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Juan Manuel González

Crítica: 'La casa Gucci', de Ridley Scott, con Lady Gaga, Al Pacino, Adam Driver...

Quizá menos entonado que otras ocasiones, Ridley Scott da una mezcla de oficio a toneladas con 'La casa Gucci'.

Juan Manuel González
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Quizá menos entonado que otras ocasiones, Ridley Scott da una mezcla de oficio a toneladas con 'La casa Gucci'.
La casa Gucci | Universal

Habrá quien no le encuentre el sentido a una obra como La casa Gucci en la filmografía del director de Blade Runner o Gladiator. Durante dos horas y media, Ridley Scott, recién salido de la polémica (y monetariamente poco satisfactoria) El último duelo, narra cómo una humilde modenesa Patrizia Reggiani, una trabajadora de clase baja, se casa con Maurizio Gucci, el heredero -pese a muchos problemas abordados en la película- del Imperio de la familia Gucci. La mezcla de comedia y drama con evidentes ramificaciones de thriller (e incluso película mafiosa) se presenta ante los ojos del espectador con indisimulados aires folletinescos.

Pero como en muchas de las películas del británico, lo que cuenta La casa Gucci, con toda su ambientación de lujo europeo, es la traumática evolución -incluso desaparición- de un Antiguo Régimen una vez éste queda absorbido por un nuevo entorno, unas nuevas circunstancias, unas nuevas reglas que van asomando la cabeza hasta colarse en la habitación como el xenomorfo en la Nostromo. Ya sea el conflicto de los series humanos y los artificiales de Blade Runner, la citada criatura alienígena (de la cual Scott se dispone a producir una serie para Disney), el hasta aquí hemos llegado de Thelma y Louise en un mundo que les resulta hostil... Scott ha sido siempre un pintor de acontecimientos e ideologías, de choques sistémicos, y en ese sentido La casa Gucci -un culebrón familiar ambientado en el mundo de la moda- sin duda encuentra su justificación autoral (¿o es que no se acuerdan de la injustamente olvidada American Gangster?).

Esta vez el hundimiento es, queda claro ya desde el trailer, el de una familia aristócrata de rancio abolengo durante su torpe tránsito al libre mercado, del objeto de museo al de uno de escaparate de centro comercial, aunque sea por la vía de la pura operación populista del personaje de Lady Gaga, una madonna italiana proveniente de una clase popular, o si quieren, una "intrusa" en un ambiente ajeno que pasa de ser los ojos del espectador a ejercer de elemento extraño, de (otra vez) alienígena en la Nostromo a medida que la película empieza a convertir al personaje de Adam Driver de pasivo a activo.

Scott aborda el traumático suceso con meticulosidad a lo largo de mucho más de dos horas, sin aburrir pero nunca apasionar (he aquí un acérrimo defensor de El último duelo, su Rashomon + La Teniente O'Neill filmado a golpe de barro y ceniza), solo que el contexto no pide esta vez la sucia épica histórica de Gladiator o Robin Hood sino la lujosa ambientación europea de un folletín melodramático plagado de estrellas. Scott no parece manejar este recurso tan resbaladizo y ambiguo con la contundencia de sus obras de género, por mucho que sus disquisiciones sobre lo intangible de una marca resulten tremendamente iluminadoras sobre su propia posición como director visionario en un mundo de franquicias.

Pero una vez justificada la película en la biografía del director de 83 años, lo cierto es que esta suerte de Dinastía para la gran pantalla, pese a su interés, nos revela a un Scott algo más confundido de lo habitual con el tono. La película tiene episodios humorísticos grotescos (reforzados por el baile de acentos de su reparto), un evidente plano cómico durante todo su metraje que da la impresión de no elevarse como podría, como quizá debería. Su fuerza creativa parece diluirse en una obra más relajada, destinada a dejar operar a sus actores más que a crear planos y atmósferas con su densidad artística habitual, pero que podría haber funcionado como una tragicomedia excesiva, un gran y operístico carnaval que la película nunca llega a entregar al espectador que quizá hubiera clavado un Adam McKay o un Martin Scorsese. En ese sentido, podemos aceptar que La casa Gucci luzca un poco más descuidada, incluso casual, con Scott dando la impresión de querer descansar algo de sí mismo a través de una inesperada vena payasa, pero es imposible no percatarse de que también anda algo más despistado en episodios claves.

Quizá por ello a Jared Leto se le ha permitido habitar en otra película distinta, que por otro lado es la que debería haber sido (o justo lo contrario, con Scott filmando el asunto como un elegante thriller erótico a lo Revenge, de su fallecido hermano). Pero al final ni una cosa ni la otra. Al Pacino entrega su habitual interpretación histriónica que algún día echaremos de menos, consciente mejor que nadie de dónde se está moviendo. Y ante los ojos del espectador fluye la bonhomía de la vida europea cotidiana en una producción solvente que, gracias a Dios y a un director que -como Clint Eastwood- morirá trabajando, se estrena en cines y no como miniserie televisiva a la moda.

Porque Scott, pese a todo lo dicho, se sigue descolgando con escenas brillantes de una manera bastante constante, como la llamada de Patrizia a Pina (Salma Hayek), la adivina televisiva, que el espectador oye con retorno; o el prólogo con Maurizio montando en bicicleta por Milán justo antes del instante decisivo. Solo son dos pero hay muchas más en una película que, no obstante, da la impresión de, como el propio protagonista, nunca llegar a encontrarse del todo a sí misma. Una lástima, pero de todas formas, una última perla: una obra no del todo lograda de Scott sigue siendo una película por encima de la media, que hace suya la máxima del buen entretenimiento, aquel que busca ideas que nos representen y trata de contarlas sin casarse con nadie.

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