Menú
Juan Cermeño

Los hijos de Dios no están en venta

Sirva esta película al efecto de hacernos recordar que el auténtico mal pisa este mundo con paso firme y la degeneración moral de la que somos víctimas y testigos.

Sirva esta película al efecto de hacernos recordar que el auténtico mal pisa este mundo con paso firme y la degeneración moral de la que somos víctimas y testigos.
Contracorriente Films

Imagina encender la luz para desear a tu hijo buenas noches y encontrar unas sábanas rasgadas, cuatro paredes huecas y una cama vacía. Parece una broma macabra y el sólo hecho de sugerirlo, perverso. Pero hay padres cuyas vidas terminan esa misma noche y su antes o después de Cristo se convierte en un antes y después de esa ausencia.

Así empieza Sound of Freedom (El sonido de la libertad), filme protagonizado por Jim Caviezel (La Pasión de Cristo, ni más ni menos) y Eduardo Verástegui, ese mexicano de elegancia imperecedera que anda recabando firmas y apoyos para presentarse como candidato oficial a la presidencia de su país, entre otros menesteres. Basada en una historia real, un resucitado Caviezel –dicen las malas lenguas que interpretar a Cristo lo inhabilitó para el gran foco hollywoodiense– interpreta a Tim Ballard, un agente estadounidense que abandonó su trabajo en Seguridad Nacional para desarticular por su cuenta y riesgo una red de pedofilia en Latinoamérica.

A menudo olvidamos en qué mundo vivimos. Estamos sitiados por bombardeos a civiles, asesinatos a sangre fría, palizas entre menores, crímenes variopintos y cualquier otra manifestación del mal en sus diversas formas a través de la pantalla. Pero el verbo se hace carne. Por eso, cuando el mal te confronta entre las cuatro paredes de un cine en penumbra, en silencio y sin esas distracciones que la pantalla ofrece para colmar la dosis diaria de compasión de mercadillo por la que nos consideramos ciudadanos íntegros y concienciados, incomoda y duele.

Sale uno del cine con el gesto torcido y la mirada pegada al suelo mientras repite que la película era buena y le ha gustado, sin haber disfrutado un minuto o haber encontrado grandes detalles cinematográficos. Es la misma paradoja que aqueja al mal: lo único que tiene de bueno es conocerlo. Por lo demás, tiene de todo; hasta un código de conducta. No tiene ética, pero sí normas. Y, sin embargo, parece que el tráfico de menores y la pedofilia cruzan una línea de no retorno que arrebatan la humanidad a quien la sufre y quien la ejecuta. Como si el alma perdiera su naturaleza indivisible y se rompiera en pedazos que se extravían para siempre. Ni siquiera cuenta con el respeto del resto del sector: en la película, algún personaje muy vivido y poco amigo de la ley dedicará lo que le queda para erradicar la plaga. Y ya saben lo que dicen: los pederastas y pedófilos duran poco entre barrotes porque el resto de presos les zurran la badana.

Aun así, y por increíble que parezca, el tráfico de menores es uno de los delitos que más crece en el mundo. Se basa en el sencillo fenómeno de la multiplicidad: el gramo de cocaína se vende una sola vez y al desgraciado de turno no le puedes volar varias veces la tapa de los sesos, pero los niños pueden ser usados varias veces al día, a la semana, durante años y décadas. Y pesa sobre él la sombra de una sospecha cada vez más certera: cuando se tira de los hilos adecuados, verán que infecta desde los barrios más bajos hasta las más altas esferas –¿recuerdan el escándalo de Jeffrey Epstein y su suicidio en la celda del correccional?–.

Sirva esta película al efecto de hacernos recordar que el auténtico mal pisa este mundo con paso firme y la degeneración moral de la que somos víctimas y testigos. Y estas líneas como homenaje a todos los participantes en esa película, alzando la voz por una causa verdaderamente importante. Si algo nos enseña esta historia es la necesidad de mirar de frente al mal, porque no se le combate con miedo, sino con esperanza. Basta una persona luchando por la Justicia (con mayúscula) para que la mecha prenda y el fuego salve a esos inocentes. Porque los hijos de Dios no están en venta. Los hijos de Dios son sagrados.

Temas

En Cultura

    0
    comentarios