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Santiago Navajas

Alfred Hitchcock, el maestro del erotismo criminal

No hay mejor forma de sobrevivir intelectual y emocionalmente al confinamiento vírico que darse una maratón por estas cinco obras.

Santiago Navajas
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No hay mejor forma de sobrevivir intelectual y emocionalmente al confinamiento vírico que darse una maratón por estas cinco obras.
Alfred Hitchcock, en una foto promocional de 1963 | Cordon Press

40 años desde que nos dejó uno de esos directores feos, católicos y sentimentales que llevaron al cine a convertirse en un arte sin dejar por ello de ser una industria: Alfred Hitchcock. El siglo XXI consagró Vértigo como la mejor película de la historia del cine, arrebatándole el cenit de la clasificación a Ciudadano Kane de Welles (otro genio feo, "católico" y sentimental).

Aunque famoso por ser "el mago del suspense" lo cierto es que sus películas se disfrutan todavía más cuando las vuelves a ver y el suspense ha desaparecido. Eugenio Trías, el filósofo que tanto y tan bien lo analizó, decía haber visto al menos 100 veces Vértigo. Su magia consiste en que aunque sepas quién va a caer de un campanario o va a ser asesinado en una ducha, de alguna manera y contra toda lógica, esperas que, en un inesperado giro del universo entero, pase algo completamente diferente. Gus van Sant volvió a rodar Psicosis plano a plano, pero lo que era un atrevimiento banal se habría convertido en genialidad si la chica de la bañera hubiese llegado a visitar a la madre de Norman Bates.

El suspense no es sino el modo de mostrarnos lo que realmente le interesaba a Hitchcock –y lo que nos atrae a nosotros, animales freudianos–: el entrelazamiento de las pulsiones de sexo y muerte. Lo que llevó a un conocido político a proferir respecto a una presentadora de televisión, entre indignado y seducido, que "la azotaría hasta sangrar". Eso hace Hitchcock en sus películas, azotar hasta hacerlas sangrar a Joan Fontaine, Ingrid Bergman, Tippi Hedren, Kim Novak, Grace Kelly… En lugar de una fusta y un látigo de siete colas usó una cámara cinematográfica para arrastrar sus cuerpos, sus corazones y sus mentes. Y la música de Bernard Herrmann para tapar sus alaridos de terror, sus oraciones de súplica y sus gemidos de vete tú a saber qué.

Hitchcock tenía éxito de crítica y público, aunque nunca ganó un Oscar por ninguna de sus películas fue nominado varias veces, pero por las razones equivocadas. Se le veía como un simpático e inofensivo gordito, el vecino amable y tranquilo en el que confiar para dejarle las llaves de la casa durante las vacaciones. Error. Él mismo nos mostró lo fácil que es manipular a las masas con el montaje de las imágenes. Plano de señor mayor sonriente y a continuación plano de bebé. La gente pensará que nos encontramos ante un abuelito bondadoso. Mismo plano de señor mayor sonriente y a continuación plano de chica adolescente en bikini. El público mirará con desagrado al viejo verde. Fue Hitchcock el que mejor trasladó a la pantalla la sentencia de Nietzsche de que no hay hechos sino interpretaciones. Y el que mejor se aprovechó de que una imagen mienta más que mil palabras falaces, convirtiendo el cine en una metralleta que escupía fotogramas como balas.

Vértigo no tuvo ningún éxito ni entre el público ni la crítica. Ni siquiera para el propio Alfred Hitchcock. El público la consideraba retorcida, absurda y siniestra. La crítica, delirante, inverosímil y siniestra. A Hitchcock lo de siniestra no le parecía mal pero ni le gustaba Kim Novak como mujer, demasiado voluptuosa y vulgar para alguien que sorbía los vientos por las pijas luminosas de los Hamptons, ni James Stewart porque era demasiado mayor y enfático. El caso es que todos estaban en lo cierto porque Vértigo es retorcida, absurda, inverosímil y doblemente siniestra. Kim Novak rezuma chabacanería (y feromonas) y el pobre Stewart no estaba ya para esos trotes (como el macho de la mantis se dirige sin mucho entusiasmo pero con total determinación hacia su terrible final en el abrazo supremo). Pero, sin embargo, como también sucede con El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, la suma armónica de sus defectos la convierten en una obra que va más allá de la maestría, combinando lo bello y lo siniestro según una fórmula alquímica para convertirse en sublime.

Vértigo pertenece a la categoría de "películas desaparecidas" de Hitchcock. No en sentido estricto de que no haya quedado ninguna copia de las mismas (como sucede con varias películas suyas de los años 20), sino porque el propio director dificultó su exhibición (se llegó a temer que destruyese las copias como un nuevo Virgilio, un Adam Smith cinematográfico, un Kafka "reloaded"). Nos puede parecer increíble hoy que Hitchcock se avergonzase de alguna manera de La ventana indiscreta (mi película favorita de Hitchcock), El hombre que sabía demasiado, La soga y Pero… ¿quién mató a Harry? (la película favorita del propio Hitch).

En la conmemoración de su muerte hace cuarenta años, que permitió que dichas películas pudiesen volver a exhibirse, no hay mejor forma de sobrevivir intelectual y emocionalmente al confinamiento vírico que darse una maratón por estas cinco obras que constituyen quizás la manera retorcida, absurda y triplemente siniestra del mago del erotismo criminal para indicarnos que son sus obras preferidas. Que les sea leve el chapuzón en lo que Eugenio Trías describió como "el abismo que sube y se desborda".

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