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Juan Manuel González

Crítica: 'Aguas Oscuras', con Mark Ruffalo y Anne Hathaway

Aguas oscuras narra el terrible caso del Teflón que diezmó varias localidades americanas durante décadas.

Juan Manuel González

Aguas oscuras puede abordarse de dos modos. El primero, como un salto con red del director indie Todd Haynes, responsable de dramas como Carol, Lejos del cielo o la miniserie Mildred Pierce, en las -perdón por el chiste- oscuras aguas del thriller judicial "a lo Erin Brockovich". Un tipo de filme que Hollywood acostumbraba a presentar con regularidad y seguridad hace décadas pero que ahora, en tiempos de franquicias y nostalgia prefabricada, hace tiempo que es historia más allá de un goteo de títulos de, generalmente, escaso impacto cultural. Haynes hace, como decíamos, el citado salto con red, apoyándose en los probados méritos de películas como la reciente y galardonada Spotlight y porque toda la película, un simulacro de dramas críticos de directores como los desaparecidos Alan J. Pakula o Sidney Lumet, puede presumir como aquellas de un guión sin fisuras y un reparto excelente que añade, al menos, un mínimo de glamour al relato.

Aguas Oscuras es, resulta obvio y nadie lo disimula, una aventura del Hollywood liberal que encabezan actores como Mark Ruffalo y Tim Robbins, ambos presentes en la intriga, para evidenciar la subterránea pero sangrante guerra de ciertos lobbies empresariales contra el ciudadano y, en último término, la Justicia y el modo de vida americano. Una película crítica con el sistema pero no antisistema, en la que, como Thomas McCarthy en la citada Spotlight, Haynes aplica una puesta en escena de una sobriedad y seriedad mayúsculas, cuya aparente ausencia de recursos y su rechazo a guiños "vintage" al cine de los 70 podría confundirse con lo meramente telefilmesco.

Y como sucedía también en Spotlight, aunque quizá quedando algo por detrás de ella, esto no sucede así de ninguna manera. Lo que Aguas oscuras hace muy bien es recuperar, de nuevo, ese espíritu contestatario del cine de Hollywood que existe al margen del (aparente) convencionalismo de sus formas, descansando fundamentalmente en un notable reparto (Ruffalo vuelve a hacer gala de una bonhomía y vulnerabilidad que gana las simpatías del espectador) y un guión bien pautado, sin melodramatismos. La película, a su manera, expresa las complejidades del proceso, huyendo del efectismo y, de hecho y en cierto modo, exudando confianza en un sistema que sí, está evidentemente amañado, pero también, al menos permite el recurso de la lucha y el pataleo: una vez el rodillo de la Justicia empieza a girar, lento e inseguro pero de alguna manera constante, lo hace también el relato de Haynes. El problema es, al margen del evidente, el precio humano y el desgaste personal que tiene lugar por el camino.

Aguas oscuras se permite coger velocidad en secuencias interesantes que Haynes confecciona sutilmente: todo lo que sucede en los muchos minutos posteriores a cuando Bilott (Mark Ruffalo) descubre lo que hay en el agua; la aparición final de Bill Pullman aprovechando cada minuto que le ofrece el guión; los compases finales en los que todo se da la vuelta, pero sin frustrar al espectador; la invernal fotografía de Edward Lachman, en la que el sol apenas sale entre las nubes (pero a la vez evita que su grisura parezca provenir del temible gradado digital en postproducción)... Haynes sale triunfante en su cambio de género, que en realidad no lo es de estilo o contenido pese al reparto eminentemente masculino de la historia, que aborda, como otras suyas, la lucha del individuo contra esa estructura (cultural, económica, social) que oprime y aplasta y que ha caracterizado sus películas anteriores.

Redactor de Chic. Colaborador de Es la Mañana de Federico y Es la mañana de fin de semana.

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