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Crítica: 'Un plan irresistible', con Steve Carell y Rose Byrne

Steve Carell protagoniza Un plan irresistible, una sátira política sobre republicanos y demócratas.

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Steve Carell protagoniza Un plan irresistible, una sátira política sobre republicanos y demócratas.
Steve Carell y Rose Byrne | Universal

Sin pretensiones cinematográficas elevadas, lo cierto es que Un plan irresistible supone un (amable) regreso a cierto tipo de producciones políticas ya más bien inexistentes. Es más, en la tesitura actual, ver el logotipo de la independiente Focus Features al comienzo ya da a entender que estamos ante una suerte de suicidio comercial en salas de cine (en EEUU, de hecho, la película se retrasó por el coronavirus y finalmente y como tantas otras ha sido estrenada directamente en alquiler digital con, por lo visto, aceptables cifras).

La película de Jon Stewart, conocido por su labor televisiva en The Comedy Show, dirige una película en la que el cómico, guionista y director no oculta su militancia demócrata. Lo hace, eso sí, desvelando ciertos procesos de la maquinaria electoral norteamericana y algunos interesantes apuntes sociológicos que configuran un film entretenido.

Stewart se maneja bien en cierto tipo de humor inofensivo que en realidad no oculta una dosis de negrura. La película cuenta el viaje de un estratega demócrata desde Nueva York a un diminuto pueblo de Wisconsin para crear desde cero a un candidato demócrata en un lugar donde, literalmente, el partido no tiene tejido ni relevancia alguna. Lo que sigue es una sátira política que no va tanto sobre las diferencias entre republicanos y demócratas sino que se refiere a las (aquí sí) inmensas diferencias entre ciudad y campo cultivada durante décadas por todo el sistema político.

Antes he querido decir que Un plan irresistible recuerda a producciones bastante superiores como Primary Colors o La cortina de humo, por su voluntad de abordar con humor las corruptelas de una campaña electoral. Sin llegar a la altura de aquellas (Stewart no es ni Mike Nichols y Barry Levinson) no hay nada en ella misma que resulte despreciable. Resulta reiterativo señalar la calidez y el carisma de Steve Carell, la calidad de un secundario como Chris Cooper, o subrayar ese demoniaca ladrona de escenas que es Rose Byrne, responsable de pisar el acelerador de la sátira en toda la película.

Son los actores los que engrasan la solo correcta labor de Stewart, que tiene la decencia de criticar, aunque sea desde su posición privilegiada, tanto a esas élites intelectuales que junto a Obama abandonaron y satanizaeron cierta América (aunque de intelectuales tienen más bien poco) como a ese partido republicano causante, por lo visto y a pesar de todo, de todos los males del universo. Stewart lo ve todo con amabilidad y simpatía y muestra buen tino con una serie de gags, aunque al final el asunto cuaje a medias, o, si quieren, el voto no llegue a la urna.

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