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Santiago Navajas

'Lo que el viento se llevó' y otras peligrosas películas

Corren malos tiempos para las estatuas y la libertad de expresión. La izquierda quiere monopolizar el poder de decidir lo que podemos ver, leer y escuchar.

Santiago Navajas
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El guionista de 12 años de esclavitud, John Ridley, publicó un artículo en Los Angeles Times pidiendo a HBO que retirase Lo que el viento se llevó de su catálogo porque le producía dolor una película que, según él, ayuda a mantener los estereotipos raciales en EEUU. La forma de su argumento era del tipo "yo no soy racista pero…", en esta ocasión en la forma "yo no estoy a favor de la censura pero…". Finalmente la plataforma se ha agarrado a un matiz de la crítica de Ridley para mantener la película, ante las protestas por la censura que se pretendía realizar con una obra de arte, aunque con una advertencia ("trigger warning") contextualizando sus presuntos prejuicios.

Este es el típico caso en el que el remedio es peor que la enfermedad. Lo que pretenden Ridley y HBO es aplicar el viejo tratamiento de las sanguijuelas de moralina a la población negra en particular y al público en general. Pero, en primer lugar, se ha demostrado que dichos avisos de contenido no ayudan a los traumatizados y les resultan perjudiciales porque refuerzan su identidad de víctimas. Pero es que además con este tipo de iniciativas, que tratan a los espectadores y lectores como menores mentales, se sustituye el debate, que siempre es plural y contradictorio, por una suerte de homilías laicas no por políticamente correctas y moralmente progresistas menos empobrecedoras de lo que debiera ser una sociedad ilustrada, en la que no caben dogmas ni tabúes por muy supuestamente beneficiosos que se nos quieran vender.

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Hattie Mc Daniels recibiendo el Premio Oscars

"Si no te gusta, no la veas". Este breve, sencillo y casi evidente principio liberal aplicado a cualquier forma de arte resulta ser tan incomprensible para conservadores y progresistas como la geometría de Riemann, la teoría de cuerdas y la jerga de Heidegger juntas. Aquí le ofrecemos un listado de películas que tanto conservadores nostálgicos del código Hays como progresistas suscriptores del New York Times quisieran eliminar de un hipotético catálogo cinematográfico.

Lo que el viento se llevó. Hay varias películas que muestran que la guerra civil americana no fue tan maniquea y simplista cómo pretende John Ridley. Como se atrevió Steven Spielberg al mostrar la sombras del héroe blanco de la liberación de los negros en Lincoln, David O. Selznick fue capaz de alumbrar las luces de los estados confederados. Unos tenían la razón; otros, el estilo. Afortunadamente ganaron los de la razón pero los artistas desde John Milton están de parte de Satán (¿prohibimos también El paraíso perdido?) No es tarea del arte ofrecer respuestas sino plantear preguntas. Al igual que la ciencia. Pero a diferencia de la actividad científica el arte no tiene que simplificar la realidad en un modelo sino que, al contrario, hace que la realidad sea más compleja al tener que hacerse ella misma artística.

Muerte en Venecia. Hoy es considerada por los sectores hermenéuticos más estreñidos la romantización por excelencia, junto a Lolita de Kubrick, de la pedofilia. La atracción erótica del protagonista, enfermo de depresión y de pasión por un efebo en una neblinosa Venecia, le servía a Visconti para hacer un retrato decadentista del espionaje del viejo compositor al jovencito en bañador que hoy en día sería infilmable. Sobre todo la secuencia final con un orgasmo onírico y pederasta. No la salva ni Mahler.

Centauros del desierto. Llegará el día en que algún John Ridley de la tribu de los apache pida que se expurgue la mitad del género western de las plataformas cinematográficas. Sin duda, las más conflictivas son La venganza de Ulzana de Robert Aldrich, en la que los chiricahua interpretan el término "noble salvaje" de una manera que haría retractarse a Jean Jacques Rousseau, y la obra maestra indiscutible (hasta ahora) de Ford Centauros del desierto, en la que el protagonista (¡que viene de luchar en el ejército confederado! véase Lo que el viento se llevó) emprende una cacería contra los comanches que han torturado, violado y asesinado a su familia. No va a quedar ni una estatua de John Wayne en pie.

Madigan. Aunque Harry el Sucio es más obviamente fascista para la sensibilidad izquierdista pitiminí, otra película de Don Siegel viene más a cuento de la ola liberticida sobre películas inconfortables. Madigan se llamó en su estreno de París Policía sobre la ciudad y los estudiantes marxistas-leninistas-maoístas-sartrianos-foucaltianos (dependía lo que fuesen de la droga que hubiesen fumado la noche anterior) quemaron el cartel aunque hubiesen querido quemar a Richard Widmark y Henry Fonda, los policías, en persona. Ya saben "prohibido prohibir" salvo que afecte a la delicada alma progresista. Entonces hasta Nerón es un pirómano aficionado al de los guerreros justicieros.

Marnie la ladrona. La representación de la sexualidad femenina también puede ser perturbadora en grado sumo. Ahora que HBO va a poner advertencias contextualizadoras a los espectadores, no vaya a ser que vean Lo que el viento se llevó y se pongan a comprar esclavos en Wallapop, sugiero el de la época franquista: "Para mayores con reparos, no recomendable para señoritas". Y recuperar los dos rombos como los que sin duda ostentaban Perros de paja y Marnie la ladrona, cuyas secuencias sexuales no pasarían ni el Código Hays conservador ni el Código Irene Montero progresista.

Tarzán de los monos. Johnny Weissmüller ha pasado de ser el más puro de los héroes juveniles a un símbolo de todo lo que está mal en la cultura occidental: racismo, colonialismo, imperialismo, privilegio blanco… Podríamos tratar de salvarlo apelando a su estricta conciencia ecologista y su riguroso animalismo rayano en la zoofilia pero me temo que ver a un blanco convertido en rey de la selva en África le podría provocar una apoplejía a John Ridley.

Blade Runner. En cuanto un robot pase el test de Turing (lo que significaría que es indistinguible de un ser humano desde un punto de vista cognitivo) tendremos que censurar/contextualizar Metrópolis, 2001, Blade Runner 2049, I.A., Planeta prohibido, Ex Machina, Wall-E, Terminator, Westworld, Futurama, Mazinger Z y Yo, robot. Las máquinas inteligentes protestarán alrededor de 2050 por la manera estereotipada de representarlas en el cine así que podemos ir anticipándonos.

Otelo de Orson Welles debe ser rehecha en su totalidad, cambiando digitalmente el "blackface" (el propio Welles interpretó al protagonista de la obra de Shakespeare tiznándose el rostro) que perpetró ignominiosamente el autor americano por el rostro de Will Smith. Además se cambiará el término "moro de Venecia" por "afro-africano de Venecia". Orson Welles también será "reeducado" en su película Sed de mal. El personaje del policía mexicano, que fue interpretado por Charlton Heston con kilos de maquillaje para hacer un "brownface", debería también ser cambiando digitalmente, quizás por Cantinflas o Gael García Bernal.

Tootsie. Todo empezó en Con faldas y a lo loco cuando Tony Curtis y Jack Lemmon le cogieron el tranquillo a ir con tacones. Pero fue Dustin Hoffman el que asumió el papel disfrazarse de mujer con total impunidad porque era la única forma de conseguir un papel en televisión. Burla inmisericorde del feminismo de cuota y parodia amable del universo femenino, Tootsie resulta hoy todavía más subversiva que Friends y Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade juntas.

Érase una vez en Hollywood. Sospecho que en la actualidad no hay un solo guionista que no se autocensure antes de plantear una película. Salvo Tarantino. No hay secuencia de Tarantino que no ofenda a alguna comunidad: la afroamericana, la de Charles Manson, la asiática, los ladrones de bancos, la feministadegénero, los nazis… Solo en Django desencadenado se dice la palabra "nigger" más de 100 veces, lo cual en EE.UU. es como santiguarse en el Vaticano invocando a Satán, Judas y Lutero.

Corren malos tiempos para las estatuas y la libertad de expresión. Cuando eran los conservadores los que más aullaban porque las Vulpes, punkis ironistas, cantaban Quiero ser una zorra no había problema porque la izquierda se unía a los liberales para defender su derecho a ser zorras, perras o el animal que quisieran. Pero como intuíamos la izquierda no defendía la libertad de expresión en sí sino que únicamente quería monopolizar el poder de decidir lo que podemos ver, leer y escuchar. Ahora que detentan la hegemonía cultural sin discusión porque no toleran ni el debate guarden sus VHS y DVD como oro en paño. Puede ser que nunca puedan volver a ver sus películas favoritas en Internet o, lo que es peor, sin que Javier Bardem o Joaquin Phoenix se las "expliquen".

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