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Rosa Belmonte

Tiburón 45

Ahora mismo sólo volvería al cine si pusieran Tiburón. En un cine grande. Aunque no lleno. Y volvería a gritar con la cara de Ben Gardner.    

Rosa Belmonte
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Ahora mismo sólo volvería al cine si pusieran Tiburón. En un cine grande. Aunque no lleno. Y volvería a gritar con la cara de Ben Gardner.    
'Tiburón', la obra maestra de Steven Spielberg. | Youtube

No sé cuántas veces habré visto Tiburón. En el cine y en la televisión. Tampoco es una cosa extraordinaria. Sí lo sería haber visto El motorista fantasma más de una. Pues ahí está la obra maestra de Steven Spielberg cumpliendo 45 años. Puede parecer un aniversario poco redondo, pero si fuera mujer en 1931 podría votar según la peregrina teoría de Hilario Ayuso, el diputado del Partido Republicano Federal que sostuvo en la discusión del Congreso que "el histerismo impide votar a la mujer hasta la época menopáusica". Tiburón se estrenó en Estados Unidos el 20 de junio de 1975. Aunque pasó en septiembre por el Festival de San Sebastián, a España no llegó hasta el 19 de diciembre. Menos mal. Nos la estrenan en verano y no metemos un pie en el agua de la playa. Y habría dado igual que nos hubieran dicho que en La Manga, sobre todo en el Mar Menor, no había tiburones. Lo mismo que le dio a Alvy Singer que su madre le dijera que Brooklyn no se expandía.

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Ver Tiburón en el cine era ir al cine de verdad. Un cine enorme y lleno. Era gritar todos juntos con el ojo que se desprende del muerto en el barco sumergido. Spielberg contó que en la primera prueba con público el mayor grito fue con la primera aparición del tiburón. Pero luego observó que al poner antes la escena del barco de Ben Gardner (la de la cabeza y el ojo) el grito era mayor. Y con el tiburón ya se gritaba menos. Eso le enseñó que una película sólo puede tener un susto grande porque luego la gente se pone en guardia.

Ver Tiburón en el cine era también sobrecogerte con la música de John Williams (Spielberg ha dicho alguna vez que la música de Williams es la mitad del éxito de la película). A principios de abril se murió Lee Fierro, que hacía de la señora Kintner, la madre del chico de la colchoneta. La que da una bofetada a Martin Brody (Roy Scheider), el jefe de policía, por no haber cerrado la playa. Lo cierto es que quería cerrarla, pero ya saben. No es que tenga gracia, pero sí resulta curioso que Lee Fierro muriera a los 91 de coronavirus.

La escena del guantazo se rodó 17 veces (la cara de Scheider se ve roja). Antes de que Amparo Baró diera collejas en 7 vidas, ella las daba en convenciones de Tiburón. La gente se ponía en cola para el tortazo de la diva. Una vez, en un restaurante de marisco vio un sándwich Alex Kintner. Oiga, que yo soy la madre en la película. Y el dueño era Jeffrey Voorhees, el niño de la colchoneta.

La opción de Charlton Heston

Spielberg, que no fue el primer director (Dick Richards fue despedido por no distinguir una ballena de un tiburón), quería a Charlton Heston para hacer de Brody. Pero creía que el público, después de haberle visto en Aeropuerto 75 o en Terremoto, sabría que el tiburón iba a perder. Heston se lo tomó muy mal y no quiso volver a trabajar con Spielberg, pero lo hizo como el general Stilwell en 1941 (1979). Sí encontró Spielberg una piedra en Gregory Peck. Cuenta en uno de los documentales de los deuvedés que quería que la primera aparición de Quint fuera en un cine viendo Moby Dick (1956) y riéndose desde el final de la sala por los efectos especiales de la ballena. Con la gente yéndose y con él quedándose solo en el cine. Pero Gregory Peck tenía parte de los derechos de la película y dijo que no porque no le gustaba su actuación y no quería volver a verla. Menos mal que Maureen O’Hara no tenía derecho alguno sobre El hombre tranquilo y pudo salir en ET. Pero, vaya, hay que agradecer los melindres a Gregory Peck porque una de las escenas más impactantes de Tiburón (sin tiburón alguno) es la de las uñas de Quint deslizándose sobre la pizarra. Fue tal el éxito de la película que los enteradillos de Hollywood atribuyeron el mérito a la montadora Verna Fields (Luna de papel, American Graffiti) y no a ese jovenzuelo de 28 años. Él decidió no volver a trabajar con ella para reivindicarse. Pobre Verna.

En el programa Los cazadores de mitos hicieron en 2003 un episodio que concluía, entre otras cosas, que las botellas de oxígeno que se utilizan en submarinismo no explotan si les disparas. A mí no me quitan estos listos la ilusión. Ahora mismo sólo volvería al cine si pusieran Tiburón. En un cine grande. Aunque no lleno. Y volvería a gritar con la cara de Ben Gardner.

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