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Juan Manuel González

Crítica: 'El milagro del Padre Stu', con Mark Walhberg y Mel Gibson

El milagro del padre Stu narra la historia real de Stuart, boxeador convertido en sacerdote que tuvo que afrontar su propio calvario personal.

Crítica: 'El milagro del Padre Stu', con Mark Walhberg y Mel Gibson - Juan Manuel González
Mel Gibson y Mark Wahlberg en El milagro del padre Stu. | Sony Pictures

Fiel representante de ese cine pío que de cuando en cuando asoma por las carteleras, El milagro del padre Stu es una película mucho más particular de lo que aparenta. Basada en hechos reales, los del padre Stuart Long, la película de la debutante Rosalind Ross es, efectivamente, un análisis de la fe cristiana, pero también uno mucho más sombrío de lo que se podría esperar en un filme destinado al legítimo consumo de la comunidad católica. Su retrato de una América popular degradada, tan luchadora como hostil, y de una figura masculina atormentada pese a carismática arrojan muchas más aristas y claroscuros de los que, en ocasiones, la propia película puede gestionar adecuadamente, pero que impulsan la obra de Ross más allá del melodrama de sobremesa católico.

Si esto sucede es, en primer lugar, por las interpretaciones de Mark Wahlberg, Mel Gibson y Jackie Weaver, los tres sencillamente excelentes (ver cuando ella reniega de Hollywood y ese puñado de "hippies fascistas" que pueblan la industria del cine que, finalmente, ha renegado de personajes como el propio Gibson). El humor negro y políticamente incorrecto de los diálogos -probablemente no encontrarán una película religiosa más deslenguada que esta- matiza y enriquece el peculiar trayecto personal del padre Stu, un boxeador en paro que abraza la fe cristiana y la iglesia con un ansia que solo puede venir de la desesperación, pero de un tormento personal no particularmente religioso.

Wahlberg realiza su ya clásica interpretación entusiasta y malhumorada hasta lo hilarante, y consigue hacerse con el papel sin necesidad de convertirse en aquello que no es, ni será nunca (lo que, pese a quien pese, es signo de tener estrella). Gibson, por su parte, prosigue con la casi enfermiza expiación en pantalla de su propia biografía retratando a un alcohólico terrible y torturado, y el resultado es igualmente excelente porque se sale de los márgenes del clásico manual de la correción política de Hollywood: por momentos, El milagro del padre Stu es un negro retrato de la depresión de las clases bajas y, en particular, de la crisis de masculinidad de dos personas a la deriva.


Es una pena que la dirección de Rosalind Ross (por cierto, pareja en la vida real de Gibson) se conforme pronto en el ya clásico clásico feísmo televisivo de cámara en mano y ciento volando. Este aspecto ordinario le viene de fábula a la película, pero en ocasiones hacía falta una mano superior -un milagro, si me permiten la broma- que impulse las cosas algo más allá. Las transiciones extremas de Stu tampoco están particularmente bien plasmadas, pero Ross sí que triunfa impregnando la película de una extraña y loca ambigüedad: quien desee ver la película de un santo moderno no saldrá decepcionado, pero el espectador atento que desee ver el trayecto antiheroico de un profundo egoísta, de un emprendedor americano, también se verá sorprendentemente satisfecho. El resultado es una obracon más caras de lo que aparenta, tantas que en ocasiones no todas salen correctamente a la luz debido a esa planificación más bien pobre y convencional. La "salida del armario" de la fe de Stuart es, pese a ello, una película a defender, y bastante.

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