principal de Hollywood es progresista.

P: ¿Lo emancipador sólo puede ser progresista y de izquierdas?

R: Bueno, en el libro también dedico unos párrafos a explicar cómo utilizo yo la terminología política. En términos semánticos estrictos, para mí conservador es aquel para el que el mejor de los mundos posibles es el presente; reaccionario es el que cree que el mejor mundo posible es el pasado; y progresista es el que está convencido de que el mejor de los mundos posibles está en el futuro.

P: Sí, pero centrándonos en la palabra emancipar. ¿El progresismo no puede ser autoritario? ¿Uno no puede hacer un ejercicio emancipador de una doctrina predominante progresista?

R: A ver. En las narraciones clásicas el héroe siempre desacata el statu quo. Siempre. Es una constante. Y eso ha cuajado más en las sociedades liberales. El liberalismo empodera al individuo frente al poder. Lo que pasa es que el término liberal hoy en día está completamente degradado, porque unos anormales de Chicago nos convencieron de que el anarquismo económico era liberal. Pero no. No, eso no es liberalismo. El liberalismo surgió en Europa contra el absolutismo. Empoderó al individuo otorgándole unos derechos inalienables, y permitió de esa forma que pudiese hacer frente a cualquier poder ajeno que socavase su dignidad. En ese sentido, las sociedades liberales son un territorio extraordinariamente fecundo para la narración precisamente por lo que te decía antes: si las narraciones clásicas son las crónicas de un desacato, el liberalismo es el arma fundamental del desacato.

P: ¿No podría malinterpretarse entonces que atribuyas el poder emancipador únicamente a las izquierdas?

R: Es que yo postulo que el liberalismo es de izquierdas. Esto es una pieza básica. El liberalismo de Stuart Mill y de John Locke es emancipador y progresista.

P: ¿Pero qué entendemos por izquierdas? Si de verdad es necesario anclarse en el eje extraño de las izquierdas y las derechas, ¿no es cierto que el liberalismo clásico que tú atribuyes exclusivamente a las izquierdas pactó hace siglos con el conservadurismo, para hacer frente a las doctrinas antiliberales socialistas y comunistas, que son, precisamente, las que hoy en día están más asociadas con la izquierda?

R: A ver, lo que diferencia esencialmente al liberalismo del comunismo es que para el primero el sujeto de derecho es el individuo mientras que para el segundo es la comunidad… Claro, esto es algo que pasa mucho en la crítica cultural, y es que se tiende a asociar con las izquierdas únicamente al socialismo. Lassalle, que es muy amigo mío, me dijo cuando leyó el libro que había hecho una crónica de la condición de Estados Unidos como democracia liberal. Hay una cosa muy importante que se olvida muy pronto: Estados Unidos sólo ha existido como democracia liberal. Por eso el cine de Hollywood es el que mejor se interroga sobre las paradojas del liberalismo. Nadie, y mucho menos el cine de autor europeo, ha interrogado a la democracia liberal sobre sus contradicciones, sus fantasmas y sus perversiones como lo ha hecho Hollywood. El dilema entre libertad individual y respeto a la ley ya estaba en las historias del pistolero y el sheriff. Teniendo eso en cuenta, digamos que, en los términos políticos con los que funcionan en Estados Unidos, Hollywood es de izquierdas. Luego, claro, en clave europea es más complicado. En Estados Unidos hay que entender que a día de hoy no existe apenas el marxismo. Existió, eso sí, pero desistió. Y además tenía tomado Hollywood. McCarthy era un autoritario de mierda, pero de tonto no tenía un pelo. Cuando dijo que Hollywood estaba lleno de judíos, maricas y comunistas, estaba describiendo bastante acertadamente, e insultando de paso, qué era exactamente lo que se había montado en la costa oeste.

P: Pongamos entonces que…

R: A ver, es que hay que diferenciar. Existe un liberalismo de derechas, e incluso de ultraderecha: por ejemplo el Joker. El anarcoliberal. El tipo para el que la sociedad es una imposición. Las leyes sociales son una imposición y él aspira a un regreso a la selva, digamos. Lo que le diferencia del verdadero emancipador es que el emancipador es el que procura, o tiene en mente, un bien para la sociedad.

P: Perdona que siga todo el rato con el mismo tema, pero sigo sin entender ese sesgo necesario entre izquierdas emancipadoras y derechas reaccionarias y corrosivas. Veo que asocias a las derechas únicamente con el anarcocapitalismo, pero el conservadurismo, por otro lado, también ha defendido tradicionalmente el respeto a la ley y a la libertad.

R: Hombre, es que el partido más conservador de España, con diferencia, desde hace veinte años, es el PSOE.

P: Yo tengo la sensación de que las etiquetas obligatorias de izquierdas y derechas, muchas veces, limitan, más que otra cosa.

R: Bueno, a ver, al final hay un par de cosas claras. Un partido que a lo que aspira es a volver a un marco social de hace veinte años no es un partido progresista. Si tú piensas que el mejor de los mundos posibles fue tiempo atrás, eres conservador. Eso es indubitable. La única excepción que se me ocurre es la de las personas que sufren un régimen autoritario y sueñan con regresar a tiempos de libertad.

P: Entonces, ¿la idea del progreso por el progreso no puede ser criticada o debatida? ¿Nadie puede intentar emanciparse de su hegemonía incuestionable? ¿O preguntarse quién decide qué es progreso o qué no lo es?

R: Eso lo vamos a ver muy pronto, Luis. Porque el modelo al que van las democracias liberales con la digitalización de la economía; y con la pérdida de control del poder político de la agenda, que cae en manos de poderes financieros supraestatales, nos va a llevar a un mundo en el que el progreso por el progreso va a generar individuos desasidos. ¿Y quiénes son los grandes gurús de ese progreso hacia esa distopía? Pues Silicon Valley.

P: ¿Entonces, para emanciparse…

R: Sí, espera. Creo que para dejar claro a qué me refiero cuando digo que Hollywood es emancipador tengo que añadir que lo es porque empodera a la audiencia. Cuando eres una mujer en los años cuarenta y ves a Katharine Hepburn en La mujer del año, reuniéndose con gente de Naciones Unidas, viviendo en un ático enorme, etcétera, etcétera… Esa película le está trasladando un mensaje a esa mujer que estaba sometida en un país como España, por ejemplo.

P: Claro. A ese respecto: ¿Hasta qué punto los mensajes emancipadores de Hollywood dependen de las ideas mayoritarias y predominantes en la sociedad en cada momento y, por tanto, no son plenamente libres?

R: Sí, sé a lo que te refieres. A ver, el hecho de que Hollywood sea una industria de vocación comercial significa dos cosas: por un lado no hay una intención política en las películas derivada de la empresa que las dirige. ¿Por qué? porque por muy de derechas que sea el CEO de un estudio, lo que quiere es que la película haga dinero. Lo de que los productores cuelan mensajes políticos propios es una paranoia marxista. Pero por otra parte, es verdad, el hecho de que se deban a su público las somete a una especie de censura moral. Aunque esto ha existido siempre, eh. No es nada nuevo. El problema es que ahora las redes sociales han cambiado cómo funcionan las cosas, y los estudios reciben el feedback antes incluso del estreno. Esto hace que lleguen a darse situaciones ridículas en las que se eliminan escenas en función de los gustos del momento, por ejemplo; o se introducen de forma forzada a actores de color. Es algo que pasa, sí. La presión de la muchedumbre a través de las redes sociales crea sesgos bastante estúpidos a veces. Pero de todas formas, a pesar de que eso existe, creo que al ser un mercado dirigido por la demanda, no es un riesgo importante. Al final, siempre habrá demanda para la incorrección política también.

P: Hemos llegado al inevitable asunto de la corrección política.

R: Es un tema que está muy en boga ahora mismo, sí. Y te tengo que decir que yo soy absolutamente fan de la corrección política, porque considero que es la forma en que legislan, sin legislar, las sociedades. Las sociedades progresan moralmente, y se van haciendo menos tolerantes al sufrimiento ajeno o a la desigualdad. Con el paso del tiempo, se va formando simultáneamente un contrato social en perpetuo movimiento en el que cosas que eran tolerables dejan de ser bien vistas. En ese sentido, la corrección política es un progreso moral inequívoco. Por eso a mí me irrita mucho el victimismo de quien dice sufrir porque la corrección política le ataca. La libertad de expresión no comporta que tú no te tengas que hacer cargo de lo que dices. Y si algo que dices no les gusta a tus miles de seguidores de Twitter, pues te tienes que hacer cargo. Cuando leí a Soto Ivars, por ejemplo, contarnos poco más o menos que él era Ana Frank porque le habían currado a hostias en Twitter, pensé que no le habían dado en la cara de verdad en la vida. Si eso es un linchamiento, apaga y vámonos… Un linchamiento es que te cuelguen de un árbol, no eso.

P: Hombre, los marcos morales de cada época siempre han existido, pero yo creo que las críticas a la corrección política se hacen precisamente cuando esos marcos comienzan a parecer barreras infranqueables y opresivas, y sobre todo cuando terminan por acarrear consecuencias punitivas a las personas que se atreven a cuestionarlos.

R: Hombre, claro. Ese riesgo existe, es evidente. Cuando la corrección política deja de ser una censura hipotética y pasa a ser una censura real.

P: Exacto. Y se me ocurre entonces ese momento en el que la corrección política termina convirtiendo un discurso progresista en autoritario. El Metoo es el claro ejemplo de un movimiento que buscaba justicia y emancipación para la mujer y ha acabado forzando, entre otras cosas, que Woody Allen no pueda estrenar su nueva película en Estados Unidos, y que tampoco ruede las otras que tenía acordadas con Amazon.

R: Claro, tienes razón. Pero si te fijas, es casi imposible evitar que cualquier movimiento emancipador que ha surgido a lo largo de la historia se exprese de diferentes maneras. Por ejemplo, está Martin Luther King, pero también Malcolm X, y ambos forman parte del mismo movimiento. Ahora estamos en lo alto de la ola de la emancipación femenina, que aunque legalmente ya se conquistó hace tiempo, sigue librando batallas en esos lugares en los que el machismo pervive. Y en esa lucha yo veo inevitable el exceso, y las víctimas injustas. Creo que no existe ningún proceso de emancipación que no comporte ese tipo de injusticias, de hecho. La parte buena de nuestro presente, al menos, es que esas víctimas no son mortales.

P: Pero el hecho de que los excesos no sean evitables no quiere decir que no puedan ser condenables, o denunciables. Al final una injusticia es una injusticia la perpetre quien la perpetre, ¿no?.

R: Claro, yo creo que todo se trata de un problema de madurez. La dificultad de asumir el mundo como es, en lugar de como debería ser. Y ojo, tener presente el deber ser del mundo es muy importante, porque es lo que te permite aspirar a mejorarlo; pero obsesionarse con ese deber ser te convierte o en un cínico o en un fanático. Lo que pasa es lo que te decía antes, que no lo veo evitable. En ese sentido creo que es necesario siempre hacerse cargo de lo que se hace y se dice, y saber qué consecuencias puede tener.

P: ¿Y no es una manera de hacerse cargo, precisamente, el plantarse ante el exceso y señalar su injusticia?

R: Claro, por supuesto. A lo que me refiero es a que uno debe ser siempre consciente de en qué jardines se está metiendo. Yo en Twitter a veces me meto en unos fregados memorables, pero en otros decido no meterme. Y eso no quiere decir que mi libertad de expresión esté coartada. O por ejemplo, otra cosa: yo entiendo la censura que surgió con la polémica de Rober Bodegas y los gitanos. Al final los gitanos, como son un colectivo poco numeroso, nadie habla de su emancipación. Y creo que el chiste de Bodegas, ojo, no era un chiste contra los gitanos en sí, sino que era un chiste metarreferencial, que llamaba la atención a cómo no se podía hacer el propio chiste. De hecho yo le defendí, sin meterme en muchos jardines. Pero eso tampoco me impide hacerme cargo de quiénes son los gitanos, por lo que han pasado, y en qué situación social de especial fragilidad se encuentran. Hay que saber que la gente puede sentirse herida por lo que dices, que no ofendida. No es lo mismo. Yo tiendo a desconfiar mucho de aquellos que se ofenden porque dicen que la gente les ataca. Sobre todo cuando lo que hacen es provocar. Al final, la gente que te insulta en Twitter no te está pegando, te está insultando. Por eso uno debe hacerse cargo de lo que dice antes de decirlo, y evaluar las consecuencias que va a tener. Pero en último término, todo esto me lleva a otra cosa que es que, para mí, una de las vías más peligrosas del derecho ha sido legislar la ofensa. Me parece peligrosísimo para las democracias liberales. Porque si tipificas el delito de odio, estás abriendo la vía a un tipo de democracia que ya no es liberal. Y si cualquier persona te puede denunciar porque has ofendido su sentimiento religioso, o su condición de homosexual, entonces los gitanos también lo harán, y con más razón incluso. Al final el problema no es tanto la corrección política en los términos de debate social, sino la tentación de pasarla de ley no escrita a ley escrita. Eso es lo verdaderamente preocupante.

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