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¿Por qué la crítica (y Twitter) se han ensañado con 'Cats'?

La ola de sarcástica antipatía que ha despertado la adaptación del musical va más allá de lo estrictamente cinematográfico: estos son los motivos.

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La ola de sarcástica antipatía que ha despertado la adaptación del musical va más allá de lo estrictamente cinematográfico: estos son los motivos.
Fotograma de 'Cats' | Universal Pictures

"Así es como se divide la historia del musical teatral: a.C. -antes de Cats- y d.C. -después de Cats-". Son palabras del escritor Mark Steyn. Su irreverente afirmación no carece de razón: la Catsmanía irrumpió en el panorama escénico en 1982, batió todos los récords y demostró que en el terreno musical valía todo -hasta que se atrevieron con una versión de Carrie, claro-. La adaptación cinematográfica era el último paso de una obra que siempre se ha considerado rara pero relevante. Y cuando esta ha llegado parece haber tirado por la borda todo el legado de estos 37 años.

Ridiculizada como Sharknado (de la que al menos siempre se valoró su punto de autoparodia) y odiada como La amenaza fantasma, Cats (Tom Hooper, 2019) ha desatado un escarnio internacional de tal calibre que hasta ha abierto telediarios. ¿Por qué esta obsesión colectiva por una película cuya ambición artística se limitaba a arriesgar poco, hacer dinero y arañar alguna nominación a los Oscar, como lograron Les Miserables e Into the woods? ¿Es realmente tan detestable? Estas son algunas razones que podrían explicar el (involuntario) fenómeno.

-Por desconocimiento. Así arranca su crítica Carmen L. Lobo, de La Razón: "Debo confesar que no he visto el famosísimo musical (...); añadiré que ya ni harta de vino por muy bueno que sea". Es una buena síntesis de lo que puede sentir un espectador medio español no fanático de musicales, ante este título. Pero, ¿quién tiene la culpa? En España, el montaje madrileño de 2003 de Cats apenas duró un año. La edición en DVD de 1998 goza de una reducida circulación. Y la gran mayoría de la población piensa que "Memory" es una canción de Barbra Streisand.

Resulta injusto cargar a la película con pecados que ya lucía el original (sí, son gatos que cantan y bailan; no, no hay hilo argumental ni diálogos; sí, están basados en una serie de poemas del Nobel T.S. Eliot, lo cual no lo hace mejor ni peor). Esgrimirlos como defectos de la película -que no es una obra maestra pero tampoco engaña sobre sus intenciones- es conocer poco el material de partida. Una buena película debería funcionar por sí misma, de acuerdo, pero prueben a introducir a una serie de personas en un ciclo de Tarkovski prometiéndoles que es de Michael Mann y comprobarán de qué hablo.

-Por ser musical. La historia de siempre. Ningún género cinematográfico -ni siquiera el de terror, que ha estado décadas intentado autodestruirse y ha coqueteado más con la serie B que ningún otro- ha sido tan vituperado y cuestionado como el musical. El "argumento", el de siempre: "No entiendo que la gente se ponga a bailar y cantar de repente". Poca gente ha puesto en duda que los superhéroes puedan volar o los extraterrestres aprendar a devolver una pelota desde un cobertizo. Si es un problema de artificio, y no de narración, habrá a quien le chirríe una simple banda sonora (Hitchcock rehusó incluir música en Náufragos porque no entendía de dónde podía salir una banda en mitad del océano) o una elipsis. Aquellos que tuvieron que guardar sus garras con Los Miserables y rabiar en silencio con La la land han podido desfogarse ampliamente sin apenas voces discordantes. Es mala y musical, así que doblemente mala. Se puede achacar muchos defectos a Cats pero que canten y bailen no es uno de ellos.

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-Por ser tendencia. En un mundo cambiante en el que el papel de crítico cinematográfico lucha por seguir teniendo sentido, estos han encontrado en sus reseñas de Cats una oportunidad para lucir ingenio, mala baba y desmesura. Todos a una han emprendido una competición de ditirámbicas opiniones más cercanas a Góngora o Hedda Hopper que a la finalidad de su trabajo, que es guiar y ser útil al espectador indeciso. Aquí algunos ejemplos: "Cat-astrófica" (The Hollywood Reporter); "Espectadores en busca de la peor película el año: tenemos una ganadora de última hora" (Rolling Stone); "Daña los ojos y los oídos" (Variety); "A la vez un horror y un test de resistencia" (Angeles Times"; "Un desastre siniestro del que nadie sale ileso" (Telegraph); "Dios mío, mis ojos" (Boston Globe).

A este aquelarre iniciado por los críticos ha querido sumarse la querida y pocas veces constructiva comunidad tuitera. Masacrar la película de Cats es tendencia, y nadie pierde la ocasión de repartir veneno por si en estas cae un like o un nuevo seguidor. La moda de este año no es felicitar/despreciar la Navidad, sino luchar por ser el más ocurrente y gráfico a la hora de describir "el engendro" en Twitter, con ese placer cainita que produce pisotear algo que ha supuesto millones de dólares y años de trabajo a gente ajena a nosotros. Ya sabemos que el espectador siempre tiene la razón, aunque en muchos casos este parezca haberse limitado a ver el trailer. Bodrios hay todos los años (aún duele el Oscar a la victimista Moonlight y algunos nos sentimos estafados por el enésimo pastiche inacabable que nos regaló Tarantino después del verano), incluso en el género musical (Rock of ages, tan desganada que solo generó indiferencia), pero esta parece haber puesto de acuerdo a todo el mundo. La espiral del silencio (sí, esta comparación es tan exagerada como las citas anteriores) se escribe en 280 caracteres.

-Porque Andrew Lloyd Webber ya no es relevante. El excelso compositor, gran figura renovadora del musical inglés (como del americano lo fue Stephen Sondheim), no tiene la importancia que tuvo antaño. Si bien no se puede afirmar que esté en horas bajas (su Escuela de Rock lleva tres años sobreviviendo en Londres), lejos quedan los tiempos en que acumulaba éxito tras éxito mundial y reunía récords y premios Tony.

En los últimos años se ha prodigado como jurado de programas televisivos; compuso para Eurovisión con un aceptable quinto puesto como resultado (que ya quisiéramos nosotros) y sigue cediendo derechos para adaptaciones que, desde Evita, han ido siempre a peor (si de El fantasma de la ópera salió un film tan acartonado, ¿qué podía esperarse de Cats?). Las acusaciones de plagio a lo largo de su carrera y la ausencia de un bombazo a la altura de su talento en 25 años lo han convertido en una figura añeja de este mundo, en el que triunfan fórmulas como los music box (musicales basados en canciones de artistas o grupos, véase Mamma Mia o We will rock you) u obras decididamente más actuales y atrevidas (Next to normal, Dear Evan Hansen, The book of Mormon). Sin dudar del lugar que ocupa en la historia del género, su apellido es hoy un recuerdo más que una carta de presentación o un icono de autoridad (Fotogramas lo calificó de "grimoso" sin ningún pudor en su especial de los Oscar de 2005).

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-Por Taylor Swift. Los odios y pasiones que despierta la diva pop son parte de su carrera, y aunque en España nos resulte algo lejano, los llamados Swifties viven en sus carnes cada tropiezo que sufre la americana, ya sea una humillación a cargo del marido de Kim Kardashian o la pérdida de derechos de autor por decenas de composiciones. Su aparición en Cats parecía un gran reclamo, pero ha decepcionado a propios y extraños con el síndrome Meryl Streep: no aparece hasta pasada una hora y media y apenas sale 5 minutos. Ante el descalabro del largometraje los encendidos fans han comenzado una campaña para que su nombre sea retirado de los carteles. Tampoco ha habido suerte en la campaña de premios: la hermosa "Beautiful ghosts", compuesta entre la cantante y Lloyd Webber, se ha descolgado de las preseleccionadas para los Oscar, mientras que Beyoncé ha colado tres de las hiperproducidas e insípidas canciones nuevas de El rey león. Más cancha para los haters de Taylor. La guerra continúa.

-Porque se lo merece. Sí, la película es pedestre, no se puede negar. Quizá lo peor que pueda decirse es que satisfará a pocos fans del musical original. La adaptación se antojaba imposible (un crítico del NY Times la describió tras su estreno como "un mundo de fantasía que solo puede funcionar en un teatro"), pero tampoco parecía presagiar tal desastre. Si bien los actores se mueven entre el desinterés y el cameo (Judi Dench e Ian McKellen no pueden ser nombrados Dame y Sir y hacer estas cosas), la estética es estridente y a veces insultante (¿por qué a veces tienen tamaño de gatos y otras de insectos?) y los nuevos elementos de humor son más irritantes que hilarantes, hay cosas salvables. Es una película diferente a cualquier otra, absolutamente desprejuiciada, con las fabulosas canciones originales -con arreglos no siempre acertados- y algún momento emocionante. Ahí sigue "Memory", con esa Jennifer Hudson de nariz acuosa siguiendo la estela de Vanessa Redgrave en Camelot. Si Cats nos deja alguna enseñanza, es que hay barreras entre el cine y el teatro que no se deben romper y que, desde luego, existe la mala publicidad. Así y todo, juzguen por ustedes mismos.

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