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'Wonka', la gran película que nadie creía que Hollywood lograría hacer

Wonka es una excelente fábula pero también una buena y emotiva aventura.

Wonka es una excelente fábula pero también una buena y emotiva aventura.
Thimotée Chalamet y Hugh Grant en Wonka. | Warner Bros

Lejos del espíritu "weird" o veladamente terrorífico de las adaptaciones de Danny De Vito y Tim Burton, también de la nostalgia que podría generar el fracaso de culto de Gene Wilder, el nuevo Wonka de Paul King se lleva el material de Roald Dahl a un territorio anexo al de las fábulas de Paddington del mismo director. Y el resultado es, contra todo pronóstico, un triunfo cinematográfico: la película que protagoniza Timothée Chalamet tiene encanto, humor y además no da puntada narrativa sin hilo.

King ha fabricado en Wonka una alegoría de las tácticas comerciales del libre mercado, la competencia y las trampas que ocultan las franquicias de las grandes marcas de consumo. Pero la historia de un joven Willy Wonka que llega a la ciudad dispuesto, como un mago con chistera, a revolucionar el sector con sus recetas "con alma" conserva la inocencia fundamental de todo cuento que se precie.

King ha elaborado una fábula muy calculadora sobre la sociedad de consumo, pero consigue que la película destaque en ese mismo panorama de productos sin alma en el que se presenta la película. Los números musicales, dignos de un musical clásico, funcionan sin ninguna clase de mascarada postmoderna, el humor es eficaz (por favor, que alguien declare a Hugh Grant la persona más divertida sobre la tierra) y el contenido, en definitiva, no arruina el continente.

Lo que King conserva de Dahl y todos los títulos más o menos exitosos que han adaptado su obra es la existencia velada, oculta, de ese lado oscuro del personaje que la cultura popular ha sabido reconocer tan bien. Incluso del sobado concepto de cumplir todos los sueños goza aquí de una segunda capa que presenta a Wonka como un extraño hipnotizador de masas de evidente inventiva muy allegado a gurús como Steve Jobs o Elon Musk. Hay una sombra que recorre toda la aventura de Wonka y sus amigos que sugiere que quizá estemos ante un héroe circunstancial, nunca del todo desinteresado y quizá condenado a repetir la historia de sus antecesores chocolateros como un empresario más brillante. De ahí se desprende un evidente comentario a la mediocridad de una sociedad triste, dickensiana, donde la creatividad ha perdido todo valor, pero también de la conveniencia de este panorama para ciertos personalismos y los límites que se plantean ante esas nuevas y vistosas influencias.

La película, por suerte, no se deja llevar por toda esa ambigüedad y conserva la inocencia esencial de todo cuento de hadas, y desde luego el humor británico que caracteriza a King y -repetimos- un sobresaliente, hilarante y memorable Hugh Grant como Oompa-Loompa. Todo parece auténtico en una película que sabe ser payasa, que busca una nueva manera de presentar sus propios enigmas (aunque sin los estilismos bizarros y surreales de Matilda o Charlie y la fábrica de chocolate) y que resulta rabiosamente pertinente y contemporánea. Chalamet confirma aquí, más que en otras ocasiones como Dune, que merece llevar sobre sus hombros una superproducción. Excelente.

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