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Santiago Navajas

Ley seca, cine húmedo

Uno de los efectos colaterales de la ley Volstead fue el haber inspirado grandes películas y series de televisión.

Santiago Navajas
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Uno de los efectos colaterales de la ley Volstead fue el haber inspirado grandes películas y series de televisión.
Fotograma de 'Érase una vez en América' | Fotograma

La Ley seca (más concretamente la ley Volstead que constituyó la enmienda XVIII de la Constitución de EE.UU en 1919, y que duró hasta 1933) promovida por los activistas anti-alcohol para disminuir el consumo de bebidas consiguió como efecto colateral un aumento del crimen organizado relacionado con el mercado negro que emergió para satisfacer la demanda de los irreductibles aficionados al whiskey y cualquier brebaje destilado. Otro efecto colateral, esta vez positivo, es el de haber inspirado grandes películas y series de televisión.

Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984)

Algunos critican la excesiva duración de El irlandés de Scorsese (210 minutos). Quizás el director norteamericano tenía en mente la versión extendida que se encargó de hacer de Érase una vez en América de Sergio Leone para el Festival de Cannes que se alargaba hasta los 255 minutos, metiendo minutos desde los 229 originales. Y aún así resultaba corta frente a la intención primigenia de Leone que subía hasta los 360 minutos. Y que algunos añoramos ante lo que resulta ser el magnum opus de la crónica de la Ley seca en los Estados Unidos.

Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959)

El 14 de febrero de 1929 Al Capone mandó asesinar a los miembros de una banda rival a metrallazo limpio. Billy Wilder imaginó que pasaría si la carnicería la hubiesen presenciado Jack Lemmon y Tony Curtis. Con faldas y a lo loco (¿quién es el genio que cambiaba los títulos de las películas americanas, por ejemplo de Some like it hot?) es una película que demuestra que lo único que se necesita para que un hecho trágico se convierta en una comedia es que pase el tiempo y aparezca Marilyn Monroe (¡Sugar Kane!). Nadie es perfecto pero hay películas que sí lo son.

Bonnie y Clyde (Arthur Penn, 1967)

Los asesinos no nos caen bien en la vida real pero nos flipan en la gran pantalla. Tampoco nos hace mucha gracia los arrebatos violentos del amour fou en vivo y en directo pero nos encandila si lo protagonizan Warren Beaty y Faye Dunaway. Estos interpretaron a los muy glamurosos hijos de puta Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barrow que mataron a nueve policías y cuatro civiles en una orgía de sangre, dólares y alcohol de contrabando. Casi que lo lamentamos cuando finalmente los acribillaron dentro de uno de esos estilosos cochazos de principios de los 30.

Scarface (Howard Hawks, 1932) / Hampa dorada (LeRoy, 1931)

A Borges le gustaban "las fervientes ametralladoras" de esta historia que mezclaba el incesto con el alcohol y los asesinatos. Rodada en los estertores de la Ley seca supone tanto una glorificación como un epitafio de unos mafiosos que parecen haber salido de un relato de Homero. Hawks y su guionista Hecht podrían haber anunciado que iban a cantar la cólera de Al Capone. Pero Al Capone encontró su efigie cinematográfica definitiva en el retrato del gángster que hizo Edward G. Robinson en los 80 minutos que dura Hampa dorada.

Los intocables de Eliot Ness (Brian de Palma, 1987)

Brian de Palma quiso por una vez celebrar a los agentes del orden en lugar de los agentes del desorden (a los que también cantó en su versión de Scarface). Así que creó alrededor del agente especial del FBI Eliot Ness una epopeya de la lucha contra los mafiosos. Pero como es en el fondo tan retorcido y alambicado como en la forma lo que puso en escena fue una apología del terrorismo de Estado, del mal como medio para alcanzar el bien y del maquiavelismo táctico como vía hacia el triunfo de la leyes. Goethe habría aplaudido esta demostración de que es preferible la injusticia al desorden.

Enemigo público número 1 (Van Dyke, 1934) y Enemigos públicos (Mann, 2009)

En Enemigos públicos vemos a John Dillinger (Johnny Depp) salir del cine en el que proyectan Enemigo público número 1, un muy fantasioso y elegante lavado de cara en pantalla (Clark Gable) del que había sido considerado en la realidad el enemigo público número 1, el propio John Dillinger. Myrna Loy y Marion Cotillard representan a la novia del forajido respectivamente. Yo prefiero la primera. La película, digo.

El Padrino II (Coppola, 1974)

En el origen fue el alcohol. Luego, con el fin de la prohibición, llegaron las apuestas, la usura, la prostitución, el juego, los sindicatos, la lotería.... Dime qué prohibes y te diré cómo se enriquece la familia Corleone liderado por el Don (Robert De Niro). Sin embargo, en un inesperado giro ético, más tarde, en El Padrino I, Vito Corleone (Marlon Brando) se negará a participar en el comercio de un producto que considera "sucio", las drogas (como se sabe el alcohol es la manera civilizada de hidratarse). Y es que incluso los gángsters tienen escrúpulos morales.

Boardwalk Empire (HBO, 2010)

No podía faltar la emergencia cinematográfica contemporánea en las serie. HBO desarrolló durante cinco temporada, y echando mano en la dirección incluso de Martin Scorsese. En este caso, el centro de atención no se sitúa ni en los criminales obvios ni en las fuerzas del orden sino en los criminales de las fuerzas del orden. Es decir, los políticos. Concretamente, Enoch "Nucky" Thomson, una figura política que controla Atlantic City. Y es que hecha la ley no solo hecha la trampa sino también hecho el delito.

Homer contra la décimo octava enmienda (Los Simpson, octava temporada)

Es un mito popular que los Simpson han tratado y anticipado absolutamente todos los temas. Incluso el pin parental propuesto por VOX. Y, por supuesto, la Ley seca. Entre el mafioso Tony el Gordo, un remedo de Tony Soprano, y Rex Banner, una parodia de Eliot Ness, Homer Simpson tiene más que ver con un gángster imaginado por Billy Wilder e interpretado por Walter Matthau que con el soberbio, en todos los sentidos, delincuente que encarnó James Cagney en Al rojo vivo y que terminaba la película gritando desde un tanque de gas justo antes de estallar "¡Mamá, mírame, estoy en la cima del mundo!". La última frase de Homer no es menos célebre "¡Por el alcohol! La causa... y a la vez solución... de todos los problemas de la vida".

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