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Juan Manuel González

Crítica: 'Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos', de Marvel Studios

Otro verano y otro solvente éxito de Marvel. Shang-Chi acaba siendo, en realidad, una de las apuestas más vivas del estudio en estos últimos años.

Juan Manuel González
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Otro verano y otro solvente éxito de Marvel. Shang-Chi acaba siendo, en realidad, una de las apuestas más vivas del estudio en estos últimos años.
Shang Chi y la leyenda de los 10 anillos | Marvel

Al final, Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos, la película Marvel que menos expectación generaba, la que aparentaba ser el más desesperado intento para "desblanquear" y diversificar racialmente la producción del estudio, acaba resultando una de sus aventuras más disfrutables. Shang-Chi, maestro del Kung Fu y del manejo de energías, resulta una película de aventuras fantásticas disfrutona y trepidante que, durante la mayor parte del tiempo, consigue hacer de la necesidad, virtud, haciendo de un personaje secundario en la mitología Marvel la sangre nueva que, quizá, el estudio necesitaba tras los un tanto olvidables resultados de sus últimas empresas.

El abordaje del género "wuxia" de Marvel afronta su principal sombra de sospecha y simplemente aplica la cordura: estamos ante un filme de espada y brujería chino obviamente homogeneizado para encajar a la perfección en el libro de estilo del estudio, en su macrouniverso serial expandido en secuelas que son cada una muescas de una historia global. Pero la película no se anda con cuentos de apropiación cultural y, al margen de la evidente maniobra, lo hace todo bien en una primera hora que simplemente es de lo mejor que ha parido Marvel en los últimos años al margen del doble desenlace de los Vengadores.

Shang-Chi empieza rápido y deja las explicaciones dramáticas para un conjunto de flashbacks que, al menos en su primera mitad, están francamente bien integrados en el relato. La película nos presenta rápido al príncipe chino que prefirió llevar un estilo de vida millenial a heredar un imperio del crimen y precipita al público a una serie de solventes escenas de acción (la del autobús, memorable, seguida de cerca por la del rascacielos) antes de caer al vacío una vez toca desarrollar la trama familiar. Por suerte, la labor del reparto es excelente, con el televisivo Simu Liu gestionando bien la inexpresividad del héroe (mucho mejor que Brie Larson o Chadwick Boseman) y Awkwafina generando una interesante dinámica romántica, además de un excelente Tony Leung. En esos minutos, Shang-Chi logra que el espectador viaje a la China legendaria y de ahí a la cotidianeidad de un Estados Unidos actual gracias a una energía narrativa que mira a los mejores títulos de la casa (como sí, la aún intocable El soldado de invierno) con, incluso, un hábil y solvente coqueteo con varios narradores.

El trabajo de Destin Daniel Cretton, típico director de la casa (es decir, del cine indie concienciado a una superproducción de estudio sin casi nada entremedias) resulta solvente: el director no ahoga la película con reflexiones sobre identidad cultural que, en este caso, apenas suponen un par de líneas de guión, y logra que el abundante sentido del humor no sea para nada intrusivo (sí, te miro a ti, Taika Waititi). Por supuesto, Shang-Chi no mantiene esa misma excelente energía todo su metraje, con los flashbacks finalmente estrangulando un tanto el relato, pero el tercio final, que apuesta por la fantasía sin reservas ni explicaciones, retoma la buena senda del principio.

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