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Santiago Navajas

Ryan O'Neal, cara de ángel, alma de diablo

Ryan O'Neal continuó la saga de actores con cara de ángel y alma de diablo en la estela de Errol Flynn y Charles Chaplin.

Ryan O'Neal continuó la saga de actores con cara de ángel y alma de diablo en la estela de Errol Flynn y Charles Chaplin.
Ryan O`Neal en 1960 | Cordon Press

En los años 70 se pusieron de moda galanes de una belleza más adolescente de lo que era habitual en Hollywood. Pasamos de guapos viriles al estilo de Gary Cooper, Burt Lancaster o Marlon Brando a Robert Redford, Warren Beatty (¿o era Beauty?) y Ryan O’Neal. Acaba de fallecer este último, finalmente más famoso por su vida mujeriega, drogadicta y siempre al borde de liarse a tiros con la policía, que por sus películas. Y eso que durante la década de los 70 su lució a base de bien, de Kubrick a Walter Hill pasando por la película romántica por antonomasia, Love Story, en la que enamoró a todas y cada una de las mujeres del planeta, así como una considerable proporción de hombres, en su papel de pijo de Harvard liado con una chica difícil del lado oscuro de la vida, Ali MacGraw, pero que con gran aplomo y seguridad demuestra que la nobleza no está en la cuna, sino en el temperamento y el carácter. En cierta forma, su gran papel en Love Story fue también su maldición porque nunca consiguió desprenderse del aura de suave y atolondrado adolescente romántico. A pesar de que bajo esa apariencia de peluche achuchable se escondía un peligroso Gremlin.

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Fotograma de 'Barry Lindon'

Capaz de iniciar a uno de sus hijos de once años en el consumo de cocaína y de ligar con una de sus hijas durante el funeral de una de sus mujeres, Ryan O’Neal continuó la saga de actores con cara de ángel y alma de diablo en la estela de Errol Flynn y Charles Chaplin. Coleccionaba mujeres (Ursula Andress, Bianca Jagger, Anouk Aimée, Jacqueline Bisset, Barbra Streisand, Diana Ross, Melanie Griffith, Angelica Huston…) como acusaciones de maltrato. Terminó teniendo tanto una estrella en el paseo de Hollywood como una fotografía policial tras una detención en 2007 (por amenazar a uno de sus hijos con una pistola). Con la hija con la que comenzó un involuntario incesto, Tatum O’Neal, filmó una extraordinaria comedia familiar, su mejor película, Luna de papel (la que se llevó el Óscar fue Tatum) en 1973 en la que interpretaba a un estafador que viaja por el medio oeste haciendo timos. Le venía el papel que ni pintado: un criminal con cara de niño. Quizás es lo que gustaba a las mujeres, esa delicadeza de inocencia perdida tras la que sutilmente, muy sutilmente, se podía apreciar el dolor de una cicatriz invisible.

Su década prodigiosa empezó con un drama deportivo en el que lucía físico y sinceridad (The Games, Winner), continuó como Romeo moderno en la mencionada Love Story, fue masacrado por la hembra alfa Barbra Streisand en ¿Qué me pasa, doctor? de Bodganovich (como si fuese una nueva versión de Cary Grant dominado por Katherine Hepburn en La fiera de mi niña o Gary Cooper sometido por Bárbara Stanwyck en Bola de fuego), y se consagró por todo lo alto con Stanley Kubrick en el papel que lo llevaría al top del cinematógrafo como una las bellas artes: Barry Lindon, haciendo de un buscavidas en la Europa prenapoleónica, un bello sin alma que deambula intentando sobrevivir entre una panda de aristócratas venales y populacho al borde la supervivencia. Volvió a trabajar con Bodganovich en la nostálgica y crepuscular Nickelodeon (un níquel costaba la entrada a los primeros cines; también se llamaba así la mítica revista de cine de José Luis Garci). Terminó, con la década y casi con su carrera, con The Driver, una pequeña obra maestra de Walter Hill en la que interpretaba a un bressoniano, hierático como una esfinge, conductor al servicio de criminales a la fuga. En esta película ofrecía su mejor versión, un alma infernal en un rostro esculpido en mármol griego, un profesional solo leal a su código gremial, ni una concesión a la moral.

Posteriormente, se fue desinflando cinematográficamente hasta llegar a ganar un Premio Razzie a peor actor en la última película de Richard Brooks, Fever Pitch. Un premio que coincidió con la última gran aparición de O’Neal en los 80 cuando tuvo una breve resurrección actoral gracias a Los hombres duros no bailan (1987), una rareza de Norman Mailer. Sin embargo, la mayor parte de su trabajo se destinó a la televisión, entoces un cementerio de actores de cine venidos a menos.

A diferencia del más brillante de su camada, Robert Redford, Ryan O’Neal no supo salir de esa trampa de una belleza estremecedora, aunque también mostró que le sobraba carisma y dotes de actuación para transitar de la comedia histriónica al suspense contenido y la tragedia existencialista. Sobre su temperamento incendiario se impuso finalmente un carácter firme, volviendo a vivir con el amor de su vida, Farrah Fawcet-Majors, para cuidarla durante la que fue la enfermedad terminal de la que deslumbró al mundo como un ángel de Charlie. Finalmente, la vida imitaba al arte y Ryan O’Neal terminó encarnando en la realida lo que fue su gran interpretación en Love Story. El pijo había aprendido finalmente lo que significa ser un hombre.

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