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Crítica de 'El Rey de Staten Island', de Judd Apatow y Pete Davidson

El desconocido por estos lares Pete Davidson compone una admirable carta de presentación en la comedia El Rey de Staten Island.

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El desconocido por estos lares Pete Davidson compone una admirable carta de presentación en la comedia El Rey de Staten Island.
Marisa Tomei y Pete Davidson en El Rey del Barrio. | Universal Pictures

El padre como figura ausente y recurrente; la depresión como territorio abonado para la comedia. El Rey del Barrio, comedia dramática concebida por el cómico Pete Davidson y el director Judd Apatow, es la gran carta de presentación del primero y un paso lógico y arriesgado del segundo hacia un territorio artístico más complicado. La película, inspirada en los avatares reales del propio Davidson, conserva por un lado la dependencia de Apatow de diálogos frescos y malhablados, de traumas peterpanescos, e incluye momentos ciertamente hilarantes (esa conversación sobre la chinches, y no me pregunten más). Pero la exploración del trauma de su protagonista, un joven de veintitantos de clase baja que perdió a su padre hace cerca de dos décadas pero que sufre sin saberlo las consecuencias, añade un plus de oscuridad a esta particular ecuación de drama y comedia.

Lamentablemente, El Rey del Barrio también enfatiza un rasgo típico de la comedia Apatow, con una desmedida duración que roza las dos horas y veinte. 140 minutos son muchos minutos, por mucho que el relato, apoyado en ese aire de diálogo improvisado y situaciones mínimas y anecdóticas, se sostenga relativamente bien incluso con ese handicap. Los seguidores de Apatow, en todo caso, ya veníamos advertidos de otras ocasiones, y El Rey del Barrio aporta una derivada no exactamente renovada, pero sí dinamizadora, a una filmografía sobre lo banal que se resiste a caer en lo anecdótico. La interpretación honesta, franca y brutal de Davidson (ayudado por un reparto de caras poco habituales) es sin duda la escalera de Apatow para este pequeño gran cambio.

El director, por lo demás, parece incluso haber depurado su forma, habitualmente tosca, permitiéndose encuadres de cierta poesía urbana (como ese que apunta directamente a nuestro protagonista, Scott, desde el interior de la estación de bomberos, antes de que un inoportuno invitado haga acto de presencia) presentando el deprimido Staten Island con un naturalismo extremo, e incluso traza alguna metáfora sencilla pero afortunada (Scott ante el dilema de ponerse, literalmente, el traje de su padre). Que a Apatow se le vaya el ritmo del film, y que por tanto limite el alcance de la catarsis final, es algo ya habitual en él e incluso deliberado. La ausencia de cursilería y sentimentalismo en El Rey de Staten Island muestran, de todas formas, un cierto arrojo que su carrera necesitaba a gritos.

El Rey de Staten Island se estrena el 9 de octubre en cines.

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