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Juan Manuel González

Crítica: 'Cry Macho', con Clint Eastwood

Cry Macho es otro western crepúscular concebido por Clint Eastwood como el reverso amable de Gran Torino.

Juan Manuel González
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Cry Macho es otro western crepúscular concebido por Clint Eastwood como el reverso amable de Gran Torino.
Cry Macho. | Warner Bros

Ambientada en 1979 (el mismo año en que Clint Eastwood estrenó Fuga de Alcatraz), esta Cry Macho rubrica la enésima despedida del astro en calidad de actor y director. Una película menor, voluntaria y obligadamente, concebida como un evidente testamento personal y western crepuscular, y en la que Eastwood vuelve, esta vez con una mayor bonhomía que en otras ocasiones recientes, a apuntar un sistema de valores tan claramente explicado en pantalla como, a estas alturas, todavía interesadamente malinterpretado.

Cry Macho es, efectivamente, sobre la última misión de un cowboy. Eastwood es Mike Milo, un jinete que afronta una senectud solitaria y a quien un amigo del pasado pide cruzar la frontera de México para traer a su hijo pequeño a casa. La misión de rescate es la que podría afrontar un anciano de 90 años, con el chico -acompañado de un gallo llamado "Macho"- revelándose una presencia más bien poco conflictiva.

Como si de un epílogo tranquilo a Gran Torino, de la que actúa como complemento amable, Cry Macho podría parecer sobre el papel una reflexión de Eastwood sobre el tan temible tema del muro de Trump, cosa que parece interesar más bien poco al autor según transcurre la película. Cry Macho no es una película que hable precisamente en clave (ya hemos dicho el gallo que escolta a la pareja se llama "Macho") pero sin llegar a enfrascarse en sí misma, sí que deja un par de recados sobre la tan cacareada "masculinidad tóxica" con la que algunos parecen haber categorizado la vida y obra de su autor. Antes el debate era si el western popular era cine, si Eastwood era un cineasta, en la nueva cultura se debate si personalidades como Clint Eastwood deben o no ser cancelados.

Lo particular de Cry Macho es que, si bien hay una evidente desmitificación ciertos atributos vinculados tradicionalmente al género masculino, a Eastwood no parece preocuparle en absoluto convertirlo en una afirmación. Todo nace de una historia sencilla y emotiva que se encuentra a sí misma en las pausas, como cuando su autor decide parar literalmente la persecución (que nunca llega a ser tal) y desarrollar el resto de la película en una cantina mexicana. Lejos de convertir Cry Macho en un thriller como podría haber sido, Eastwood construye su película en base a renuncias, pero también en torno a la creación de nuevos lazos. Y, eso sí, se reserva el derecho de rectificación masculino, como en todo lo relativo al personaje de Dwight Yoakam (preñado por otro lado de ambigüedades).

El resultado contiene secuencias resueltas de cualquier manera (esa pelea de gallos inicial y su resolución), cierta ausencia de garra narrativa (Eastwood nunca llega a ceder el protagonismo a Rafo, aunque en vista de las circunstancias del guión y la actuación, casi mejor) y transmite una sensación general de desaprovechamiento (hasta los villanos parecen de opereta), pero el resultado es lo bastante fluido y honesto.

Habrá quien siga tildándolo de conservador, pero esa misma y discreta imagen de Eastwood durmiendo al raso, fundiéndose literalmente con el paisaje nocturno del desierto , parece la esencia misma de la película. Cry Macho no es una gran obra, ni una obra maestra para el recuerdo, pero sí una película mejor que lo que ha dicho la crítica americana.

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