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Santiago Navajas

ETA 'Bajo el silencio' de la sociedad española: ven, mira, y sobre todo, escucha el documental de Arteta

El documental de Arteta le da mil vueltas cinematográficas, éticas y políticas a todo lo que ha hecho Évole hasta ahora, a pesar de ser seleccionado por el Festival de San Sebastián a bombo y platillo por su entrevista a Josu Ternera.

El documental de Arteta le da mil vueltas cinematográficas, éticas y políticas a todo lo que ha hecho Évole hasta ahora, a pesar de ser seleccionado por el Festival de San Sebastián a bombo y platillo por su entrevista a Josu Ternera.
Imagen del documental 'Bajo el silencio' de Iñaki Arteta

En 1985, Elen Klimov realizó la película Ven y mira, en la que relata a través de los ojos de un niño progresivamente endurecido por el sufrimiento, la matanza sistemática de los habitantes de las aldeas bielorrusas durante la Segunda Guerra Mundial. Las imágenes de los asesinatos son durísimas, y a medida que el niño se endurece, el espectador se encoge en el asiento, horrorizado. Son muchos los que no pueden terminar de ver la película. La realidad siempre termina por ser más maravillosa o más terrible que la mejor de las utopías o la peor de las pesadillas de la ficción.

Bajo el silencio, el documental-ensayo de Iñaki Arteta sobre entrevistas a personas relacionadas con el terrorismo en el País Vasco se podría llamar, remedando a Klimov, Ven, mira y, sobre todo, escucha. Si la película soviética inspiraba horror y náusea ante los nazis, la de Arteta provoca indignación política y asco moral. Los testimonios de curas, intelectuales, artistas, políticos, estudiantes y gente de la calle, nacionalistas y socialistas en blandiblub "progresista", disculpando, justificando, comprendiendo y banalizando los atentados, la intimidación, la xenofobia y la dictadura de la banda abertzale de extrema izquierda son tan asombrosos, repugnantes, viles y falaces que quien empiece a verlo a eso de las once de la noche se sorprenderá a sí mismo cerca de las tres no sabiendo si tirar el televisor por la ventana o llamando directamente a Rebordinos, director del Festival de San Sebastián, para echarle en cara que no quisiera proyectarlo en el Festival de San Sebastián, y al que sea ahora el comisario político que dirija RTVE para exigirle que lo emita inmediatamente en prime time.

El documental de Arteta le da mil vueltas cinematográficas, éticas y políticas a todo lo que ha hecho Évole hasta ahora, aunque ha sido el periodista catalán el que sí ha sido seleccionado por el Festival de Rebordinos a bombo y platillo por su entrevista a Josu Ternera. Como dice una de las víctimas en el documental de Arteta, el Estado español ha abandonado a los que fueron atacados, humillados, silenciados y sometidos por ETA, permitiendo que se normalice y blanquee el terrorismo y a Otegi se le vaya poniendo cara de lehendakari. La gran verdad incómoda es que el pueblo vasco, con su minoría de asesinos y una gran mayoría cómplice cuando no indiferente, no ha querido que haya un proceso de "desnazificación", de desbatunización, de las instituciones y la sociedad vasca, que es lo que muestra Arteta en su documental y es lo que me temo que no quiere Rebordinos que vea la luz en el diáfano y camaleónico Kursaal, con su patética teorización de la "dialéctica" no "unidireccional" como filtro para ser seleccionado en "su" Festival. Los nacionalistas comunistas vascos, el equivalente de los nazis en la Alemania, no solo siguen con presencia en el País Vasco y España, sino que se permiten dar lecciones de moral, de política y, ahora, de cine, cambiando los focos de los comunicados encapuchados por los de ruedas de prensa glamurosas, "photocall" incluido.

El documental-ensayo de Arteta solo tiene un equivalente en el ámbito cinematográfico mundial, y es el último ensayo fílmico de Adam Curtis, Traumazone, en el que describe la transformación del Estado totalitario soviético en el Estado mafia putinesco. Con la diferencia de que Curtis tiene quien lo respalde, la todopoderosa BBC y el aplauso generalizado de los Festivales, mientras que Arteta tiene que navegar en contra de la corriente política de las televisiones gubernamentales del gobierno regional del País Vasco y el nacional de España. Allá donde Curtis describe de manera arrebatadora la putrefacción política y moral desde el imperio soviético al cortijo de Putin, Arteta, a través de una serie de entrevistas tanto a filoterroristas como a víctimas de ETA, muestra la degradación política y moral del pueblo vasco cómplice de Otegi y Ternera. También implícitamente la infamia de la generalidad del pueblo español, sobre todo de aquel que presume de ser de izquierdas y progresista, que ha claudicado ante los nazionalistas (la alianza entre los que movían el árbol y los que recogían las nueces) y les ha entregado tanto el poder político como el relato moral de lo que sucedió con el terrorismo.

Porque lo que más indigna del documental de Arteta no es que los filoterroristas campen por sus respetos en el País Vasco, sino que Bajo el silencio nos muestra nuestra cobardía moral al haber dejado que comunistas totalitarios como Otegi y Ternera, que volverían a empuñar las armas ante la más mínima posibilidad de victoria armada, lideren partidos y se paseen como estrellas por televisiones y festivales en una horrenda distopía que hace pensar en el absurdo imposible de que Hitler y Göring hubiesen podido seguir haciendo política en Alemania en el caso de haber sobrevivido, o Heidegger y Schmitt continuar dando clase como si tal cosa.

Cabe recordar que el documental que ganó en los Premios Goya el año que competía Bajo el silencio fue El año del descubrimiento, una apología de la violencia que se desató en Murcia por la extrema izquierda, quema del Parlamento regional incluido. La propia RTVE, en su presentación de los hechos, establece un nexo entre los incendiarios cócteles molotov y la consecución de las reivindicaciones obreras. Trump al lado de nuestra izquierda es un corderito, del mismo modo que a la generalidad de la sociedad vasca en su aquiescencia hacia la xenofobia nacionalista y el terrorismo de extrema izquierda no cabe sino calificarla como hizo Daniel Goldhagen respecto a los alemanes en tiempos de Hitler: los vascos corrientes como verdugos voluntarios.

Ven, mira y, sobre todo, escucha el silencio de la sociedad española en general rendida, acobardada y sumisa ante los etarras, sus cómplices y sus portavoces mediáticos. Eso es la gran indignación moral que produce el documental de Arteta, no tanto porque las serpientes se sigan paseando sigilosas y amenazantes entre los caseríos, las iglesias, los frontones y las ikastolas, sino por nosotros, porque no hemos tenido la lucidez, el coraje, la convicción y la solidaridad suficiente con las víctimas para aplastar los huevos de la serpiente cuando tuvimos oportunidad. Vendrán más amnistías y nos harán más acobardados, olvidadizos, triviales y desgraciados.

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