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'La Piscina', el nuevo terror sobrenatural de James Wan y Jason Blum

La Piscina no inventa nada, pero proporciona un rato agradable de sustos.

La Piscina no inventa nada, pero proporciona un rato agradable de sustos.
La piscina (Night Swim) | Universal

Como si de un árbol de Navidad se tratase, La Piscina va adornándose con motivos procedentes de otras películas de terror, más o menos míticas u olvidadas, en su fiera determinación de enganchar con el público de multicines. La paradoja, si puede llamarse así, es que lo consigue bastante bien: no hay nada en esta entretenida producción de Jason Blum (responsable de más de la mitad de los títulos comerciales de este género en los últimos años) que resulte particularmente nuevo o brillante, pero la amalgama de cositas que ofrece acaba generando un título defendible.

Los ingredientes son típicos y los llevamos viendo desde antes que Poltergeist: una familia de clase media americana adquiere una casa... o mejor dicho, una casa con una piscina. Lo que sucede a continuación nos lo imaginamos: la familia en cuestión pronto acabará deseando que no le concediesen el préstamo. No obstante, la dirección y el guion de Bryce McGuire al menos tienen la decencia de distribuir bien los sustos y revelaciones argumentales del invento.

En la fórmula de La Piscina, cuya excusa bien podría dar para una de esas insoportables parodias de Asylum, concurren ideas y conceptos de la secuela de Poltergeist, que a su vez bebía de la seminal Terror en Amityville de Stuart Rosenberg (a su vez fuente de inspiración de la primera entrega de Expediente Warren, dirigida por el productor de La Piscina, James Wan). Como ven, un círculo vicioso cuyo recorrido, sin embargo, nos sigue resultando grato. También podemos añadir Cementerio de Animales y la ferocidad moral de una de las mejores novelas de Stephen King y sí, no nos olvidamos del esquema de maldición ofrecida por The Ring y sus remakes a la hora de conducir el entuerto a su tercer y definitivo acto. Por supuesto, y al desarrollarse en el agua, Tiburón no es un elemento baladí en los elementos constitutivos del suspense.

Concluimos que la talasofobia no es, por tanto, el único ingrediente de una película poco original pero que está los suficientemente segura de su propia condición. Lo suficiente al menos como para definir de dos relevantes brochazos a algunos personajes con cierta vertiente emotiva y crítica. Wyatt Russell, el hijo de Kurt, podría haber sido un decente Ronald DeFeo en las pocas secuencias en las que el largometraje se decide a jugar esa baza (aunque esta solo cuente de cara al desenlace) pero el retrato de la depresión de la mediana edad y la lucha contra lo incurable, que deviene en negación de la realidad (y consiguiente posesión) aporta fundamento y sentido psicológico a una película que de carecer de ello resultaría perezosa.

Lo que definitivamente falta es la pompa, fuegos artificiales y diseño de producción que el lustroso presupuesto de Poltergeist, o incluso esa secuela de Brian Gibson tan olvidada (pero vital en la visualización de "el otro lado" de La Piscina, así como la célebre escena de la vomitona de Graig T. Nelson) lograban inyectar. La película en este sentido sufre del agotamiento de esa ya enorme veta de películas de escaso presupuesto que Blum ha sabido explotar tan bien y que, ahora, requiere de más inversión aunque ello ponga en riesgo su indiscutible rentabilidad. Hay algo en La Piscina que, sin embargo, resulta adecuado y honesto y es el enésimo retrato metafórico de los abismos de la clase media y las leyes de la Naturaleza y Dios, capaces de pasar el rodillo por encima de quien sea y cuando sea. Lo dicho; La Piscina no es ningún desastre y, es más, resulta entretenida.

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