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Crítica: 'Nadie', con Bob Odenkirk haciendo de "John Wick"

Nadie es una excelente comedia de acción protagonizada por Bob Odenkirk (Breaking Bad).

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Nadie es una excelente comedia de acción protagonizada por Bob Odenkirk (Breaking Bad).
Bob Odenkirk. | Universal

El comienzo de Nadie es un despliegue de pura actitud. La de Bob Odenkirk, en un cambio de registro de esos para el recuerdo, que responde a un interrogatorio del FBI ensangrentado y con un gatito en el bolsillo. Pero también la de su guionista y su director, conscientes de su misión de sumergir al espectador en una fantasía de poder (¿masculina?) en la cual no debe existir el perdón. La inmediata ruptura temporal de la película escrita por Derek Kolstad, creador de John Wick, nos introduce en una tesitura similar a la de la odisea que ha recuperado a Keanu Reeves, personaje que él también creó, como el gran icono popular que siempre fue el actor de Speed, solo que esta vez sumergiéndonos con urgencia en un cóctel de mediocridad y aburrimiento suburbano como el que sufre el protagonista, un vulgar contable de una vulgar empresa familiar.

El director ruso Ilya Naishuller entiende el básico atractivo de esta propuesta de acción y, como otros directores asimilables geográfica o genéricamente como Timur Bekmambetov (Wanted, película con algunos mimbres similares) factura un cómic ultraviolento de gun-fu y acrobacias vestido, esta vez, con traje de comedia familiar USA. Naishuller, a diferencia de los mil directores que podían haber entendido más o menos la experiencia, se dedica a narrar con imágenes y con el montaje (esa sección que repite en, literalmente, diez segundos un día cotidiano del protagonista, una y otra vez) al tiempo que preña de sentimientos ambivalentes la odisea de violencia cómica que se nos viene encima (la diferente reacción de los policías al primer asalto a la casa podría ser un ejemplo perfecto de ello). Las escenas de acción huelga decir que son excelentes.

El centro de esta película que mezcla dos iconos como Jason Bourne y John Wick, pero añade de paso su propia identidad (la de, ejem, Nadie), es sin embargo la crisis de madurez de un hombre de mediana edad que lo tiene todo y a la vez es incapaz de cualquier cosa. Ese maravilloso momento de transición a la pura fantasía de poder masculina que propone la película, de contornos en ocasiones casi Lynchianos, en la que Odenkirk habla con una radio igual que el agente Cooper con su grabadora, dando el primer paso adelante hacia el enfrentamiento contra la mafia rusa (más tarde averiguaremos la identidad de su interlocutor) representa a la perfección ese conflicto freudiano del Ello y el Superyo, una vez las estructuras sociales se derrumban (y lo hacen con la facilidad de un disparo) y se hace necesaria una reconstrucción donde la música juega un papel fundamental. Las canciones en Nadie representan en todo momento la subjetividad y emociones del protagonista, y sustituyen alegre y progresivamente a la mediocre realidad, afirmándose sobre ella sin asomo de sentido trágico.

Nadie es por todo ello y algunas cosas más (la intervención de Christopher Lloyd, quizá lo más discutible por descarado), algo mejor que un derivado parlanchín de John Wick. Es una película llena de energía que mira cara a cara a las mejores entregas de esa serie de culto. Su argumento, como en aquellas, cabe en una servilleta, pero solo ver al protagonista de la infravalorada serie Better Call Saul partiendo cráneos bien merece el precio de una entrada de cine.

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