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Agapito Maestre

Don Marcelino y la mística. Alma quebrada

La nueva película del director Gonzalo García Pelayo, una experiencia mística, anhelo sublime de Dios o relato delirante a la búsqueda del Absoluto.

Agapito Maestre
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La nueva película del director Gonzalo García Pelayo, una experiencia mística, anhelo sublime de Dios o relato delirante a la búsqueda del Absoluto.
Santa Teresa de Jesús | Cordon Press

Antes de entrar a palo seco en la filosofía de don Marcelino, el doctor Cidad Vicario, más conocido entre sus amigos por el sobrenombre del Brujo de Villahizán, quiere saber un poco más sobre sus estudios de los místicos españoles. Está más que interesado, expectante e ilusionado, por saber cómo pudiera haber influido la poesía mística española en una película de Gonzalo García Pelayo. Algo le puedo decir sobre lo primero. Sobre lo segundo guardaré silencio hasta el estreno de la cinta, aunque nadie espere algo parecido a un trasunto de un texto literario de carácter místico al lenguaje del cine; no, eso sería una incoherencia ridícula, casi una contradicción, para un director que hace cine sobre el cine: la creación surge durante la película. La "creación", en este caso la experiencia mística, sería siempre el resultado de todos los que participan en la aventura del cine.

Quizá la película mística de Gonzalo tienda a integrar aún sin pretenderlo otras formas de comprensión de la experiencia mística, quizá preste atención a quienes entendieron esa vivencia bien afectiva o intelectualmente, bien como anhelo sublime de Dios o relato delirante a la búsqueda del Absoluto, bien como conversión o hallazgo de uno mismo con lo radicalmente Otro, o de cualquier otra manera que acontezca. Puede que todas esa vivencias sean integradas o no en la película, pero de una cosa estoy seguro, cuando veamos Alma quebrada, título de una supuesta película mística en proceso de rodaje, diremos "es de Gonzalo". Su mayor aspiración, como las de la teología, ontología y psicología místicas, no puede ser otra que la posesión de Dios por unión de amor. ¡Cine místico!

Es relevante, querido doctor Cidad, el contexto dónde se inserta el proyecto y rodaje de esta película. La realización de siete películas en un año fue el reto que se impuso en abril de 2021 el cineasta de la razón alegre. Al comienzo de esta "vividura" cinematográfica se le ocurrió llevar a cabo una más, Alma quebrada, sería la octava, pero Gonzalo prefiere hablar de 7 más una (7+1). Ninguna de estas películas tiene relación con las otras. No hay conexión alguna entre ellas ni por argumento ni por ficción ni por relato. Son todas absolutamente diferentes. La cosa va bien. Se vive de cine y las películas salen con relativa regularidad. Una heroicidad en los tiempos que corren. Mil dificultades está hallando y otras tantas está venciendo. ¡Por qué el plan de Gonzalo García Pelayo a veces me recuerda tanto el libro de las Fundaciones de Teresa de Jesús! Tengo la sensación de que Gonzalo, como la santa que fundó dieciséis conventos en un tiempo récord y superando los mil obstáculos que el demonio le iba poniendo en su andadura, está fundando una nueva manera de hacer, ver y comprender el cine.

La idea, el proceso, el trabajo, la forma de implicarse, o mejor, de vivir la creación de una película de Gonzalo nada tienen que ver con el cine comercial. Se sale de lo corriente. La búsqueda del duende, la inspiración, lo singular, en fin, del arte es tan importante como el "producto" final. Es algo más que vivir de cine; sí, se trata de la "vividura", dicho con la palabra mil veces utilizada por Américo Castro, del cine. El resultado, la película, naturalmente, es importante, pero es más decisivo el proceso creativo, el tanteo y búsqueda del arte entre todos los que participan en el "trabajo" de Gonzalo. Nadie asiste al rodaje de una de Gonzalo como si se tratara de un "observador imparcial". Quien está allí, en el entorno de Gonzalo, es más que un mirón. Observa, sí, pero sobre todo participa, colabora, trabaja y goza. Cámaras, fotógrafos, peluqueros, actores, responsables de sonidos y los otros "mil" que forman parte de esa "cosa", o sea del arte complejísimo del cine, entran en la película de un modo y salen de otro; "viven de cine, por el cine y para el cine", dicho en castizo, mientras dura el rodaje. En alguna ocasión yo he tenido el inmenso privilegio de participar en una de esas experiencias. Maravillosa fue para mí la penúltima jornada del rodaje de Alma quebrada. El acontecimiento tuvo lugar en la plaza más antigua y bella de Arévalo. ¡Inenarrable! No, al contrario, todo lo vivido puede contarse, pero siempre mi narración "quedará corta". Ese día forma ya parte de mi vida. Entré de un modo y salí de otro. Más aún, el recuerdo de lo vivido en Arévalo me dará o traerá más vida. Y es que el cuento, la poesía, la literatura, la filosofía, en fin, el cine es importante, pero la vida lo es aún más. El cine de Gonzalo es para la vida. Es pura creación.

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García Pelayo en un rodaje

La vividura de cine de Gonzalo no puede ir mejor. Del proyecto 7+ 1 ya están listas dos de esas películas. Dejen de Prohibir que no alcanzo a desobedecer todo y Ainur, se estrenarán el 11 de noviembre en el Festival Internacional de Cine de Sevilla. Así se rodó carne quebrada se halla en proceso de montaje. Y ahora está finalizando el rodaje de Alma quebrada, una película de fondo espiritual y forma mística, de paisajes y almas, de conversiones y éxtasis, de fascinación y arrebato, de pasmo y encantamiento, de cantos y poesías, y quién sabe si inspirada en los "delicados y agudos análisis personales (psicológicos) que llevaron a cabo nuestros grandes místicos del XVI y XVII, según estudió con esmero el maestro don Marcelino. Ya llegará el día de ver y contar, de disfrutar y explicarnos acerca de esta película, mientras tanto me conformo con levantar acta de la relevancia del proyecto cultural de Gonzalo: las películas, como cualquier otra creación artística, o sirven para cambiarnos la vida o no valen nada. El cine es importante, pero, ay, la vida, repitámoslo, lo es más.

Eso sucede también con los libros y los discursos de don Marcelino; más allá de los valores técnicos, filosóficos, literarios e intelectuales de todos sus textos, y más acá de quienes se acercan a su escritura con beata actitud, creo que nadie sale de la lectura de sus escritos igual que entra. Sus textos no nos dejan indiferentes. Nos cambian la vida. Elevan el nivel de la conversación. Justifica mi afirmación la lectura de su pieza La poesía mística española. Fue su discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua, en 1881, después de haber publicado los dos primeros tomos de la Historia de los heterodoxos españoles. Esta obra, además de telón de fondo o contexto para adentrarse en los estudios de la mística española de don Marcelino, es un paso necesario, imprescindible eludirlo, para comprender aún hoy un capítulo clave de la historia intelectual de España y Europa: el misticismo. Don Marcelino creó escuela. No es posible comprender con exactitud la mística de todos los tiempos, y especialmente la mística española de los siglos XVI y XVII, sin sus estudios, que fueron proseguidos y ampliados con especial inteligencia por Pedro Sainz Rodríguez. Así lo han estimado, entre otro centón de grandes estudiosos de la mística, autores como Farinelli, Croce, Bataillon, Américo Castro, Asín Palacios, Caro Baroja, Valente, Zambrano, Jiménez Lozano, Duque y Morón Arroyo. Sin embargo, sospecho que serán muchos los que hallen un poco exagerada mi apreciación. Levanto acta de una de esas diferencias en forma de extrañeza. Porque extraño es la celebración de un congreso mundial sobre metafísica y mística sin que salga el nombre de don Marcelino; pero ha sucedido, según me cuenta un buen amigo, extraordinario humanista, que ha seguido todas las sesiones con teresiana disciplina. Porque es casi universal el reconocimiento por parte de los grandes especialistas sobre el valor de los estudios de la mística de don Marcelino, contrasta, e incluso llama la atención que no haya sido citado ni una sola vez, en el Congreso Mundial de Metafísica y Mística, organizado por los Identes de la Fundación Fernando Rielo y una universidad de Ecuador, durante los días 27, 28 y 29 de octubre del presente año. Porque es raro, muy raro, que todos los ponentes de un Congreso sobre Mística, se olviden de Menéndez Pelayo, yo me hago eco aquí de la mala noticia.

Fue constante en la investigación de don Marcelino el tema de la mística española. Nos quedan páginas inmortales en su obra sobre la relación de nuestra mística con la europea. Dos tesis son inolvidables para quienes se preocupen por estos negocios espirituales. Primera gran afirmación: la mística española es filosofía. Segunda gran enunciación: la lengua española fue tan importante como la griega para acoger y desarrollar esa ontología mística. Nunca dejó pasar el asunto, desde sus cartas sobre la ciencia española hasta sus ideas estéticas, pasando por su historia de los heterodoxos, para defender, reivindicar y propagar la singularidad de la filosofía española en su apartado místico en lengua vulgar. Aunque a veces se detuvo en las obras escritas en latín, fueron las vertidas en castellano su primera preocupación. Fue siempre el lenguaje, como nos enseñara Platón en su Crátilo, la principal preocupación de la filosofía de don Marcelino. Y por nuestra lengua, precisamente, considera que los grandes autores españoles del Renacimiento han conseguido algo inédito en Europa: aunar el entusiasmo religioso y la inspiración casi divina con la exquisita pureza de la forma traída del mundo clásico, o sea de Grecia e Italia. "Esa lengua bastó", dice don Marcelino con la humildad del sabio y el orgullo del que sabe lo que llevan adentro las palabras, "para contener y difundir el pensamiento de Platón y del Aeropagita en cauce no menos amplio que el de la lengua griega, y ciertamente que no halló pobre ni estrecha la nuestra."

Junto a otros muchos poetas místicos españoles, serían ejemplos relevantes de esa lengua: el severo y ascético decir de San Pedro de Alcántara; la regalada filosofía de amor de Fr. Juan de los Angeles; la robusta elocuencia de Fr. Luis de Granada; el mal represado lujo de estilo de Malon de Chaide; la alta doctrina del conocimiento propio y de la unión de Dios con el centro del alma, expuesta en las Moradas teresianas, como en plática familiar de vieja castellana junto al fuego; y para qué hablar de San Juan de la Cruz: poesía misteriosa y solemne, y, sin embargo, lozana y pródiga y llena de color y de vida; y valga, dice entre paréntesis don Marcelino, un ejemplo por todos de decir, naturalmente, filosófico, el del gran Fr. Luis de León, en el libro I de los Nombres de Cristo: que

"las cosas, demás del ser real que tienen en sí, tienen otro aún más delicado, y que, en cierta manera, nace de él, consistiendo la perfección en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto, para que de esta manera, estando todos en mí y yo en todos los otros, y teniendo yo su ser de todos ellos, y todos y cada uno de ellos teniendo el ser mío, se abrace y eslabone toda aquesta máquina del universo, y se reduzca a unidad la muchedumbre de sus diferencias, y quedando no mezcladas se mezclen, y permaneciendo muchas no lo sean, y extendiéndose y como desplegándose delante los ojos la variedad y diversidad, venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo".

El lenguaje, en verdad, fue el principal argumento de don Marcelino para mantener la singularidad filosófica de la mística española. Algo que le costó entender, por no decir que jamás entendieron los krausistas, los neoescolásticos y hasta el propio Ortega, pero de todo eso, querido doctor Cidad, trataremos en la próxima entrega.

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