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Daniel Rodríguez Herrera

Natalie Portman, esencia de feminismo

Uno de los rasgos principales del feminismo actual es la completa falta de compromiso real que exige.

Daniel Rodríguez Herrera
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Uno de los rasgos principales del feminismo actual es la completa falta de compromiso real que exige.
Cordon Press

Uno de los rasgos principales del feminismo actual, como sucede con las demás ideologías posmodernas que conforman la izquierda del momento, es la completa falta de compromiso real que exige a sus adherentes. Lo hemos podido ver en el último espectáculo ofrecido en la alfombra roja por la actriz, directora y productora Natalie Portman, que vistió una capa de Dior con los nombres de ocho directoras que, según ella, "no habían recibido reconocimiento por su trabajo este año". Pasando por alto que, como mucho, sólo se le podría haber reconocido a cinco de ellas, ¿qué tienen de especial para que Portman las recuerde por encima de otros directores a los que tampoco se les ha reconocido su trabajo? Pues que son mujeres. No es la primera vez. Portman ya dio la nota en los Globos de Oro de hace un par de años cuando en lugar de decir "estos son los nominados" dijo "estos son los nominados hombres".

¿Merecía alguna directora haber sido nominada este año? Sin ir más lejos, Greta Gerwig ha conseguido que me guste por primera vez Mujercitas, lo cual es un logro notable. Pero entonces llega la pregunta difícil. Vale, y si metemos a esta Greta, ¿a qué director quitamos? ¿Al coreano, que se ha llevado el Óscar a la Mejor Película? ¿A Sam Mendes, cuya 1917 seguramente debería haber ganado y que, en cualquier caso, es un portento de dirección? ¿O a Tarantino y Scorsese, que no presentaron sus mejores obras este año, pero que son mejores en sus peores momentos que casi todo el mundo en su plenitud? Naturalmente, nadie le preguntó eso a la comprometida Portman, no fuera que la pusieran en un compromiso de verdad, ni tampoco aventuró ella una respuesta. Simplemente dio por sentado que si no había mujeres nominadas –o negros, o asiáticos, o transexuales o lo que sea–, naturalmente era por discriminación, porque no podía haber otra razón.

Es natural que los periodistas de la alfombra roja no tengan estas cosas en la cabeza en esos momentos, pero podrían haber preguntado a Portman por qué de las siete películas que ha producido sólo una fue dirigida por una mujer: ella misma. O por qué en todos los años que lleva actuando sólo ha participado en películas dirigidas en todo o en parte por tres mujeres… y, de nuevo, contándola a ella misma. Quizá porque, de nuevo, el feminismo actual no implica un compromiso real, un esfuerzo real, un riesgo real. Tan sólo hacer gestos vacíos e inútiles que te permitan aparecer como una persona comprometida.

Habrá quien piense que, en vista de estos datos, lo menos que se le puede llamar a Natalie Portman es hipócrita. Igual me despierto mañana y lo digo yo mismo. Pero hoy simplemente creo que lo suyo es feminismo en estado puro. Una ideología a la que te apuntas porque te otorga un estatus social superior, no porque te la creas ni porque te importe un carajo realmente. Portman muestra su ideología igual que muestra su vestido de Dior: para hacernos ver, a la plebe, que no estamos a su altura. Por eso da igual que no trabaje con mujeres y que a la mañana siguiente devolviera el traje prestado para la ocasión. Dentro de un año o dos volverá a hacer algo similar, y demostrará al mundo lo comprometida que está y lo superior que es a nosotros. Porque a eso se reduce todo.

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