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Luis Herrero Goldáraz

Rodar tu muerte

Lo que propone Cronenberg, por decir algo, es convertir la muerte en un olvido, antes de que ella se encargue de hacer lo mismo con nosotros.

Lo que propone Cronenberg, por decir algo, es convertir la muerte en un olvido, antes de que ella se encargue de hacer lo mismo con nosotros.
David Cronenberg en el Festival de San Sebastián. | AP

Dice David Cronenberg que todos deberíamos rodar una película sobre nuestra muerte, algo que a simple vista parece una locura, pero que en realidad más bien es un engorro. Algunos tenemos suficientes problemas para resultar interesantes estando vivos, como para cargar con la presión de parecerlo durante el único momento en el que no tiene sentido andar poniéndose deberes.

También es verdad que David Cronenberg no propone rodar la muerte en sí, rotunda y verdadera, sino más bien representarla. Él lo hizo así, de hecho. Aprovechó que en un rodaje habían fabricado un maniquí de su cadáver y se lo llevó a su casa, donde lo vio ir deteriorándose igual que se deterioran los cadáveres de carne y hueso y donde decidió, en un arranque de sentimentalismo no menos extraño, grabarse sentado delante y hablando con él, en plan Cinco horas con Mario pero sin la crítica al franquismo, suponemos.

David Cronenberg considera necesario que todas las personas del planeta se sienten un segundo a fingirse muertas, y reflexionen sobre ello mientras se graban. Es interesante ese matiz. David Cronenberg no quiere que aprovechemos que es otoño para mirar por la ventana después de haber leído en internet algunas citas sueltas de Schopenhauer. O no quiere que hagamos sólo eso. Él necesita que plasmemos nuestras angustias existenciales en un formato ideado para perdurar, con todo lo que eso conllevaría. Quiere que revisitemos las imágenes de cuando en cuando y se las enseñemos a las visitas, por ejemplo. Que comparemos las actuaciones entre nosotros y les pongamos nota. Quiere que finjamos asombro y placer ante las versiones de los vecinos, pero guardemos en nuestros adentros una tímida desesperación que no podrá más que ir creciendo. Quiere que sintamos poco a poco cómo se va transformando en una fina capa de rencor, en un inconfesable impulso homicida que nos irá llevando a desear contemplar a algunos de esos mismos contertulios verdaderamente muertos. David Cronenberg pretende que le hagamos el guion de su próxima película.

Que Cronenberg en el fondo sepa que cada vídeo acabaría encapsulado entre la innumerable cantidad de morralla fotográfica que guardan nuestras copias de seguridad del móvil tampoco es algo que haya que reprocharle, porque lo único que pretendía era soltar una boutade. Lo que propone Cronenberg, por decir algo, es convertir la muerte en un olvido, antes de que ella se encargue de hacer lo mismo con nosotros. O sea, lo que Cronenberg quiere es que perdamos el tiempo.

No hace falta grabar la muerte para ignorarla, o para fingir que no se la ignora, que viene a ser lo mismo. Igual que no hace falta dejar de contestar por Whatsapp a un ligue pesado para que se dé cuenta de que no le estás haciendo mucho caso. No contestarle, simplemente, es un acto de cortesía.

Nadie que haya experimentado la muerte ha vivido para contarla. De ahí que lo único que nos quede a nosotros sea pensarla, fingirla y, si nos va lo gótico, guardarla en un vídeo y compartirla. También podemos escribirla, como se había hecho tradicionalmente hasta ahora. El resultado, en cualquier caso, es el mismo. Un montón de incertezas cocinadas sobre otro montón de mentiras. Y de fondo, para adornarlo todo, nuestro ego, que nunca es capaz de mirar directamente y durante el tiempo que requiere a la posibilidad de no ser nada. Es decir, de no ser ni el protagonista de la película de su propia inexistencia.

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